Archivos Diciembre 2003

Homilía del Papa Juan Pablo II en la Misa de Beatificación de la Madre Teresa de Calcuta VATICANO, 19 Oct. 03 (ACI).-

teresadecalcuta6.jpg1. "El que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos" (Mc 10, 44). Estas palabras de Jesús a los discípulos, que acaban de resonar en esta Plaza, indican cuál es el camino que conduce a la grandeza evangélica. Es el camino que Cristo mismo recorrió hasta la Cruz; un itinerario de amor y de servicio que va contra toda lógica humana. ¡Ser el siervo de todos!

Por esta lógica se dejó guiar la Madre Teresa de Calcuta, Fundadora de los Misioneros y las Misioneras de la Caridad, que hoy tengo la alegría de inscribir en el Catálogo de los Beatos. Estoy personalmente agradecido a esta valerosa mujer, a quien siempre he sentido cerca de mí. Imagen del Buen Samaritano, se acercaba a cualquier lugar para servir a Cristo en los más pobres entre los pobres. Ni los conflictos ni las guerras lograban detenerla.

De vez en cuando venía a hablarme de sus experiencias en el servicio de los valores evangélicos. Recuerdo, por ejemplo, cuando dijo al recibir el premio Nobel de la Paz: "Si oís que alguna mujer no quiere tener a su hijo y desea abortar, intentad convencerla para que me traiga a ese niño. Yo lo amaré, viendo en él el signo del amor de Dios" (Oslo, 10 de diciembre de 1979).

teresadecalcuta1.jpg2. ¿No es significativo que su beatificación tenga lugar precisamente en el día en que la Iglesia celebra la Jornada Misionera Mundial? Con el testimonio de su vida, la Madre Teresa recuerda a todos que la misión evangelizadora de la Iglesia pasa a través de la caridad, alimentada en la oración y en la escucha de la palabra de Dios. Emblemática de este estilo misionero es la imagen que refleja a la nueva Beata mientras sostiene, con una mano, la de un niño y, con la otra, recorre la corona del Rosario.

Contemplación y acción, evangelización y promoción humana: la Madre Teresa proclama el Evangelio con su vida entregada por entero a los pobres, pero, al mismo tiempo, envuelta en la oración.

3. "Quien quiera ser grande entre vosotros debe ser vuestro servidor" (Mc 10, 43). Con particular emoción recordamos hoy a la Madre Teresa, una gran servidora de los pobres, de la Iglesia y del mundo entero. Su vida es un testimonio de la dignidad y del privilegio del servicio humilde. Eligió ser no sólo la última, sino la sierva de los últimos. Como una verdadera madre de los pobres, se inclinó a los que sufrían diferentes formas de pobreza. Su grandeza reside en su capacidad de dar sin importar el coste, dar "hasta que duela". Su vida fue una vida radical y una valiente proclamación del Evangelio.

El grito de Jesús en la cruz, "Tengo sed" (Jn 19, 28),bu expresando la profundidad del deseo de Dios por el hombre, penetró el alma de la Madre Teresa y halló tierra fértil en su corazón. Saciar la sed de amor y de almas de Jesús, en unión con María, la Madre de Jesús: esto se convirtió en el objetivo de la existencia de la Madre Teresa y en la fuerza que la sacó de sí misma y la llevó a recorrer el mundo para trabajar por la salvación y la santificación de los más pobres entre los pobres.

4. "Cuanto hicisteis a uno de esos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 49). Este pasaje del Evangelio, crucial para comprender el servicio de la Madre Teresa a los pobres, era la base de su convicción llena de fe de que al tocar los cuerpos rotos de los pobres estaba tocando el cuerpo de Cristo. Era al propio Jesús, oculto bajo la dolorosa apariencia de los más pobres entre los pobres, a quien se dirigía su servicio. La Madre Teresa pone de relieve el significado más profundo del servicio: un acto de amor hecho al que tiene hambre, sed, al extranjero, al que está desnudo, al enfermo, al prisionero (Cf. Mt 25, 34-36) se hace al propio Jesús.

