Archivos Noviembre 2005

Roberto Méndez

El último censo, realizado hace sólo tres años, incluyó una pregunta sobre religión, tal como se ha hecho habitualmente. La pregunta utilizada es simple, pero categórica: "¿Qué religión profesa usted?". Es decir, no se trata de una pregunta vaga referida a simpatía o cercanía; se trata de algo más: el término utilizado es "profesar". Un verbo duro, que habla de una creencia fuerte, para algunos con connotaciones heroicas. Pues bien, enfrentados a tal interrogante, 70 de cada 100 personas optaron por marcar la opción "católico". Nada menos que una confesión pública (el censo es un documento público) de tantos chilenos que dicen adherir a la religión de Jesucristo y a su Iglesia. La cifra, si bien algo inferior al resultado de diez años antes, resultó claramente superior a las expectativas (y temores) de los varios grupos interesados. El resultado es notable, pero convengamos que no sabemos exactamente qué significa. Realmente no sabemos qué quisieron decir los más de 10 millones de compatriotas que optaron por tan masiva profesión de fe.

Esta reflexión me vino a la mente hace algunos días cuando llegó a mis manos un estudio realizado en Chile a personas que se declaran católicas. Más de 600 católicos fueron interrogados sobre diversos temas de carácter controversial dentro de la Iglesia, y los resultados son sorprendentes. Tan sorprendentes, que no cabe sino preguntarse ¿qué significa declararse católico hoy en día? (Se trata de un estudio realizado por Adimark que replica, en nuestra realidad, uno similar sobre los católicos de Estados Unidos realizado en 1992 por Gallup)

Observemos algunas de las inesperadas respuestas de los católicos chilenos: Un 59% aprueba que los sacerdotes puedan contraer matrimonio. Un 60% de los católicos afirma ser partidario que se permita a las mujeres ser ordenadas como sacerdotes. Un 74% aprueba que los divorciados vueltos a casar sean admitidos a la comunión, y un contundente 95% aprueba el uso del condón como medio de prevenir el Sida. Por si esto fuera poco, un 75% dice ser partidario de que los obispos sean elegidos por los sacerdotes y fieles de las diócesis, y un impresionante 95% afirma que las parejas debieran ser libres de escoger el método de control de la natalidad que prefieran.

Tales opiniones, bien sabemos, están en abierta contradicción con lo que es la enseñanza de la jerarquía eclesiástica en Chile y en el mundo. Y eso, me imagino, lo saben también estas personas que se definen como católicos. La sorpresa, me parece, y la clave, no es tanto el tipo de creencias que estas personas manifiestan; lo inesperado es ¿por qué insisten en declararse católicos?

Podríamos hacer una muy negra lectura de estos datos en lo que se refiere al futuro de la Iglesia chilena. Es el fin, podríamos decir, puesto que tantos se han apartado de la enseñanza de sus pastores. Pero, debo confesar, personalmente lo leo en forma positiva. No se trata de una catástrofe; al contrario, es un resultado que devela vitalidad, energía, que nos habla de una Iglesia que está viva.

Es la libertad, de nuevo la libertad, que penetra también en la Iglesia. Lo que observamos, creo, son los hijos que se enfrentan, pero no reniegan de su padre y menos de su madre. Es como el adolescente que se rebela, pero que no se aleja del techo que lo cobija. Por eso, lo que parecen decirnos tantos es algo como "pienso diametralmente distinto a mi madre, pero si me lo preguntan, confieso mi identidad con ella, incluso mi amor. Porque no son incompatibles".

No será fácil la modernidad. ¿Cómo conciliaremos estos espíritus libres con la tradición patriarcal de la Iglesia romana? Es la pregunta que nos hacemos muchos, y cuando vemos resultados como el que comento, la sensación es de urgencia. Me imagino que para algunos, la sensación será de angustia. Pero quizás, la respuesta es más profunda y esperanzadora de lo que imaginamos: lo verdaderamente central en el mensaje de Cristo no pasa por ninguna de estas interrogantes.

Roberto Méndez.

