Archivos Abril 2005

Hoy en día estamos bombardeados de revistas dirigidas a la mujer, de libros de todos los cortes e ideologías en los cuales se defienden desde un feminismo radical, que tiene por enemigo a los hombres, pasando por una gama que nos lleva hasta el nuevo feminismo que con pasión defiende la complementariedad hombre - mujer.

Para ser sincera en el último tiempo he estado preguntando en diferentes países del mundo si en los colegios se enseña que hombres y mujeres somos tan diferentes que merecemos se nos muestre esa realidad para poder comunicarnos mejor. Para mi sorpresa la respuesta ha sido que no, salvo en colegios contados con los dedos de la mano.

Los hombres viven diciendo ¿quién entiende a las mujeres? y las mujeres en nuestro interior sabemos que ellos también son distintos, pero no llegamos muchas veces a distinguir cuanto.

En este sentido el nuevo libro de la Editorial Patris, “Ser Mujer”, nos regala a todos, hombres y mujeres, el volver a descubrir la grandeza que hay en el ser mujer. Agradezco enormemente a hombres de la genialidad del Santo Padre, que desde siempre ha defendido nuestra verdadera naturaleza y forma de ser femenina. Releer trozos de la encíclica Mulieres Dignitatem me conmovió el corazón al ver el mundo al que Cristo nos llama a vivir en unidad como humanidad, con un trato que dignifica a la mujer por ser quien es y que la respeta y ama a cada una según sus propias formas de ser. Leer con cuanto ardor la Iglesia nos defiende y hace todo lo posible para que tengamos el lugar que nos corresponde en el mundo y para que seamos tratadas y educadas con la dignidad que merecemos nos abre los ojos a decir que no vivimos en una Iglesia añeja, encerrada en sí misma y que ve a la mujer como un ser que está supeditado al hombre. Recorrer los textos del P. Kentenich y del P. Rafael, junto con las dos estupendas entrevistas que viene adjuntas, despiertan el anhelo de salir al mundo y decir que "Hey, despierten, no sigan quejándose de que no nos podemos entender ni comunicar. Aquí encuentran lo que tanto han estado buscando y que posiblemente las ayude a entenderse y a entender a los demás" No sigamos con la misma cantaleta, ni pegados en las viejas consignas que ya están tan pasados de moda. Todos queremos poder experimentar en esta vida la verdadera felicidad, la cual pasa por amarnos y comprendernos tal cual cada uno es, partiendo por las diferencias sexuales que tanto nos marcan, gracias a Dios.

Ojalá llegue un día en que los colegios enseñen a nuestros hijos desde que entran la enorme riqueza que hay en la diversidad de la modalidad de cada ser.

M. Beatriz Letelier

Para mayor información visita: http://www.mundoschoenstatt.cl

Mujer ... hoy

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A propósito de los debates y las candidaturas femeninas, surge hoy que las ideas de “detrás de un gran hombre hay una gran mujer” o de la “mujer detrás del trono” forman parte del pasado, y han dado paso a la salida de la mujer por necesidad, o por deseo de realización profesional, al ámbito público, codo a codo con el hombre, compitiendo con armas y propuestas que se asimilan a las masculinas. Cabe preguntarse, si esta necesidad de éxito profesional que se manifiesta en muchas mujeres, surge en contraposición a la falta de reconocimiento y falta de apoyo económico que ha tenido la callada labor de la esposa que cuida el hogar o la de la madre que atiende hijos y familia en sus necesidades espirituales y materiales.

Las invito a reflexionar y a darnos su opinión:

•¿Siente hoy la mujer, que es en el espacio público dónde debe colaborar a la construcción de la sociedad?

• ¿Es posible dar a este espacio una inflexión femenina, limando las asperezas del mundo masculino?.

• Para el éxito de un gran proyecto, que es el proyecto país. ¿Es posible atender los cargos públicos a la vez de esos detalles mínimos y delicados de la labor de madre y esposa y que son los cimientos de este proyecto?.