Reconociéndole a Él, ella se consagró con toda devoción, expresando la delicadeza de su amor esponsal. De esta forma, en total donación de sí misma a Dios y al prójimo, la Madre Teresa halló su gran realización y vivió las más nobles cualidades de su feminidad. Quiso ser un signo "del amor de Dios, de la presencia de Dios, de la compasión de Dios" y así recordó a todos el valor y la dignidad de cada hijo de Dios, "creado para amar y ser amado". Así hizo la Madre Teresa, "llevando las almas a Dios y Dios a las almas" y saciando la sed de Cristo, especialmente en aquellos más necesitados, aquellos cuya visión de Dios había quedado oscurecida por el sufrimiento y el dolor.

5. "El Hijo del hombre ha venido para dar su propia vida en rescate de muchos" (Mc 10, 45). La Madre Teresa participó en la pasión del Crucificado, de forma especial durante largos años de "oscuridad interior". Fue aquella una prueba a veces muy dolorosa, acogida como un singular "don y privilegio".

En las horas más oscuras se aferraba con mayor tenacidad a la oración ante el Santísimo Sacramento. Este duro trabajo espiritual la llevó a identificarse cada vez más con quienes servía a diario, experimentando la tristeza y hasta el rechazo. Amaba repetir que la mayor pobreza es no ser deseado, no tener a nadie que se ocupe de uno.

6. "¡Danos, Señor, tu gracia, y en Ti esperamos!". Cuántas veces, como el Salmista, también la Madre Teresa en los momentos de desolación interior repitió a su Señor: "¡En Ti, en Ti espero, Dios mío!".

Nuestra admiración a esta pequeña mujer enamorada de Dios, humilde mensajera del Evangelio e infatigable bienhechora de la humanidad. Honremos en ella a una de las personalidades más relevantes de nuestra época. Acojamos su mensaje y sigamos su ejemplo.

Virgen María, Reina de todos los Santos, ayúdanos a ser a ser mansos y humildes de corazón como esta intrépida mensajera del Amor. Ayúdanos a servir con la alegría y la sonrisa a toda persona que encontremos. Ayúdanos a ser misioneros de Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Amén!

Dominique Lapierre: «Madre Teresa era una bomba de amor y caridad para los desesperados del mundo»
POR JUAN FRANCISCO ALONSO Y MIGUEL ÁNGEL BARROSO

El Papa beatifica hoy a Teresa de Calcuta. Dominique Lapierre, autor de «La dominiquelapierre1.jpgciudad de la alegría», glosa la figura de esta extraordinaria mujer que cambió su vida para siempre

Aún no ha amanecido en la Costa Azul francesa, cerca de Saint Tropez, en un pequeño pueblo abrigado por el mar. En el refugio del escritor y su esposa, Dominique y Dominique («ella es la grande y yo el pequeño»), hay luz desde las cinco de la mañana. Dominique Lapierre (París, 1931) y Larry Collins (West Hartford, Connecticut, 1929), la pareja de escritores de grandes éxitos más relevante de los años setenta y principio de los ochenta («Arde París», «Oh, Jerusalén», «Esta noche, la libertad», «El quinto jinete»), regresan con una nueva novela. «El argumento es secreto de Estado, pero les puedo decir que esperamos haberla terminado para Navidad», afirma Lapierre. Queda poco. Apenas el último esfuerzo que, estos días, comparte necesariamente con el recuerdo de una las personas que más le ha influido en el último tramo de su vida, Madre Teresa, la santa de los desamparados.

-¿Cómo la conoció?

-Fue hace veintitrés años, en su cuartel general de Calcuta. Madre Teresa dominiquelapierre2.jpgasistía a su misa cotidiana, a las 5.30 de la madrugada, rodeada por un centenar de sus hermanas. Era un momento extraordinario: la vieja religiosa en una pequeña capilla, con el ruido de la calle, en el centro de una ciudad inhumana. Fui a conocerla porque, después de escribir «Esta noche, la libertad», la historia de la independencia de la India, deseaba ayudar en lo posible a los niños leprosos de Calcuta. Había pasado dos largos años en la India enfrascado en la investigación de ese libro y quería destinar parte de mis derechos de autor a una obra humanitaria. Lo primero que le dije fue: «Madre, tengo cincuenta mil dólares en mi bolsillo; quiero entregar este dinero a una institución que se ocupe de los niños leprosos». Ella me contestó: «Pero, Dios...». Aquel día me presentó a un inglés, James Stevens, una «Madre Teresa» anónima, que dirigía una leprosería que había salvado a nueve mil niños, pero que no tenía un céntimo más para continuar. Fue un choque brutal. El principio de mi acción humanitaria. Hay muchas personas anónimas como él en la India. Es uno de los mensajes más destacados de Madre Teresa: todos podemos traer un poco de justicia a este mundo. En una ocasión, Stevens y Madre Teresa me llevaron a uno de los barrios de chabolas de Calcuta, donde habían encontrado sus primeros niños protegidos. Este lugar se llamaba, paradójicamente, la Ciudad de la Alegría. Un barrio de chabolas, un lugar inhumano, el infierno sobre la Tierra. Allí encontré tanta fuerza, tanto valor, tanta fe, tanta capacidad de compartir... que le dije a mi esposa: quiero escribir la historia de supervivencia de esta gente.

