Archivos Julio 2003

La sala del senado inicia hoy el debate para votar la idea de legislar el proyecto de Ley de Matrimonio Civil que incluye la opción de divorcio, que se viene tramitando en el Senado desde 1997.

La discusión seguirá en alza. Las indicaciones que ya se han anunciado volverán el proyecto a la comisión de Constitución, que aprobó tres tipos de divorcio: el culposo (violencia, por ejemplo), el por mutuo consentimiento y el por voluntad unilateral (llamado también repudio). (El Mercurio, La Hora, La Nación, La Tercera, Las Últimas Noticias)

mujeres.jpg"Mujeres al timón” se llamó un seminario que congregó a cientos de mujeres empresarias, profesionales, con responsabilidades directivas en lo público y privado. ¡Qué signo de esperanza serán si se transforman en mujeres con corazón en el timón!

Hoy más que nunca necesitamos que la tarea de conducción se haga con inteligencia y corazón. Inteligencia para que existan objetivos y procedimientos claros, afirmados en la verdad y el bien. Y con el corazón, que significa priorizar la animación, la motivación, la cercanía vital a las personas, por encima de la organización que, a veces, desecha una persona como quien cambia un repuesto a una máquina.

Mujeres con corazón al timón es la esperanza de tener presente que toda vida crece lentamente; que pensar en éxitos inmediatos, sin recordar que la vida se gesta lentamente desde lo más interior, es el inicio de que el mundo sea más infierno que paraíso.

Mujeres con corazón al timón, por último, es la esperanza de tener presente que el centro de toda actividad humana es la persona y no la institución, la empresa o cualquiera organización, por noble que sean sus fines.

P. Carlos Cox D.
pcacox@gmail.com

Ser Mujer

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Ser mujer es algo más que una mera diferencia física con el hombre. Ser mujer involucra una forma de ver la vida, un estilo para vivirla, una manera concreta de aportar nuestra originalidad al mundo. Ser mujer es ser toda alma, toda entrega, toda pureza, características esenciales que nos permiten ayudar a gestar un mundo humano, solidario, cálido.

Vemos cómo se va generando una nueva cultura en nuestro tiempo y, por esto hemos creado este espacio, para que desde acá podamos expresar y regalar la enorme riqueza que hay en cada una de nosotras. Nuestra esperanza es contribuir en algo, para que muchas personas puedan encontrar respuestas a las preguntas y búsquedas internas que están experimentando frente a las exigencias de la vida diaria.

Queremos invitarlos, tanto a mujeres como a hombres, a que junto a nuestro equipo, podamos ir aventurándonos en la maravillosa experiencia de descubrir cómo somos realmente las mujeres, cómo enfrentamos nuestras tareas y desafíos por los que hemos optado.

Es una página que hemos diseñado, por qué no decirlo, con cariño, pensando en todos los aspectos que nos interesan, por eso contamos con que nos escriban contándonos sobre ustedes y sus inquietudes para que juntas podamos ir haciendo crecer este proyecto; para que entre todas aprendamos a conocernos y a querernos más y, así, hacer de este mundo uno mejor.

Ser mujer en Chile

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lucia.jpgTexto - Lucía Santa Cruz
(El Mercurio – martes 24 de junio de 2003 – Ya / Páginas 22 –25)

Quiero proponer una serie de premisas, muchas de ellas políticamente incorrectas, todas discutibles con la idea de analizar, debatir, despejar eslogans, clichés y lugares comunes que de poco sirven para comprender nuestra realidad:

* Las mujeres somos biológicamente diferentes a los hombres y ello tiene enormes repercusiones en todos los ámbitos. También tenemos diferencias culturales enraizadas en la historia, las cuales no son necesariamente malas ni contradictorias con los aspectos biológicos, sino más bien armónicas con nuestra identidad femenina.

* Las mujeres no hemos sido necesariamente víctimas de la opresión injusta por parte del hombre. Y no todas las diferencias entre hombres y mujeres en el trabajo constituyen una discriminación.

* La mujer encuentra en la familia combinada con el trabajo no sólo una fuente de cansancio por la doble jornada, sino que encuentra también ahí su verdadera identidad contemporánea.

Pero, ¿qué es ser mujer?