• Estos nuevos retos, ¿caen dentro del natural ser de la mujer? ¿Es posible que abordándolos logre mayor estabilidad emocional y sea más feliz?

Autor: María Angélica Olavarría

La Felicidad II

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"Todo los hombres quieren ser felices. La historia de la humanidad es la larga y penosa aventura de los hombres en busca de la felicidad. Pero esta no se deja agarrar fácilmente. En el instante mismo en que el hombre cree haberla conquistado, ve su término; la ve morir entre sus manos y ya sueña con poseer otra.

Estás hecho para la felicidad y ese llamado es la invitación de Dios que te llega desde lo hondo de la eternidad. Si quieres, serás feliz, pues Dios no sembraría si no quisiera la cosecha. El camino de tu felicidad no parte de las personas para llegar a ti, parte siempre de ti para ir a los otros".

Michel Quoist

cuerpo_JPII.jpgVATICANO, 03 Abr. 05 (ACI).- La Santa Sede confirmó hoy que los restos del Papa Juan Pablo II llegarán el lunes a las 5 de la tarde a la Basílica de San Pedro para recibir el homenaje de miles o quizá millones de peregrinos de todo el mundo.

En un comunicado oficial, el Vaticano informó que están en desarrollo los procedimientos previstos por la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis escrita por Juan Pablo II.

Asimismo, se informó que esta mañana a las 9:30 horas, se realizó la “constatación de la muerte” a cargo del Cardenal Camarlengo, Eduardo Martínez Somalo, y que el Canciller Secretario de la Cámara Apostólica, Enrico Serafín, ha redactado el acta auténtica de muerte, que ha anexado al certificado médico del Dr. Renato Buzzonetti.

A las 12:30 horas comenzó la exposición del cuerpo en el Palacio Apostólico, con una celebración presidida por el Cardenal Camarlengo. Así comenzaron las visitas “al cuerpo de Juan Pablo II expuesto en la Sala Clementina para el obsequio y la oración de los miembros de la Curia Romana, de las autoridades y del Cuerpo Diplomático. Las visitas terminarán a las 16.00 horas de hoy”.

Finalmente, el Vaticano confirmó que el cuerpo llegará a la Basílica Vaticana mañana lunes. “La hora del traslado será decidida por la primera Congregación de los Cardenales, que se tendrá mañana 4 de abril, a las 10.30 horas en la Sala Bologna. Se prevé, como anticipado, que el traslado será hacia las 17.00”, informó el texto.

Mañana y el día de las exequias del Santo Padre, los Museos Vaticanos y las otras Oficinas del Gobernatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano permanecerán cerrados en señal de luto.

Más noticias en (ACI)

Acción de Gracias por S.S. El Papa Juan Pablo II

Misa_03_de_abril_por_JP_II_7.JPGMientras los apóstoles permanecían con las puertas cerradas, por miedo a los que habían dado muerte a su Maestro Y Señor, entró Jesús y se puso en medio de ellos, deseándoles la paz.

Así llegó el Santo Padre Juan Pablo II a nuestro país, trayéndonos la presencia de Cristo. También nuestras puertas estaban cerradas. Y cerradas estaban las puertas de la fraternidad en un mundo marcado por la guerra fría, como también cerradas las ventanas de la libertad y de la trascendencia en innumerables países oprimidos por ideologías ateas, como también las puertas de la esperanza en países olvidados, sumidos en la pobreza, la enfermedad y el hambre. Nosotros lo recibimos, con la alegría de acogerlo como “mensajero de la vida y peregrino de la paz”. Una canción de bienvenida que nunca olvidó, porque el acogimiento que le dio Chile, le recordaba el cariño con que lo recibía en cada visita su propia patria.