Su mensaje, más fuerte que nunca

teresadecalcuta2.jpg-¿Qué sensaciones le transmitió Madre Tersa?

-Era una bomba de caridad, de amor. La impresión de caminar junto a ella por los barrios de Calcuta era extraordinaria. Cada vez que su pequeña silueta encorvada aparecía era un símbolo de esperanza en mitad de la desesperación. Casi no dormía, y con un plátano y un poco de arroz tiraba todo el día. Tenía una vitalidad enorme. Viajábamos a Nueva York y, tras veinte horas de avión, empezaba a visitar sus hogares, como si acabara de levantarse.

-A veces se le acusó de no utilizar su influencia para encontrar soluciones políticas a la pobreza.

-Hablé muchas veces con ella de este asunto. Le dije que podía hacer una huelga de hambre enfrente de la sede de Naciones Unidas para alertar a los poderosos. Entonces me dedicó una sonrisa, y me dijo: «Me interesa la gente que no tiene un pedacito de pan para sobrevivir un día más. No puedo preocuparme por la multitud, sino por un individuo que está a punto de morir. Hay otras personas en el mundo que pueden luchar por los derechos humanos. Aquí nos enfrentamos a la miseria total».

teresadecalcuta3.jpg-¿Su legado sigue presente?
-Seis años después de su muerte, el mensaje de Madre Teresa es más fuerte que nunca. La orden de las Misioneras de la Caridad es la única en todo el mundo que debe rechazar vocaciones por falta de lugar para acomodar a tanta gente. En los conventos del resto de las órdenes religiosas sólo hay monjas muy veteranas. En las Misioneras de la Caridad es justo al contrario, a pesar de la promesa de una vida muy difícil, de pobreza, de mucho sacrificio.

-¿Madre Teresa ha sido su principal fuente de inspiración literaria?

-Por decirlo con más precisión, fue el detonante de muchas cosas. La fuente de inspiración la encontré en el valor de la gente para sobrevivir, para triunfar sobre todas las adversidades. Hay un poema de Tagore que dice: «La adversidad es grande, pero el hombre es más grande que la adversidad».

-Calcuta se ha convertido en un centro de peregrinación de famosos. ¿Las caras conocidas benefician la causa de los pobres?

-Todos podemos visitar Calcuta. En mi caso, en esa ciudad encuentro vitaminas extraordinarias. Cuando regreso a París y no encuentro aparcamiento para el coche, resulta fácil considerarlo un problema menor. Aprendes que todo es relativo. En cuanto a lo que buscan los famosos, es muy difícil adivinar lo que esconde el corazón de la gente. La visita de la princesa Diana, por ejemplo, fue totalmente sincera, un ejemplo de cómo involucrarse con esa obra de compasión y de justicia.

Tomar partido

-¿Madre Teresa inspiró su compromiso solidario?

-Conocerla fue un momento muy importante en mi vida. Descubrí que un autor de grandes éxitos literarios también podía cambiar la vida de los protagonistas de sus novelas. Un escritor puede ser, y lo digo con total humildad, Hemingway y Madre Teresa a la vez. Pensé que no era suficiente escribir, denunciar. Había que actuar, tomar partido en el campo de batalla de la pobreza. Tenía cincuenta y dos años. Fue una revelación. Desde entonces, dedico la mitad de mi vida al trabajo humanitario. En veintidós años he contribuido a salvar nueve mil niños leprosos, a curar a cuatro millones de enfermos de tuberculosis. También tengo cuatro barcos hospitales en el Delta del Ganges. En España he encontrado una extraordinaria generosidad. Tenemos una fundación que se llama Ciudad de la Alegría , que recauda dinero para continuar mis acciones en la India.