Fuente: El Mercurio



La madre es el primer artífice de la historia del hombre. Su influencia es fundamental en la vida familiar, económica social y cívica.

Responsable junto con el padre de la procreación, la madre ejerce con él, en el seno de la familia, una acción educativa decisiva. La influencia de la madre sobre la familia se proyecta en la ciudad, la vida nacional e internacional. Sus dones particulares de mujer , implican un aporte basico sobre el plano cultural, económico social y civil.

Ella funda las bases mismas de los valores espirituales y morales de toda civilización. Estas realidades inscriptas en la esencia profunda del ser humano, definen la misión de la madre en la familia, así como la misión irremplazable de la familia en la sociedad.

Desde esta óptica fundamental, las normas de acción del MMM (Movimiento Mundial de Madres) son las siguientes:

- Igual al hombre, en su calidad de persona, la mujer debe ser libre en la elección de su vida y decidir sobre su propio matrimonio. Ella debe tener la posibilidad de desarrollarse de manera integral, con el respeto absoluto de su personalidad, dentro del marco de su vida conyugal y en la maternidad.

- La organización de la vida familiar y social, al igual que toda la educación que prepare a las mismas, debe tener en cuenta esta igualdad esencial entre el hombre y la mujer, así como las diferencias específicas correspondientes a sus vocaciones complementarias.

- La unión de los esposos en su matrimonio y la fecundidad de esta unión son decisiones de indole privada segun su propia conciensa, sin que puedan ser objeto de imposiciones o de impedimentos de parte de las leyes, de instituciones políticas o de la organización económica.

- La madre encuentra en y por la familia legítima y estable el medio propicio para asegurar su felicidad, la de su marido y la de sus hijos. Esto permite la conservación del patrimonio cultural familiar que se inscribe de este modo, en el marco de una solidaridad fraterna entre los pueblos.

- Es generalmente en la familia y en pricipio a través de la madre, que los hijos reciben la educación a libertad y aprenden las responsabilidades inherentes a su vida personal, familial y social. Los organismos privados o públicos deben prolongar y complementar -no reemplazar- la educación dada por la familia.

- Es en función de estos compromisos asumidos frente a su esposo e hijos, que la madre debe poder eligir libremente su actividades ya sean profesional es o de otra indole con independencia de toda presión y condicionamiento económico y social.

En consecuencia, es indispensable promover en los diferentes países de la comunidad mundial, el reconocimiento concreto, ya sea en la opinión pública, en las leyes vigentes y por intermedio de las instituciones, de la misión de la Madre en el mundo.

Para mayor información sobre MMM visita: Movimiento Mundial de Madres

Movimiento Mundial de Madres - Chile
Nombre: Elizabeth Bunster Ch.
E-Mail: ebunster@rdc.cl
Cargo: Presidenta

Dirección: Av. Las Condes 9792 Of. 503.
Teléfono: 56-2- 371 3967
Fax: 56-2-371 3967
Comuna: Las Condes

Jorge Costadoat S.J.
Bachiller en Filosofía y Doctor en Teología dogmáticia.


san_alberto_hurtado.jpg La próxima canonización del Padre Alberto Hurtado en Octubre del 2005 es una oportunidad para conocer algo más de su espiritualidad caracterizada por su perfil humanista ligado a la suerte de la persona en la sociedad en que vivimos.

La regla de oro de la vida religiosa y moral de los cristianos
consiste en preguntarse, en toda circunstancia, "¿qué haría Cristo en mi lugar"?

Cristo hizo de Alberto Hurtado un cristiano, un católico y un jesuita cuyo perfil humano más notable fue el de un "místico social". El caso de Alberto Hurtado es el de un cristiano auténtico, cuya experiencia mística de Dios en Cristo, en vez de ofrecerle el éxtasis en la soledad de la oración, lo encarna en el mundo conflictivo que le tocó vivir para amar aquel mundo y redimirlo.

Tradición espiritual

El P. Hurtado no "inventó la pólvora". El recibió su identidad de la tradición espiritual que lo formó como cristiano, católico y jesuita.