Mientras daba sus últimos pasos de peregrino, lleno de esperanza, hacia la patria de la vida y de la paz, todos nosotros lo acompañábamos con mucha gratitud e indecible dolor. Y día a día hemos estado junto a él. Sufríamos con él, pero nuestras lágrimas no eran sólo el desahogo de un profundo dolor; también eran expresión del recuerdo emocionado, ya que confluía su paso a la Patria eterna, con su paso por Chile. En efecto, día a día seguíamos también sus huellas por nuestra patria. No podíamos olvidar que hace 18 años, precisamente un primero de abril, pisó nuestra tierra y también la besó, poniendo de manifiesto su aprecio por nuestra historia y por los anhelos de paz, de libertad y de vida que latían entre nosotros, conforme a nuestra dignidad de hijos de Dios.

Hace 18 años, a estas horas, todavía vibraban sus palabras a los jóvenes en el Estadio Nacional, que habían acogido su mensaje vigoroso que los invitaba a levantarse, a resucitar, y a mirar el rostro de Cristo. Y ese tres de abril, peregrinó al Santuario de la Virgen del Carmen en Maipú, tierra de encuentro y de misericordia, para alentar en las religiosas su vida contemplativa y de servicio, impulsada por el amor y la audacia del Evangelio. Después de coronar la imagen de la Sma. Virgen, reconociendo el poder de su bondad, junto al Señor Jesús, Rey de Universo, les habló a los campesinos de la zona central. Y desde allí acudió al Hogar de Cristo, a visitar a los enfermos. Junto con pedirles que fueran en su debilidad y con su oración una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad, le rogó a Dios que siguiera suscitando apóstoles de la talla del P. Alberto Hurtado. Poco después ingresaba a la Universidad Católica, para animar las aportaciones del mundo de la cultura y de los constructores de la sociedad. A ellos les pidió ensanchar y consolidar una cultura de solidaridad, como asimismo profundizar nuestra identidad cultural, proyectándola hacia el futuro. Y ese mismo día pronunció su célebre discurso en la Sede de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, urgiendo a los economistas a descubrir en las cifras del subdesarrollo el rostro viviente y doloroso de cada persona, porque es “el hombre, todo el hombre, cada hombre en su ser único e irrepetible, creado y redimido por Dios, el que se asoma … tras la generalidad de las estadísticas”. A ellos los urgía, diciéndoles: “¡los pobres no pueden esperar!”. Ese mismo día, entregó su mensaje a los diplomáticos, se reunió con la comunidad polaca, y invitó a un grupo de políticos, de muy variadas tendencias, a la colaboración y el diálogo en aras del bien común, rechazando toda violencia. Y como si lo anterior fuera poco ese mismo 3 de abril, que recordamos como una bendición de Dios para nuestra patria, celebró en el parque O´Higgins la Eucaristía de la Reconciliación, en la que experimentamos al mismo tiempo la cercanía del cielo, cuando Jesucristo actualizaba su alianza de paz, y el Papa beatificaba a nuestra primera santa, Teresita de los Andes, como también experimentamos la fuerza del mal. Pero esa misa y la convivencia entre nosotros no quedó marcada por la violencia, sino por su grito de esperanza en medio del desconcierto: ¡el amor es más fuerte!

Sus palabras constituyeron un mensaje potente, lleno de verdad y de vida. Era un mensaje liberador, que despertaba nuestra esperanza. Ese día 3 de abril nos alentó a ser artesanos de la paz, de la democracia y de la reconciliación, y a trabajar por la solidaridad, a partir de los valores de nuestra cultura, que había acogido el mensaje del Evangelio. Nos propuso contemplar el rostro de Jesús, y servir a los más pobres y marginados, que no pueden esperar. Nos invitó a hacer fructificar nuestra cultura ante los nuevos desafíos. Y puso ante nuestros ojos la fidelidad y la maternidad de la Virgen del Carmen, la alegría y la familiaridad con Cristo de Teresita, como también la figura del P. Hurtado, a quien llamó hijo preclaro de la Iglesia y de Chile.