El hechizo de la India

-Toda esa labor le ha quitado tiempo a su carrera de escritor.

-Sí, la mitad de mi vida. Me ha quitado tiempo, pero ha merecido la pena. Es una experiencia única.

-¿Qué tiene la India para enganchar de esta forma a todos los que visitan el país?

-La primera cosa que te golpea es la belleza interior de la gente, sus cualidades humanitarias. En el más pequeño pueblo hay una hospitalidad y una gentileza impresionantes. Allí me siento como en casa. Creo que en una vida anterior fui un «rickshaw» (un carro-taxi tirado por una persona). Viajo allí tres veces cada año. Cuando no voy y han pasado tres meses, me faltan las vitaminas.

-Hoy es la ceremonia de beatificación de Madre Teresa. Usted la conoció muy bien: ¿era una santa?

-Lo pienso desde hace veinticinco años. No necesito la firma de un monseñor en un papel para saber que Madre Teresa era una santa. Y hay muchos otros santos anónimos que nos sorprenden en nuestra vida cotidiana. Hay en el mundo gente muy diferente a los criminales, a sátrapas como Sadam Husein, a narcotraficantes como Pablo Escobar.

La madre de los desamparados
POR JAVIER MORO, ESCRITOR

«Casa Madre», 54, Lower Circular Rd. Ésta fue la dirección más conocida de Calcuta en tiempos de la Madre Teresa. Ejercía de imán que atraía a casi todos los extranjeros, y a muchos indios. El escritor Javier Moro, autor de «El pie de Jaipur» y «Era medianoche en Bhopal», retrata su figura.

A las cinco de la mañana, el convento de las Misioneras de la Caridad era ya un hervidero de actividad. Todo el mundo sabía que la misa, a las cinco y media, era la mejor ocasión para ver a «la Madre». Allí la conocí un día de 1989. Ya caminaba encorvada como un ave vieja, envuelta en su sari blanco con borde azul. Me saludó con su expresión dulce y bonachona y no pareció demasiado entusiasmada con mi idea de entrevistarla para documentar el guión de una película sobre su vida. «No soy importante- repetía- El único importante es Él».

Era demasiado humilde para hablar de sí misma, prefería hablar de los demás, sobre todo de los pobres. De los hombres, de las mujeres y de los niños que poblaban las chabolas, de los que pasaban renqueando delante de ella, de los que estaban a punto de exhalar el último suspiro en el moridero que fundó hace más de cincuenta años junto al templo de Kali. Los desamparados, los abandonados, los débiles, los enfermos, los que nadie quiere: esos pobres se habían convertido en la riqueza de su vida. A los políticos indios que venían a verla, solía repetirles la cifra de trescientos millones, el número de personas que en la India viven por debajo del umbral de la pobreza. Gente sin trabajo ni futuro, los excluidos, los «pobres absolutos». ¿Representa esta masa de gente la visión que los padres de la nación, Gandhi y Nehru, tuvieron de la India?, preguntaba machaconamente. No era de extrañar que algunos políticos indios se sintiesen molestos por esta mujer diminuta que siempre ponía el dedo en la llaga. Y que además, perteneciendo a una religión muy minoritaria allí, era capaz de galvanizar a las multitudes como ningún otro líder lo había conseguido desde Gandhi. Ambos, Teresa y Gandhi, tenían puntos en común. Eran frágiles de aspecto pero sólidos como rocas. Humildes, y sin embargo firmes en sus convicciones. Pequeños de tamaño, enormes de estatura. Y ambos sacaban sus fuerzas de un poderoso caudal espiritual. Sin embargo, la Madre Teresa decía: «No esperéis a los líderes; hacedlo solos, persona a persona».

teresadecalcuta5.jpgAllí radicaba la fuerza de su mensaje. Contra la miseria humana, no valen grandes soluciones, ya sean políticas o humanitarias. La miseria se combate cuerpo a cuerpo, chabola a chabola. Es una guerra sin cuartel, y se libra con la más poderosa de las armas: con el corazón. Si su mensaje ha ido extendiéndose por todo el mundo, quizás sea porque las diferencias entre ricos y pobres no han cesado de aumentar.

