¿Libertad de ofender?

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Si las cosas siguen como van, veremos cosas peores. Es lo único que podemos asegurar ante la espiral de violencia que han desatado unas cuantas caricaturas danesas que los musulmanes de varios países han considerado inaceptables. La ofensa a su creencia ha encajado en medio de una “guerra de civilizaciones” que parece estar subiendo de tono. En tiempos no tan remotos, países enteros se desangraron por ofensas menores. No hay que remontarse mucho para recordar con horror el incendio de todas las Iglesias de Barcelona en plena República española y los más de siete mil sacerdotes y religiosas fusilados unos años después en la guerra civil. Hay que dejar constancia que en ese caso, los musulmanes nada tuvieron que ver. El caso es, sin duda paradójico. No fueron fanáticos religiosos, sino por el contrario, fanáticos antirreligiosos.

El último libro de Umberto Eco, del que acabamos de tomar nota en la crítica literaria habla sobre el regreso o retroceso de la humanidad desde la guerra fría a la caliente y desde la tolerancia a la intolerancia. El reconocido pensador pareciera recoger una constante que muchos ya vienen vislumbrando. En lugar del progresismo, lo que le acontece al mundo postmoderno es más bien un regresismo.

El Islam está invadiendo a Occidente por muchas rutas, pero esta invasión no es con grandes desplazamientos de tropas a caballo y con el pendón de la Media Luna al viento, sino con la penetración silenciosa de millones de inmigrantes que van ocupando el lugar dejado por culturas que se adormecen entre el lujo, el despilfarro y la sensualidad, dejando de tener hijos y eutanasiando a los ancianos.

Ya no es un tema aislado el que la libertad de prensa sea entendida por algunos como patente de corso para robar el honor y ofender a quien se ponga por delante. Si no lo sabemos bien los cristianos que, día a día, tenemos que soportar no ya caricaturas, sino verdaderas avalanchas de insultos a nuestra propia fe en Dios, la Virgen o los santos. En nuestros antiguos países cristianos somos más vapuleados por el solo hecho de creer o testimoniar nuestra fe, que lo que son ofendidos nuestros hermanos musulmanes por testificar su fe en Alá y en Mahoma, su profeta.

En esta desgraciada guerra, la intolerancia es el común denominador de occidentales y musulmanes. Los primeros apelan a la dictadura de la libertad, mientras los segundos esgrimen la dictadura de la fe. Ambos bandos actúan de forma muy similar. En definitiva, unos y otros son hombres que piensan que sus valores tienen algo de absoluto frente a los valores del otro. Para el caricaturista danés, su libertad de expresión es el valor que está en juego. Para el musulmán herido en sus sentimientos es también su libertad de la expresión de su fe, sin que nadie le reproche o subestime. Ambos tratan de ejercer su derecho a ser respetados. El occidental pide respeto a su voluntad de ofender, el musulmán pide respeto a su derecho a no ser ofendido.

Entendiendo así las cosas, el problema moral que se suscita es el de la libertad. Esta ¿es un derecho absoluto o tiene algún tipo de restricción?

Para los más simples, libertad es “hacer lo que me de la gana, cuando quiera, como quiera y ante cualquier circunstancia”. Para los que miran las cosas con un poco de mayor complejidad, la libertad es el patrimonio del hombre que él mismo regula con su racionalidad y que podría expresarse así: Libertad es la capacidad de hacer lo que debo, porque quiero, sin que nadie pueda impedírmelo. Es decir que la libertad humana está controlada por el bien natural que toda persona debiera perseguir.

Ofender a otro es, naturalmente, un acto de irracionalidad que todos los hombres de todos los tiempos han reconocido como malo. Y por este motivo, no debiera ser considerado como un acto humano digno del hombre.

A diferencia del animal que actúa por instinto y obedece la ley de su propia naturaleza, el hombre actúa de acuerdo a su recta razón. Y esta le dice siempre que ofender a otro no es bueno. Por cierto que ese mismo sujeto es consciente de que puede actuar en contra de la razón, si le vine en gana. ¡Claro que puede!, aunque sabe por su conciencia moral que no debe.

Queda por afinar algo. Hay grados, sin duda, en la ofensa. Es malo moralmente desde matar hasta divertirse a costa de otro. Pero la verdad es que en moral objetiva, lo bueno y lo malo se distinguen solamente por su finalidad. Lo bueno es lo que se adecua a la naturaleza. Lo malo es lo que va contra esa misma naturaleza. El que hace cualquier mal a otro, por pequeño que sea, actúa contra la naturaleza. El que obra siempre bien, ese es el verdadero humano.

¿Libertad de ofender? No, hablemos más bien de libertad de actuar siempre bien. En el caso que comentamos, sin duda que ambos ofensores están actuando mal.

Jesús Ginés Ortega
Universidad Santo Tomás

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