Pero la emoción y la gratitud que late entre nosotros no se explica tan sólo por sus palabras, por sus mensajes. Había algo más profundo en él, que tocaba lo más hondo de nuestro ser, que nos llena de emoción y de gratitud, y que nos ha hecho orar y llorar por su partida.

Es cierto, era un gran comunicador. Pero no un vendedor de proyectos e ilusiones. Con mucha sinceridad y cercanía, nos hablaba al corazón, despertaba nuestra esperanza, nos hacía creer en Chile, y en nuestra propia vocación al amor y al servicio. Jesucristo, cuando nos habló en parábolas, nos dijo que el Buen Pastor llama a las suyas por su nombre. Las llama desde su vocación más profunda, que siempre es una vocación a la verdad, a la paz, a la bondad y al amor, que siempre es vocación a la amistad con Dios y con los hermanos, a la reconciliación y el perdón, a la plenitud y la felicidad, que es siempre vocación de cielo. Lo repetía Juan Pablo II incansablemente y así lo sentíamos en sus palabras y en el trato que nos daba: quería para nosotros una vida conforme a nuestra dignidad de hijos de Dios. Y por eso ponía todo de su parte para que saliéramos de la miseria, de la enemistad, de las guerras, de la opresión, de la esclavitud de poner nuestras aspiraciones sólo en los bienes materiales, olvidando los bienes de arriba, los que Cristo nos conquistó al amarnos hasta el extremo de dar su vida por nosotros, y de convertirnos en sus amigos, para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. En él, en su preocupación por todo lo nuestro, tuvimos una experiencia extraordinaria: el Evangelio es una vida llena de alegría – se nos relata que uno de los últimos mensajes suyos antes de morir, fue decir a sus colaboradores más cercanos: “soy feliz, sedlo también vosotros” -, el Evangelio es una vida llena de amor, de generosidad, de contemplación y de servicio a los hermanos, encontrando en todos ellos, particularmente en los niños, los pobres y los afligidos, el rostro de Jesús.

Pero hay también otra experiencia que nos conmovió. Fue él mismo. Pasó entre nosotros como un hombre de Dios. Nos cautivó la integridad de su vida, la alegría de su rostro, la profundidad de su oración, la cordialidad de sus gestos, la esperanza de sus palabras, la ternura de su cariño, la fuerza de su voz, cada vez que nos mostraba el camino y nos pedía dejar los caminos que no conducen ni a la vida ni al bien, también la convicción de su apoyo a los Obispos, como evangelizadores de esperanza y reconciliación. Admiramos su donación permanente, su respeto a todos, su amistad con Jesucristo, su admiración por los santos, su cercanía a innumerables líderes religiosos, buscando la unidad y la paz, su capacidad de diálogo con quienes disentía, su valentía ante los poderosos, su preocupación por los más débiles, por las vidas indefensas antes del nacimiento, por los encarcelados, por los condenados a muerte, para salvar sus vidas. Nos maravilló su amor a la verdad, la que salía de su mente y de su corazón como un agua refrescante, también cuando denunciaba males y proponía caminos de comunión y de santidad.

A los discípulos de Cristo en Antioquia, porque lo reflejaban a él, comenzaron a llamarlos “cristianos”. Por eso se decían entre ellos: “viste al hermano, viste a Cristo”. Con mucha razón, gente de nuestro pueblo, al ser entrevistada en estos días, confidenciaba: “Al verlo a él, me encontré con Cristo, tuvo la experiencia de Cristo, recorriendo los caminos de nuestra patria. Pasaba entre nosotros, como se dice de Jesús, sólo haciendo el bien”.