La Madre Teresa tenía una imagen de mujer dócil y dulce, pero el día en que me la encontré regañando a una novicia porque había dejado una bolsa llena de ropa sucia en las escaleras del convento, descubrí la fuerza de su carácter. Teresa sabía mandar, y tenía que saber hacerlo muy bien para mantener orden en su congregación que llegó a convertirse en una auténtica multinacional de la caridad, con 750 hogares de acogida en 127 países del mundo. Y eso no se consigue siendo dócil. La santa de Calcuta había sido una mujer muy peleona desde el momento en que descubrió su vocación profunda. Ocurrió en un viaje en tren a un convento en Darjeeling, en las faldas del Himalaya, donde acudía para reponerse de un brote de tuberculosis. Tenía treinta y seis años. De pronto, el tren se detuvo en un túnel. La religiosa oyó entonces una voz. «Era la voz de Dios, que me ordenaba abandonarlo todo para servirle a Él ayudando a los más pobres de entre los pobres», contaría más tarde. Hasta ese día, había pasado 19 años de su vida en su Albania natal y 17 en Calcuta como profesora de geografía en el convento de Loreto, el más elitista de la ciudad. Pero seguir dando clases a las niñas bien de la sociedad bengalí le parecía ahora carecer de sentido. Hoy, a tiro pasado, es fácil entender lo que hizo la Madre Teresa. Pero en el contexto de aquel entonces, su abandono del convento para instalarse en una chabola necesitó de grandes dosis de carácter, y hasta de rebeldía. Sus colegas la veían como una excéntrica. Contaba una compañera suya cómo recibieron con cierta sorna la noticia de que la Madre Teresa había recogido a una indigente en la calle y la había llevado en brazos a un hospital, donde por supuesto la mujer no había sido admitida. Buscaba el escándalo decían unas. Es una original, susurraban otras. La realidad era bien distinta: Teresa veía a los moribundos, a los abandonados y a los enfermos con los ojos del corazón. «Veo a Dios en cada ser humano. Cuando limpio las llagas de un leproso, tengo la sensación de estar limpiándole las llagas a Dios... ¿No es eso maravilloso?», dijo en una entrevista en 1974. Ella veía a los pobres y a los desamparados; los demás no los veían como seres humanos, los consideraban una masa sin rostro.

La Madre Teresa no inventó la caridad, pero sí la reinventó en el momento en que surgía el concepto de Tercer Mundo, el de un planeta habitado por una minoría pudiente en medio de una mayoría cada vez más numerosa, cada vez más hambrienta. Luchó por dar un rostro humano al desvalido, al leproso, al abandonado. Vino a decirnos que esos hombres y mujeres sienten y padecen como cualquiera de nosotros. Que tienen deseos, sueños, miedos, anhelos. Que no son una masa inerte, nacida para sufrir. Que cada niño tiene el inalienable derecho a tener una vida feliz, como nosotros, sin la lacra de la pobreza. Vino a decir que la miseria es abyecta e inaceptable e, implícitamente, que la justicia social no es la consecuencia automática del progreso económico. Y aportaba soluciones que los gerifaltes del desarrollo global, en sus despachos de acero y vidrio, tienden a olvidar. Para sacar a la gente de la pobreza, hay que quererlos; hay que darles la esperanza de que es posible salir de su condición. Hay que mostrarles la luz al final del túnel. Rescató una palabra que había caído en desuso: la compasión, que etimológicamente significa padecer con quien sufre.

teresadecalcuta7.jpgEl mundo provincial de Calcuta fue acostumbrándose a la presencia de esta mujer que daba siempre que hablar. Primero, porque un año después de haber oído la Voz en el túnel, el Vaticano autorizó la fundación de una congregación religiosa dedicada a «ocuparse de los enfermos y de los moribundos, educar a los niños abandonados en la calle, atender a los mendigos y albergar a los abandonados». La silueta de las Misioneras de la Caridad, sari blanco con borde azul, empezó a formar parte del paisaje de Calcuta primero, más tarde de las grandes ciudades del mundo.

