Archivos Enero 2008

Escuchaba una hermosa canción que hablaba de que Dios fuera tanto la entrada como la salida.

Me puse a pensar en lo que significaba y en realidad es hermoso, porque nos recuerda muchas cosas hermosas de nuestro Padre. Porque al ser nuestra entrada y nuestra salida Dios cuidará no solamente lo que nos suceda y "entre" en nuestros corazones, sino también aquello que salga de nosotros.

Y es que pasamos el tiempo siempre pidiendo a Dios, o tristes por aquello que nos hacen o que nos lastima, pero pocas veces pensamos y meditamos en aquellas palabras hirientes o actos que salen de nosotros y pueden hacer daño.

Al guardar nuestra entrada y salida Dios vigila no solamente nuestro futuro sino nuestra espalda, cuidándonos de rencores, tristezas y dolores antiguos que no tiene sentido cargar ya.

Que Dios guarde nuestra entrada y nuestra salida ahora y siempre, y te llene de su paz, su amor y cariño.

Que Dios te bendiga

Colaboración Guillermo Cox

Tantas respuestas como aristas tiene el problemático síndrome de la supermujer. En Estados Unidos, la autora Peggy Downes Baskin entrevistó a varias mujeres ejecutivas de Silicon Valley, y concluyó que la mayoría había postergado su vida familiar para dedicarse completamente a su trabajo.

Esta sería la opción más extendida en Chile, según la opinión de la socióloga Andrea Bagnara: “las mujeres visibilizan que es muy difícil poder conciliar la familia y el trabajo, por lo que postergan la familia, para alcanzar primero logros en sus trayectorias laborales”. Esto se vería en el retraso de la edad de las chilenas para contraer matrimonio que se ha visto en la última década.

Sin embargo, la economista española Nuria Chinchilla tiene una propuesta completamente distinta, que asegura, ha sido probada en la práctica. Ella parte de la base que “la familia afecta a nuestro trabajo de modo distinto, dependiendo de si planteamos la vida familiar como un recurso o como un problema”.

Nuria Chinchilla está empeñada en probar que es posible y mucho más rentable enfocarla como un recurso, para ello hace referencia a encuestas que dicen que la vida familiar equilibra la vida del empleado.

En Chile, un estudio de la Escuela de Administración de la Universidad Católica demostró que las políticas de conciliación de familia y trabajo aplicadas en las empresas aumentan la productividad entre un 11 y un 16%.

Para lograrlo, Chinchilla propone el modelo de “empresa familiarmente responsable”, en el cual es la persona y su rendimiento, y no las horas de presencia, el valor central de la empresa. Es decir, los logros ya no tienen tanto sentido como la calidad del trabajo que puede aportar una persona.

Pero esto no pasa sólo por una política de la empresa, sino también el propio trabajador debe estar atento a los llamados “ladrones de tiempo”, estos son: “no saber delegar”, “no saber decir que no” y “saber abdicar temas importantes”.

También existen “leyes sobre el tiempo” que es bueno tomar en consideración y que son:

- El tiempo que requiere una tarea crece en proporción al número de veces que la hemos interrumpido y reanudado”.
- Programar y/o realizar una tarea larga supone dificultades muy superiores a las que plantea una corta. Esto nos obliga a cerrar tiempos de agenda razonables y realistas.
- No caer en el perfeccionismo. Poner tiempos límites para la realización de tareas susceptibles de mejoras.

Un ejemplo de que esta opción es posible es el que expone Lidia Heller, directora de la Red de Mujeres Latinoamericanas y del Caribe en Gestión de Organizaciones, analizando la situación de las mujeres ejecutivas en Argentina: “un número importante de mujeres que logran llegar al tope son casadas y han tenido hijos desde los inicios de sus carreras. No interrumpieron sus carreras y los problemas con sus parejas se negocian permanentemente, aunque ellas siguen siendo las principales responsables de la organización del hogar, delegando las tareas domésticas y de cuidado de los niños en personal altamente calificado. Una ejecutiva de una empresa petrolera afirmaba: “Yo creo que sin mi trabajo no me sentiría completa, pero sin mi marido y mis hijos no sería feliz; por eso creo que hay que ir equilibrando la balanza todo el tiempo”.