“Hemos visto al Señor”. Con estas palabras, los apóstoles que estaban en la sala cuando Jesús entró estando las puertas cerradas, trataron de convencer a Tomás para que creyera. Pero era demasiado grande su pena y su desconfianza. No lograba creer en la resurrección de Cristo. No lograba resucitar su esperanza. Él necesitaba, personalmente, un encuentro con Jesús. El Señor, que es misericordioso, llegó hasta él, y entró en las puertas cerradas por su falta de fe, su nostalgia y su desconfianza. Entró, deseando la paz. Y le presentó a Tomás, personalmente, los signos de su pasión. Ahí estaban las huellas de los clavos en sus manos, y de la lanza en su costado. Pero las llagas ya no sangraban. Estaban transfiguradas. Y esta señal de la resurrección de Cristo se da también en nuestro dolor. Las llagas pueden estar traspasadas por el amor, por la confianza en el Padre y por el amor a los hermanos; pueden tener algo de la transparencia y la intimidad con Jesús. Fue su último mensaje. Quiso el Papa ser discípulo de Jesús, llevando su propia cruz hasta el final. Ni el domingo ni el miércoles pudo hablarnos con palabras, pero nos habló con la elocuencia de quien alienta con su testimonio, con su paso a la contemplación del rostro de Cristo, como familiar de Dios, llevando la cruz del Señor. Nos ha confiado la sabiduría de asumir la nuestra – el dolor de la enfermedad, la incomunicación y la ancianidad - como cruz que purifica y nos acerca a nuestro Señor. Su última palabra la pronunció con la elocuencia del amor, del sufrimiento y de la esperanza.

Concluyamos nuestra acción de gracias. Dios nos ha visitado en la persona de un padre, un pastor, un profeta, un sacerdote, un maestro, un hermano y un amigo; amigo nuestro y amigo de Jesús. Aprendió a amarlo, desde el corazón de la Sma. Virgen. Todo tuyo le decía cada vez que daba un nuevo paso en su vida; se lo decía cada día.

En este domingo, fiesta de la Misericordia de Dios, cuando nuestros cuasimodistas acompañan al Señor de la misericordia para que sea acogido por los enfermos, al término de su cabalgata hacia la gloria, así lo esperamos, el cielo espera y acoge con inmensa alegría a nuestro Papa Juan Pablo II.

Y nosotros, desde esta plaza, que nos recuerda la historia de nuestra república, y en la cual se cruzan los caminos de la patria, lo despedimos con inmensa gratitud. Nuestro corazón nos dice emocionado que ha partido, pero que no podremos olvidarlo. Ha escrito páginas decisivas de nuestra historia, porque su amor fue más fuerte. Páginas, que queremos seguir escribiendo con él y con su Señor y nuestro Señor, porque también en nuestra vida, en camino al Bicentenario, el amor quiere ser más fuerte.

Amén.

† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago


"Mi carácter impulsivo, cuando era niño, me hacía reventar en cólera a la menor provocación. La mayoría de las veces después de uno de estos incidentes, me sentía avergonzado y me esforzaba por consolar a quien había dañado.

Un día mi maestro, que me vio dando excusas después de una explosión de ira, me llevó al salón, me entregó una hoja de papel y me dijo: ¡Estrújalo!

Asombrado, obedecí, e hice una bolita.

Ahora -volvió a decirme- déjalo como estaba antes. Por supuesto que no pude dejarlo como estaba. Por más que traté, el papel quedo llenó de pliegues y arrugas.

"El corazón de las personas -me dijo- es como ese papel... La impresión que en ellos dejas, será tan difícil de borrar como esas arrugas y esos pliegues".

Así aprendí a ser más comprensivo y paciente.

Cuando siento ganas de estallar, recuerdo ese papel arrugado.

La impresión que dejamos en los demás es imposible de borrar. Más aún cuando lastimamos con nuestras reacciones o con nuestras palabras. Luego queremos enmendar el error, pero ya es tarde.

Habla cuando tus palabras sean tan dulces como el silencio. Ésa es la lección que aprendí".

 

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