La Casa del Corazón Puro

Segundo, porque Teresa de Calcuta, en su afán de recoger a todos los desvalidos, necesitaba espacio y ayuda. La ayuda inmediata se la proporcionaron una decena de novicias indias que la siguieron al mundo de las chabolas. El espacio tenía que pedírselo a las autoridades, poco receptivas ante una religiosa católica que exigía cambiar el sacrosanto orden de las cosas. En Teresa de Calcuta salió a relucir entonces una formidable obstinación. Llegó a decirle al alcalde que vendría con un grupo de enfermos y desvalidos y que los dejaría en los pasillos del Ayuntamiento hasta que no obtuviese un lugar donde ocuparse de ellos. El alcalde le consiguió un local junto al templo de Kali, en el centro de la ciudad. Así nació la «Casa del Corazón Puro», donde voluntarios de todo el mundo, ayudados por Misioneras de la Caridad, acogen y cuidan a enfermos y moribundos rescatados del infierno de las calles.

teresadecalcuta4.jpgMás tarde, consiguió otro local para fundar Shishu Bhawan, la Casa de los Niños, dedicada a albergar a niños abandonados. Y en un terreno cedido por la compañía de ferrocarriles fundó un hogar para leprosos. Consciente de que el estigma social de la lepra era tanto o más dañino que la enfermedad en sí misma, organizó una campaña para acercar la población a la realidad de la lepra: «Toquemos un leproso con nuestra compasión». Tuvo tanto éxito que consiguió fundar una ciudad para leprosos a doscientos kilómetros de Calcuta. La llamó Shanti Nagar, «la ciudad de la paz». Al empezar a ocuparse de los leprosos y a medida que la Congregación crecía, dejó de ser «una original» para, poco a poco, convertirse en «una mujer admirable», y luego en una santa. En 1979, recibió el Premio Nobel de la Paz «en nombre de los hambrientos, los sin techo, los discapacitados, los invidentes, los leprosos, en nombre de todos los que se han convertido en un peso para la sociedad y que todo el mundo rechaza». En 1982, en el Beirut desgarrado por intensos combates, consiguió negociar con palestinos e israelíes un alto el fuego. La Madre Teresa necesitaba tiempo para rescatar a treinta y siete niños discapacitados mentales atrapados en un hospital del centro. Las armas se acallaron, y ella corrió para salvar a los suyos, a esos niños que representan uno de los eslabones más débiles de la humanidad. Así era la Madre Teresa.

Hoy, cuando viajo por el mundo, me encuentro de vez en cuando a las Misioneras de Caridad. Van de dos en dos, en rickshaws que zigzaguean por las callejuelas más estrechas o en algún coche vetusto, siempre en los arrabales más desolados y peligrosos. Veo cómo escuchan a los desvalidos. «Sólo pretendemos aportar nuestra gota de agua en el océano de las necesidades», dicen, repitiendo una frase de la Madre Teresa. Esa gota de agua, que en todos los países pone de manifiesto la incapacidad de los políticos y del sistema para atender las necesidades más básicas, representa la gran aportación de la santa de Calcuta a la humanidad. Estaba en Calcuta cuando murió la Madre Teresa y asistí a su funeral. No había indios, europeos o americanos. Ese día no había musulmanes, ni hindúes ni cristianos. Había un mismo fervor, un mismo lamento que lloraba la desaparición de una mujer que supo darles amor y esperanza. Pero seguía habiendo ricos y pobres. Los mazazos que la policía antidisturbios propinaba para impedir que una multitud de harapientos accediese al estadio donde estaba expuesto el cuerpo de la santa hablaban de un mundo separado entre los que tenían un derecho y los que no lo tenían. Una separación que no le hubiera gustado nada a Teresa de Calcuta. Entonces me acordé de una frase que ella dijo a Miguel de Grecia en 1996: «El otro día soñé que había llegado a las puertas del cielo, y San Pedro me decía: «Vuelve a la tierra, Teresa. No hay chabolas aquí arriba»».

Fuentes:
ACI

Fuente: El Observador / Mujer Nueva
Fecha: 2003-07-18

Los efectos del aborto sobre la salud de las mujeres son tema de encendido debate. El asunto fue discutido a inicios de este año por un grupo de 100 científicos expertos, reunidos por el National Cancer Institute del gobierno federal de Estados Unidos. La mayoría de los participantes opinaban que una mujer que termina con su embarazo no hace frente a grandes riesgos de cáncer de pecho.