El cristianismo

alberto_hurtado2.jpgComo para Jesús, para Alberto Hurtado lo más importante es "hacer la voluntad de Dios". Y, Jesús mismo, es el paradigma de esta obediencia a Dios: "Aquí está la clave: crecer en Cristo... Viviendo la vida de Cristo, imitando a Cristo, siendo como Cristo".

Pero, ¿qué Cristo? En una época en que se acostumbraba predicar a los pobres el Cristo paciente del cual ellos debían obtener resignación, el P. Hurtado anunció al Cristo del reino y de la acción, el Cristo que moviliza a cambiar la suerte de los que la sociedad, y no Dios, ha hecho miserables.

Por otra parte, en contra de una catequesis teorizante de los muchos misterios de la vida del Señor, Alberto Hurtado urge personalizar el conocimiento de Cristo. Sigue en esto a San Ignacio que en los Ejercicios Espirituales hace pedir la gracia del "conocimiento interno de Jesucristo para más amarlo y seguirlo".

La Iglesia Católica

Sus escritos nos hablan, además, de una noción de Cristo inseparable de su Iglesia. En su experiencia ministerial sobresalió por su colaboración con la Iglesia local.

alberto_hurtado1.jpgAlberto Hurtado encontró en la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo la fuente de su inspiración. La idea de que la Iglesia anticipa la pertenencia de todos los seres humanos a aquel Cuerpo cuya cabeza es Cristo, la extrae el P. Hurtado de la convicción de que en la encarnación el Verbo divino se ha unido mística y amorosamente con el género humano, para hacer de cada una de las criaturas un hijo de Dios, y así divinizarlas.

El P. Hurtado fue un católico de avanzada. Probablemente todavía nos lleva la delantera como apóstol de la Doctrina Social de la Iglesia. Si hoy muchos ignoran esta enseñanza, en ese entonces su proclamación producía acerbas resistencias. En las encíclicas sociales fundamentó sus reflexiones sobre la propiedad, el trabajo de los obreros y la necesidad de reformas estructurales de la sociedad chilena.

Al P. Hurtado le dolía la situación del catolicismo en su patria. Ello le llevó a escribir ¿Es Chile un país católico? En esta obra lamentó la profunda ignorancia sobre la fe del pueblo cristiano y la falta de sacerdotes para educarlo. En Humanismo Social insistió en "la tremenda crisis de valores morales y religiosos por que atraviesa nuestra patria". Advertía que la educación religiosa no sirve, si no se enseña la religión del amor al Padre y a nuestros hermanos los hombres. Criticaba la frivolidad e incoherencia de muchos católicos pudientes, a los que llama cristianos "solamente de nombre". A consecuencia de la injusticia de los malos cristianos concluía que "la gran amargura que nuestra época trae a la Iglesia es el alejamiento de los pobres, a quienes Cristo vino a evangelizar de preferencia".

Con los años su concepción de la Iglesia parece haber recuperado su humildad histórica más característica. Siguiendo a Bossuet, decía: "La Iglesia (es una) ciudad edificada para los pobres; es la ciudad de los pobres. Los ricos (son) sólo tolerados...". Afirmaba aún: "La Iglesia es Iglesia de pobres y en sus comienzos los ricos al ser recibidos en ella se despojaban de sus bienes y los ponían a los pies de los Apóstoles para entrar en la Iglesia de los pobres".

La espiritualidad ignaciana

Cualquier miembro de la Compañía de Jesús podría imaginar al mismo San Ignacio ocupándose de lo que al Padre Hurtado desvelaba. Los Ejercicios Espirituales ignacianos son, por cierto, la matriz teológica y espiritual más determinante de su santidad. Como hijo de San Ignacio, procuró en su vida "poner a la criatura con su Creador". Toda su predicación, toda su actividad, son fruto de estos ejercicios: su deseo de la mayor gloria de Dios expresado en la búsqueda de su voluntad; su amor a Jesucristo y sus ansias de ser otro Cristo; la pasión por la salvación de los hombres de carne y hueso, y no sólo de sus almas; su apertura a las inspiraciones nuevas del Espíritu; su devoción a María; su "sentir en la Iglesia", su fidelidad a los pastores y a los laicos; su conciencia de pecado y su deseo de la santidad; su mortificación, su humildad y su alegría; la fortaleza de su voluntad y su paz interior. Tantas otras características de su modo de seguir a Jesucristo el Padre Hurtado las hizo suyas gracias a Ejercicios Espirituales, particularmente, y a la espiritualidad ignaciana en general.