Se suele proponer como postulado incuestionado la creencia de que la mayoría de las diferencias entre hombres y mujeres, y ciertamente sus roles y funciones, no responden a su naturaleza sexuada y a la originalidad de lo femenino y de lo masculino, sino que a diferencias de género; vale decir, que no tienen fundamentos naturales irrevocables, sino que han sido construidas culturalmente en forma artificial a través de la historia, en beneficio de los hombres, creando una discriminación de carácter sistémico en contra de la mujer.

Sin embargo, no todo aquello que ha sido culturalmente desarrollado a través de los tiempos es necesariamente malo o contradictorio con los aspectos biológicos. Por el contrario, suele existir una concordancia muchas veces perfecta entre los requerimientos de la supervivencia de la especie, en su sentido más amplio y complejo, y la creación por parte del hombre de las instituciones culturales más apropiadas para ello, las cuales, mientras cumplen su función en forma eficiente, perduran en el tiempo. Así, por ejemplo, el rol de la mujer en la maternidad y en el cuidado de los hijos no es una imposición arbitraria de la sociedad patriarcal que intenta que los "costos de la mantención de la especie" corran injustamente por cuenta de la mujer. Lo más probable es que estén ligados al vínculo especiaque ha unido por miles de años a la madre y el hijo durante el embarazo y la lactancia. Ello ha creado evolucionariamente una predisposición en la mujer para la consolidación y desarrollo de los lazos afectivos con el recién nacido.

Del mismo modo, antes de la revolución demográfica y de los métodos modernos de control de la natalidad las mujeres debían tener múltiples embarazos para asegurarse de que uno o dos de sus hijos llegaran a la adultez y aseguraran la sobrevivencia de la especie, por lo cual debían pasar gran parte de su vida - que era mucho más corta- dedicadas a la procreación. Finalmente, las condiciones necesarias para asegurar la sobrevivencia material eran más vinculadas a la fuerza física, y una división del trabajo racional recomendaba posiblemente una dedicación del hombre al mundo externo y de la mujer al mundo más privado de la familia.

Es más, las investigaciones más modernas tienden a señalar que los hombres son más agresivos, más competitivos, más preocupados con el estatus extrafamiliar y más orientados a los objetos que las mujeres. Ellos nos superan en las matemáticas, en las tareas espacio visuales y en la abstracción. Las mujeres, por su parte, son más verbales, tienen mayor intuición en la comprensión de las relaciones personales, tienen más paciencia, mayor facilidad para vincularse con sus hijos. Las razones de estas diferencias no pueden disociarse enteramente de elementos innatos. Los estudios de desarrollo fetal confirman las diferencias hormonales en el cerebro masculino y femenino; también existen diferencias anatómicas entre los cerebros de ambos sexos en aquellas estructuras relacionadas a diferentes comportamientos estereotípicos. En la mayoría de las civilizaciones que conocemos, el papel que la mujer juega en la reproducción de la especie, la identificó con el ámbito doméstico del cual pasa a ser dueña y señora, y al hombre, con el mundo público, como cazador y proveedor.

Sin embargo, la división tajante entre el mundo público, supuestamente dominado por el hombre, y el mundo privado, regido por la mujer, es un invento de la modernidad que se concreta con la revolución industrial que trae consigo el trabajo fuera de la casa por primera vez en la historia, pues hasta entonces la unidad productiva por esencia fue siempre la familia. Es así que el ideal de la mujer doméstica, dedicada a su casa mientras el hombre trabaja fuera del hogar, es sólo una creación del siglo XIX.

MUJER, ¿VÍCTIMA DE LA OPRESIÓN?

Es cierto que en nuestras culturas ancestrales las mujeres no tenían derechos civiles y estaban legalmente sujetas a la autoridad del padre y del marido, sin perjuicio de que, siendo la familia la unidad productiva por excelencia, el rol de la mujer en la economía no dejó de ser fundamental. La situación de subordinación entonces no es estática. De partida el cristianismo implica la introducción de conceptos revolucionarios en su concepción de las mujeres, al establecer la igualdad en dignidad como hijos de Dios. Es más, existe una dicotomía que es preciso revisar caso a caso entre la normativa legal respecto a la mujer y la práctica concreta. La historiografía moderna muestra múltiples ejemplos de cómo los esquemas normativos rígidos no son siempre acatados por la mujer y son sobrepasados por la realidad. No se trata solamente de rebeliones deliberadas frente a la sujeción, sino - como dice Sol Serrano- del uso de "vías paralelas y subterfugios para ejercer una influencia mucho mayor que la formalmente reconocida".