Pero esta reunión no puso fin al debate. La Cámara y el Senado de Texas han aprobado una ley que manda a los doctores informar a las mujeres que quieren abortar sobre el nexo entre el procedimiento abortivo y un aumento del riesgo de cáncer de pecho. La Women's Right to Know Act del estado obliga a quienes realizan el aborto a informar a las mujeres verbalmente o por escrito del riesgo potencial de aborto-cáncer de pecho, además de sobre todos los demás problemas asociados con el aborto y el embarazo.

Ha levantado críticas la falta de claridad de los expertos reunidos por el National Cancer Institute. Karen Malec, presidenta de la Coalition on Abortion/Breast Cancer, en un artículo cita numerosos estudios que identifican el nexo entre aborto y cáncer de pecho. Observaba que en 1973, el año en que fue legalizado el aborto en Estados Unidos, la incidencia de cáncer de pecho era de 82.6 por cien mil, y era considerado una enfermedad de las mujeres mayores. En 1998 la incidencia de cáncer de pecho había aumentado en más de un 40% hasta los 118.1 por cien mil, y se había convertido en una enfermedad de las mujeres jóvenes.

El libro «Women's Health After Abortion» (La Salud de las Mujeres tras el Aborto) de Elizabeth Ring-Cassidy y Ian Gentiles, se basa en la información contenida en más de 500 libros y estudios científicos publicados durante los últimos 20 años. Este libro observa que, de 14 estudios llevados a cabo en Estados Unidos, 13 mostraban un aumento en el riesgo de cáncer de pecho en las mujeres que habían abortado. A nivel mundial, 27 de 33 estudios muestran un aumento del riesgo.

«Derecho a saber»

El cáncer de pecho no es el único problema médico asociado al aborto. «Women's Health After Abortion» informa de que también se asocia el aborto con el embarazo ectópico, la perforación uterina, la enfermedad inflamatoria pélvica, cánceres del sistema reproductivo, e infertilidad. Existen algunos «elementos dentro de la institución de investigación y médica según los cuales la consideración suprema parece ser preservar la imagen del aborto como algo simple, seguro y fácilmente disponible para las mujeres», informa el libro. «Si existe un derecho a elegir, también existe un derecho a saber», añade. Otro problema es el impacto del aborto en los embarazos que vengan después.

El peligro a la salud puede llegar al punto de causar la muerte. El índice de mortalidad materna es cuatro veces más alto, tras el aborto. Esto contradice la idea ampliamente repetida de que el aborto es más seguro que el parto.

Dolor acallado

El daño del aborto no se limita a los efectos físicos. El trauma psicológico puede afectar a las mujeres durante muchos años tras un aborto. Uno de los últimos estudios que examinan esta cuestión es el de Teresa Burke, fundadora de Rachel's Vineyard, organización de asistencia curativa tras el aborto, llevado a cabo en colaboración con David Reardon, director del Elliot Institute. En su libro, «Forbidden Grief: The Unspoken Pain of Abortion» (Pena Prohibida: el Dolor no manifestado del Aborto), relatan los traumas sufridos por muchas mujeres, y ofrecen consejo sobre cómo superar estos problemas.

Muchas mujeres, observa el estudio, ni anticipan ni entienden la severidad de los problemas que pueden llegar a sufrir. El aborto no puede simplemente «hacer retroceder el reloj», haciendo volver a las mujeres al momento anterior a estar embarazadas, explican los autores. Mientras puede tener un sentido de liberación a corto plazo, un aborto siembra semillas de problemas a largo plazo.

El aborto, explica el libro, toca tres temas centrales del concepto que tiene de sí misma una mujer: su sexualidad, su moralidad y su identidad maternal. También implica la pérdida de un hijo. «Pocas mujeres identifican todos estos problemas antes de abortar», escriben los autores. Estos problemas sin resolver suelen salir a la superficie más adelante, afirman.

Un factor que contribuye a estos problemas es que la mayoría de los consejeros de las clínicas abortistas promueven la falsa expectativa de que, con el aborto, hay pocos riesgos psicológicos, si no ninguno. Una razón de esto, afirman los autores, es el interés financiero de la clínica en vender los abortos. El verdadero precio de la intervención, trágicamente, puede no ser evidente hasta que es demasiado tarde.

www.mujernueva.org

Autor : Francisco Fernández Carvajal

I. Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro con Cristo, acompañados por las buenas obras.