Nadie duda que Alberto Hurtado fuera un hombre de oración. En especial, buscó cultivar una oración afectiva y amorosa con su Señor. Pero lo propio y distintivo suyo, es haber hecho de todo su apostolado su oración. Con sus propias palabras nos advierte: "adoración sobre todo en la acción (brevemente en la oración)", pues "nuestro fin es la mayor gloria de Dios por la acción, i.e., hacer aquellas obras que sean de mayor gloria de Dios". Esto, sin embargo, no significa que cualquiera acción es contemplación: "nuestra obras deben proceder del amor de Dios y deben tender a unir más estrechamente las almas con Dios. Las obras que no realicen directa o indirectamente este fin no son jesuitas"

Alberto Hurtado se supo jesuita y amó a la Compañía de Jesús como pocos. En carta a su gran amigo y Provincial, el P. Álvaro Lavín, le dice: "Creo que si alguna vez debiera dar Ejercicios a los nuestros sería una plática consagrada a 'sentirnos de la Compañía'; esto es a no considerar la Compañía como algo extrínseco a nosotros, de lo cual uno se queja o se alegra, sino como algo que formamos parte íntima: una especie de Cuerpo Místico en pequeño. Esta idea yo la creo y la vivo a fondo...".

Originalidad espiritual

La experiencia cristiana de Dios no se agota en la recepción de la tradición espiritual que la comunica. El Espíritu Santo nos hace contemporáneos a Cristo y, en la medida que seguimos a Cristo con la creatividad que nos sugiere el mismo Espíritu, los cristianos incrementamos la tradición recibida. Bajo el impulso del Espíritu, el P. Hurtado combinó su identidad cristiana, católica y jesuítica con originalidad. Si es posible resumir en qué consistió esta originalidad suya, hay que decir que el P. Hurtado fue un "místico social". Álvaro Lavín ha dicho: "Todos los que estuvieron más cerca de él, lo acompañaron y mejor lo conocieron en su breve, pero intenso apostolado, están de acuerdo en afirmar que esta vocación especial fue la social".

La "mística social" del P. Hurtado apunta a la transformación de la sociedad en su conjunto, como expresión de amor a Cristo-prójimo. Se distinguen dos aspectos en la "mística social" del P. Hurtado: la "mística del prójimo" y la "utopía social"; dos aspectos que se exigen recíprocamente.

La "mística del prójimo"

Todo místico cristiano halla a Dios en Cristo y a Cristo en el prójimo. A Alberto Hurtado, es el amor a Dios en Cristo lo que lo lleva a hacerse cargo del prójimo. Somos Cristo unos para otros. Podemos decir que el compromiso ético-activo, que podemos llamar el "ser Cristo para el prójimo", deriva su razón de ser de la experiencia mística-pasiva de "ver a Cristo en el prójimo", y es inseparable de ella.

La razón última del amor al prójimo es que "el prójimo es Cristo". El prójimo representa a Cristo, desde que Cristo mismo ha querido ser reconocido en él. Para Alberto Hurtado, Cristo vive en el prójimo, pero especialmente en el pobre: "Tanto dolor que remediar: Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos, desalojados de su mísero conventillo... ¡Cristo no tiene hogar!".

A los miembros de la Fraternidad del Hogar de Cristo, les pedía un voto de "obediencia al pobre; sentir sus angustias como propias, no descansando mientras esté en nuestras manos ayudarlos. Desear el contacto con el pobre, sentir dolor de no ver a un pobre que representa para nosotros a Cristo".

El aspecto activo, ético, de esta "mística del prójimo", es distinguible pero no separable del aspecto pasivo, contemplativo, ya que consiste en ser "cristo" para otros "cristos". Para el P. Hurtado, el cristiano es "otro Cristo", viviendo según el Espíritu de Cristo,poseyendo el criterio de Cristo, siguiéndolo en pobreza y cargando su cruz.