Entonces, ¿se puede tenerlo todo?”. Para Lidia Heller la respuesta es positiva, pero con reparos: “Sí, creo que se puede tenerlo todo, pero no al mismo tiempo y con el mismo grado de exigencia, y esto requiere cambios en las relaciones familiares y sociales. Hasta que no democraticemos los roles domésticos, será muy difícil encontrar el equilibrio”.

Es decir, más allá del esfuerzo propiamente femenino está el trabajo que debe hacerse con las costumbres arraigadas en los hombres. Lidia Heller dice: “Deben hacerse esfuerzos especiales por insistir en la parte de responsabilidad del hombre y promover la participación activa de los hombres en la paternidad responsable, la participación y la contribución al ingreso familiar; la educación de los hijos, la salud y la nutrición: y el reconocimiento y la promoción de que los hijos de ambos sexos tienen igual valor. Las responsabilidades del hombre en la vida familiar deben incluir la educación de los niños desde la más tierna infancia. Es importante considerar que estas cuestiones implican cambios profundos, que van más allá de decidir quién lleva los niños al colegio o se hace cargo de las compras en el supermercado, es averiguar de dónde procede la resistencia al cambio. El trabajo asistencial es costoso. Los hombres son reacios a asumir responsabilidades que reduzcan sus ingresos profesionales, igual que lo son a trabajar en ocupaciones que están peor pagadas que la mayoría de las típicamente masculinas”.

Mujeres que viven alteradas

“En estos últimos años las mujeres cambiamos mucho.
Antes, sólo estábamos obsesionadas
por conseguir un marido.
Ahora además, estamos estresadas
por exigirnos logros profesionales,
trastornadas por la culpa que nos provoca la maternidad
y desesperadas por combatir la celulitis...!!!”
Maitena, dibujante argentina.


"Luchamos en el trabajo, con los hombres, nuestro cuerpo, los amigos, las madres… toda una serie de cosas que irremediablemente nos alteran y nos llevan a un estado en el que se pasa de la euforia a la depresión profunda en apenas 15 minutos". De esta forma Maitena da la perfecta definición del estado de muchas mujeres en la actualidad, es lo que en el mundo angloparlante llaman “síndrome de la supermujer”, y que en este hemisferio ella ha preferido denominar como “mujeres alteradas”.

En el libro de cinco tomos del mismo nombre, Maitena se ríe del prototipo de mujer que define como “aquella que libra las mismas batallas día tras día y sin descanso”. A nivel internacional, la serie ha superado el millón de ejemplares vendidos.

Todos coinciden en que uno de los puntos que explican este éxito editorial es la identificación que provoca este retrato en viñetas de la mujer contemporánea. Es que este es un problema que ya no afecta sólo a un selecto grupo de mujeres que han ascendido profesionalmente, sino a muchas que se han sumado al ideal de la mujer autosuficiente y capaz de hacer las cosas bien tanto en el trabajo como en la casa.

Supermujeres débiles de salud

Ciertamente es algo muy común que las mujeres nos angustiemos por cualquier cosa, a ello contribuyen incluso las propias hormonas cuando nos encontramos en el periodo premenstrual. Pero esto ya se transforma en algo patológico cuando en todo momento se siente que debe hacerse todo a la vez, y de manera perfecta.

Sue Barton, sicóloga del Departamento de Familia del UC Davis Medical Center de Estados Unidos, explica que, por definición, las “supermujeres” son personas a las que les cuesta delegar responsabilidades, “tienen altos standards y desean que las cosas sean hechas a su manera. Cuando otros hacen el trabajo de otra forma, ellas tienden a enojarse o decepcionarse porque piensan que ellas podrían haberlo hecho mucho mejor”, explica.

El resultado es el sufrimiento continuo al ver que no todo siempre va a salir bien, y que en el camino se sacrifican las propias necesidades por otras que se consideran más altas. Pero también hay consecuencias concretas en la salud, es así como el Consejo de Salud de las Mujeres de Irlanda reconoce que el Síndrome de la Supermujer puede traer perjuicios directos sobre el cuerpo, como debilitamiento del sistema inmunológico; o indirectos, como los provocados por el humo del tabaco que las afectadas fuman para aliviar la tensión.