LA FAMILIA Y SU TRANSFORMACIÓN

La familia ha experimentado transformaciones históricas que modifican muchos ámbitos de su constitución y afectan, por sobre todo, la estabilidad del vínculo matrimonial. Por ejemplo, en el siglo XX la mujer invade el área de lo público y, junto con ello, el mundo privado se reduce en su extensión y también en la valoración social que concita. Estos cambios, que conllevan una alteración dramática en la relación de poder entre hombres y mujeres, han modificado sustancialmente la familia y sus instituciones fundamentales, entre ellas el matrimonio basado en la conyugalidad y en la indisolubilidad.

Y Chile, ciertamente, no permanece ausente a estas tendencias de cambio. Es así que un resumen del último censo nos muestra que las personas se casan menos, tienen menos hijos, permanecen solteras más tiempo, muchas más mujeres que antes procrean sin vínculo matrimonial, se separan y se anulan más y conviven más que hace 10 años. Esta situación refleja la transformación más sustantiva experimentada por la familia en los últimos siglos, que es la difuminación del lazo conyugal.

Evidentemente las transgresiones a las normas establecidas respecto al matrimonio monógamo e indisoluble han ocurrido siempre en la forma de concubinatos, adulterios, etcétera. Lo que es nuevo, sin embargo, es la sustitución del matrimonio como la unión permanente entre un hombre y una mujer por otros tipos de vínculos más precarios y efímeros; la procreación sin vínculos de conyugalidad y, como consecuencia de eso, una extensión generalizada de la monopaternidad.

En otras palabras, la reproducción se realiza al margen de las estructuras familiares y significa, en la práctica, la ausencia de padre en el cuidado, mantención y educación de los hijos, con todas las graves consecuencias sociales que este fenómeno trae consigo. Sin embargo, el hecho que interesa es que las tendencias, aunque incipientes, son parecidas a las del resto del mundo y auguran un destino similar al que experimenta la familia en otras latitudes.

LA OPCIÓN POR EL TRABAJO

Las mujeres nos hemos ganado - ayudadas por los cambios económicos que ha traído la tecnología, como asimismo por la expansión de los ideales de autonomía y de libertad individual, que antes eran privativos de los hombres- el derecho a la independencia económica y a ejercer todos los empleos y responsabilidades de acuerdo a nuestras capacidades. Las chilenas se han incorporado lentamente, en comparación con otros países, pero a paso seguro al mercado laboral. Hoy cerca del 47 por ciento de la matrícula en las universidades son ocupadas por mujeres: cifra muy alta si se mira para atrás, pero baja, si se toma en cuenta que más mujeres que hombres egresan de la educación media y rinden la PAA. A pesar de ello, lo más significativo son las diferencias en cuanto a la elección de carreras universitarias. En efecto, el 48 por ciento de la matrícula de mujeres se encuentra en profesiones relacionadas con el área de la educación o la salud; mientras que en el caso de los hombres, el 45 por ciento de la matrícula corresponde a carreras del área tecnológica.

Consecuente con lo anterior, las mujeres participan mayoritariamente en rubros diferentes al hombre en la economía nacional, pues se dedican principalmente a la enseñanza, los servicios sociales y de salud y a la administración pública (29 por ciento), los hogares privados con servicio doméstico (22 por ciento), el comercio (17,6 por ciento) e industrias manufactureras (14,1 por ciento). Ahora bien, se aduce que estas opciones educacionales y ocupacionales de las mujeres no serían la expresión libre de sus preferencias, sino que estarían condicionadas por su subordinación histórica y por la existencia de contenidos y metodologías que tienden a perpetuar dicha subordinación.

Esto equivale a decir que estas elecciones, al margen de su realidad empírica, no serían libres, porque ellas sólo "prefieren" aquello que han sido culturalmente inducidas a preferir. Si aceptamos esa premisa de que las mujeres no son "libres" debido a ciertos condicionamientos culturales, fluye, entonces, que el remedio principal para "liberarlas", necesariamente pasa por la introducción de cambios culturales a través de una ingeniería cultural desde el Estado, que es lo que muchas políticas públicas actuales pretenden.

Por el contrario, creo que las distintas especializaciones de las mujeres no son necesariamente producto de la discriminación ni se deben a condicionamientos culturales destinados a mantenerla en una situación de desmedro, sino que responden - en la mayoría de los casos- a una opción racional. Hombres y mujeres tienen diferencias en sus preferencias y ambas son igualmente libres o igualmente condicionadas. Hay factores de vocación natural, de flexibilidad en los horarios, de exigencias laborales y otras, que condicionan en forma diferente la elección de hombres y mujeres.