La regla de oro de la vida religiosa y moral de los cristianos consiste en preguntarse, en toda circunstancia, "¿qué haría Cristo en mi lugar"?. Decía: "...supuesta la gracia santificante, que mi actuación externa sea la de Cristo, no la que tuvo, sino la que tendría si estuviese en mi lugar. Hacer yo lo que pienso ante Él, iluminado por su Espíritu que haría Cristo en mi lugar...".

Al centro de la espiritualidad del P. Hurtado, la visión de Cristo en el pobre de acuerdo al mandato evangélico del mismo Jesús (Mt 25, 31-46), constituye la experiencia fundante del compromiso activo de caridad y de justicia suya propia y de los verdaderos cristianos a favor de los pobres.

Por todo esto, el P. Hurtado se indigna contra los malos católicos, "los más violentos agitadores sociales". Según él, el cristianismo burgués de estos, una especie de "paganismo disfrazado de cristianismo", es "una de las causas más profundas de la apostasía de las masas". Por el contrario, si "el gran pecado del mundo moderno fue no haber querido a un Cristo Social", Alberto Hurtado alaba el propósito de la JOC de querer "abolir este pecado".

La utopía social

La "mística social" del P. Hurtado ansía cambiar las estructuras de la sociedad a partir de un cambio interior en los cristianos, y viceversa.

El concepto que mejor expresa su utopía cristiana es el de Orden social cristiano. Éste aterriza el Reino de Dios del Evangelio. Como el Reino, ya está en gestación "entre sacudimientos y conflictos".

El orden social existente, según el P. Hurtado, "tiene poco de cristiano". Es imperativo cambiarlo. "El orden social actual no responde al plan de la Providencia". No puede ser "orden" la conservación del statu quo; el "'orden económico' implica gravísimo desorden".

El Orden social cristiano no puede ser impuesto a la fuerza. Debe consistir en un "equilibrio interior que se realiza por el cumplimiento de la justicia y de la caridad". Estas son las dos virtudes fundamentales que estructuran la sociedad humana. El P. Hurtado combate la ilusión de quienes se vanaglorian de su benevolencia, saltándose las obligaciones de justicia: "la caridad verdadera comienza donde termina la justicia". Por ello, fustiga a quienes "están dispuestos a dar limosnas, pero no a pagar el salario justo".

La construcción de este orden exige como condición la reforma espiritual de acuerdo al modelo de Cristo. Pero, por otra parte, la misma santificación no tendrá lugar a menos que se efectúe "una profunda reforma social". Dirá: "Esta reforma (de estructuras) es uno de los problemas más importantes de nuestro tiempo. Sin ella la reforma de conciencia que es el problema más importante es imposible".

Hay otra expresión que el P. Hurtado utiliza para designar su utopía social. Esta es, la de "cristianismo integral": la necesidad de una fe en Cristo manifestada en todos los aspectos de la vida. Es imposible ser exhaustivo para enumerar las áreas y ángulos de la vida humana, que el P. Hurtado quiere evangelizar en una perspectiva social. Baste recordar su preocupación por la educación, la alimentación, la salud, la vivienda, el trabajo, la empresa, los salarios, la familia, la propiedad, las clases sociales. Está atento a lo nacional e internacional. De todos espera su contribución propia y responsable, de acuerdo a su oficio o profesión; los desafía a pasar a la acción. Así como ausculta los signos de los tiempos, se interesa por el gesto cristiano pequeño: urge ponerse en el punto de vista ajeno o alegrarle la vida a los demás.

Por ser social, su mística es auténticamente cristiana. La espiritualidad del Padre Hurtado es Cristo; su santidad, el Cristo que a través de su Espíritu lo movió a él y mediante él a otros, a convertir este mundo malherido en el reino de Dios.

(*) Publicado en el libro del autor "Si tuviera que educar un hijo. Ideas para transmitir la humanidad. Ediciones Ignacianas. Santiago de Chile. 2004.

Gentileza de www.compartiendo.cl

 

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