Quizá hayamos tenido la experiencia, de lo que es caminar en la noche y arrastrar los pies durante kilómetros, alargando ávidamente la vista hacia una luz en la lejanía que representa de alguna forma el hogar. ¡Qué difícil resulta apreciar en plena oscuridad las distancias¡ Lo mismo puede haber un par de kilómetros hasta el lugar de nuestro destino, que unos pocos cientos de metros! En esa situación se encontraban los profetas cuando miraban hacia adelante, en espera de la redención de su pueblo. No podían decir, con una aproximación de cien años ni de quinientos, cuándo habría de venir el Mesías. Sólo sabían que en algún momento la estirpe de David retornaría de nuevo, que la luz que sólo se divisaba entonces como un punto débil en el horizonte se ensancharía al fin, hasta ser un día perfecto. El pueblo de Dios debía estar a la espera.

Esta misma actitud de expectación desea la Iglesia que tengamos sus hijos en todos los momentos de nuestra vida. Nos alienta a que caminemos con los pastores, en plena noche, vigilantes, dirigiendo nuestra mirada hacia aquella luz que sale de la gruta de Belén.

Estad vigilantes, nos dice el Señor, porque nosotros podemos olvidarnos de lo más fundamental de nuestra existencia. La Iglesia nos alerta con cuatro semanas de antelación que nos preparemos a celebrar de nuevo la Navidad y, a la vez, para que, con el recuerdo de la primera venida de Dios hecho hombre al mundo, estemos atentos a esas otras venidas de Dios, al final de la vida de cada uno y al final de los tiempos. Por eso, el Adviento es tiempo de preparación y esperanza.

“Ven, Señor, y no tardes”. Preparemos el camino para el Señor que llegará pronto; y si advertimos que nuestra visión está nublada y no vemos con claridad esa luz que procede de Belén, de Jesús, es el momento de apartar los obstáculos. Es tiempo de hacer con especial finura el examen de conciencia y de mejorar en nuestra pureza interior para recibir a Dios. Es el momento de discernir qué cosas nos separan del Señor, y tirarlas lejos de nosotros. Para ello, este examen debe ir a las raíces mismas de nuestros actos, a los motivos que inspiran nuestras acciones

II. Como en este tiempo queremos de verdad acercarnos más a Dios, examinemos a fondo nuestra alma. Allí encontraremos los verdaderos enemigos que luchan constantemente para separarnos del Señor. Allí están los principales obstáculos para nuestra vida cristiana: La concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida.

La concupiscencia de la carne no es sólo la tenencia desordenada de los sentidos en general, no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aún a costa de ceder en la fidelidad a Dios.

La concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar.

Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que Nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses y, al llenarse de amor por si misma, vuelve la espalda al amor de Dios.

La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, la soberbia. No se trata sólo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque éste es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos.

Puesto que el Señor viene a nosotros, hemos de prepararnos. Cuando llegue la Navidad, el Señor debe encontrarnos atentos y con el alma dispuesta; así debe hallarnos también en nuestro encuentro definitivo con Él. Necesitamos enderezar los caminos de nuestra vida, volvernos hacia ese Dios que viene hacia nosotros. Toda la existencia del hombre es una constante preparación para ver al Señor, que cada vez está más cerca; pero en el Adviento la Iglesia nos ayuda A PEDIR DE UNA MANERA ESPECIAL; Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad: enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Preparemos este encuentro en el sacramento de la confesión.

Cercano a la Navidad de 1980, el Papa Juan Pablo II estuvo con más de 2.000 niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: ¿Cómo os preparáis para la Navidad? Con la oración, respondieron los niños. Bien con oración, les dice el Papa, pero también con la confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis? Y los niños, más fuerte todavía responden: ¡Lo haremos!. Sí, debéis hacerlo, les dice Juan Pablo II. Y en voz más baja: El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios.

Así lo haremos también nosotros, con más amor, con más contrición. Porque siempre podemos recibir con mejores disposiciones este sacramento de la misericordia divina, como consecuencia de examinar más a fondo nuestra alma.


Fuente : “Hablar con Dios” de Francisco Fernández Carvajal

 

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