La mayoría de las mujeres desean una vida laboral que permita la compatibilización del trabajo con la construcción de una familia y con la maternidad. Por ello, por ejemplo, la flexibilidad en el horario, la mayor cantidad de tiempo libre, las mayores facilidades para ingresar y egresar del mercado laboral por razones de maternidad son factores más relevantes para muchas mujeres que los ingresos posibles de obtener.

UNA CUESTIÓN DE IDENTIDAD

Las relaciones entre hombres y mujeres han cambiado en forma radical y, seguramente, de manera irreversible. La tendencia general en el mundo es hacia la mujer que trabaja y que reclama una justa contribución a su aporte, y que desea también una familia. El trabajo de la mujer hoy es parte constitutiva de su identidad femenina. Esto no quiere decir, sin embargo, que vayamos entrando a un mundo sin diferenciación sexual. Por el contrario, tiendo a pensar que la diferencia entre el trabajo de hombres y mujeres, que subsiste ampliamente hasta hoy y que sigue entregando una preponderancia del trabajo doméstico a la mujer, es un fenómeno que no es de fácil ni segura extinción y que en los tiempos postmodernos la reproducción social de la diferencia entre los sexos sigue siendo un proceso consustancial.

La verdad es que la mujer se relaciona con el trabajo en forma diversa al hombre y articula la relación trabajo-familia en forma estructuralmente distinta al hombre. En estos últimos, el proyecto profesional es autónomo y prioritario; mientras que en la mujer se elabora integrando las necesidades futuras de la maternidad.

La gran pregunta es ¿por qué subsiste la diferenciación social de los roles sexuales?, ¿se trata de un vestigio del pasado aún no superado? O bien, como dice el filósofo francés Lipovestky en "La tercera mujer", hablamos de un proceso que funciona a toda velocidad en el seno del tiempo presente, porque se trata de tendencias que corresponden a aspiraciones y gustos contemporáneos. Es evidente que en el mundo posmoderno el trabajo femenino es un valor; el principio de subordinación de la mujer al hombre ya no es legítimo ni siquiera como un deber ser deseable.

El poder de decisión dentro de la pareja es compartido. Cualquier nuevo modelo contempla la autonomía de la mujer y la participación de ambos en decisiones importantes. Las tareas no se reparten meramente en función del legado de la tradición, sino que son objeto de negociación y discusión entre ambos: no hay nada particularmente femenino o masculino en hacer camas, cocinar o ir al supermercado. Pero esto no significa que el trabajo doméstico esté paritariamente distribuido: en el mundo desarrollado entre el 60 y el 75 por ciento de las mujeres activas realizan el trabajo doméstico.

Las mujeres desean una división más equitativa de las tareas domésticas, pero pocas están dispuestas a renunciar al derecho adquirido de ser ellas prioritariamente quienes están a cargo de alimentar, bañar, cuidar y educar a los hijos. La queja es más bien a la inversa de mujeres que por trabajo ven estos aspectos insatisfechos. La mujer se siente responsable por la cohesión afectiva del grupo familiar.

Esta posición femenina en relación a la familia no representa meramente una subordinación, sino que hay también una búsqueda de sentido, estrategias de poder y una búsqueda de identidad profunda. Esta relación tiene un costo profesional, pero eso no quiere decir que no tenga un beneficio subjetivo para ella: calidad de la relación con los hijos, satisfacción de formar a un ser e influir en su presente y su futuro, reforzamiento de identidad mujer-madre, satisfacción de sentirse indispensable y la conciencia de la importancia del vínculo y de su tarea en general.

Son desafíos mayores los de la mujer hoy en Chile y en el mundo: ser esencialmente mujer sin tratar de ser hombres de segundo orden; desarrollar todo su potencial intelectual y profesional; entrar en una relación de pareja que no está regida por conveniencias sino que debe basarse en el amor, y sin renunciar a su rol prioritario dentro de la familia, porque allí reside parte esencial de su identidad y sentido. Y esas metas, que muchas veces parecen insuperables, cuando se logran - aunque sea parcialmente, porque vivimos en un mundo imperfecto- , las satisfacciones son también sin comparación a aquellas de ninguna época histórica que nos haya precedido.

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