Por otra parte, el nutricionista Juan Manuel Mancilla Díaz, de la Universidad Nacional Autónoma de México, ha establecido también una relación entre males como la anorexia y la bulimia con el “Síndrome de la Supermujer”. Para el investigador, “la mujer es más sensible a la presión social que significa el síndrome de la supermujer, es decir, ser buena ama de casa, buena esposa, buena madre, trabajadora o estudiante, y, que para tener éxito en todas esas esferas, debe mantenerse esbelta para ser aceptada”.

En Chile, la socióloga de la Universidad Alberto Hurtado, Andrea Bagnara, explica que ya se pueden ver algunas consecuencias de las tensiones que ha provocado la incorporación de la mujer al trabajo como “altos niveles de stress y otro tipo de enfermedades de salud mental en las mujeres”, debido principalmente –explica- a que aún hay un desequilibrio respecto a la repartición de las tareas del hogar.

Factores que lo determinan

Para Gloria Steinem, escritora y feminista norteamericana, los elementos que se mezclan para formar el caldo de cultivo de las “supermujeres” son:
1. Los medios de comunicación: que retratan a mujeres en los trabajos de “cuello blanco”, en que imitan a los hombres, están vestidas para el éxito, y al mismo tiempo crían a niños perfectos, cocinan como verdaderos gourmets, y entretienen maravillosamente a todo el mundo. Ésta se ha convertido en la imagen de una mujer trabajadora para los medios. Las expectativas acerca de las mujeres siguen siendo tanto como una perfecta ama de casa, como la “nueva mujer profesional”.
2. El movimiento feminista: que al promover la igualdad entre los sexos impulsó a las mujeres a que trabajaran y creó buenas oportunidades de trabajo para ellas. Pero al mismo tiempo, las mujeres no han sido relevadas de su trabajo en el hogar, ¿y por qué consienten esto?, es lo que se explica en el punto número 3.
3. Las mujeres han sido socializadas para ser agradables: desde pequeñas se les enseña que deben hacer sentir bien a los demás, aún postergando sus propias necesidades.

En Chile, el sicólogo de la Universidad Alberto Hurtado, José Antonio Román, agrega otros factores propios de nuestra sociedad como “la socialización que tradicionalmente pone en la mujer la responsabilidad del cuidado familiar (esposo incluido). Por eso muchas mujeres sienten culpa por no poder dedicar el tiempo, las energías y otros recursos necesarios al cuidado de los miembros de su familia.”, explica.

Finalmente, la licenciada Lidia Heller, de la Red de Mujeres Latinoamericanas y del Caribe en Gestión de Organizaciones, dice que “la mayoría de las carreras profesionales siguen basadas en las pautas del "modelo masculino": realizar un trabajo profesional, competir con pares, construir reputación, desarrollar una carrera en los primeros tramos de los ciclos vitales (25 a 35 años), minimizar las cuestiones familiares, reuniones extensas.

Las mujeres que se incorporaron a la vida pública, adoptaron ese modelo y esas pautas que no se han modificado, sin relegar ninguna de las restantes actividades: el cuidado de los hijos, enfermos y ancianos, mantener la belleza, ser buenas amantes y además excelentes profesionales, con total exigencia que esto implica.

Autora: Beatriz Zegers Prado
Fuente: Revista Vínculo

La modificación a la ley del Matrimonio Civil, ha puesto en el tapete de la discusión pública el tema de la institución matrimonial y la familia. Sin embargo, los intentos por presentar de modo desfigurado los principios de la moral cristiana matrimonial no son nuevos. Desde hace treinta años, se ha buscado presentar un modelo de pareja que se ha autoproclamado como progresista y moderno. Quienes no estamos de acuerdo hemos sido tildados de anticuados y más recientemente, de fundamentalistas. Es así como se han validado las relaciones con múltiples compañeros y ridiculizado la relación estable, aquella basada en la constitución de un consorcio para toda la vida -que surge del consentimiento mutuo- otorgado en el acto del matrimonio. Este cuestionamiento ha influido profundamente en la manera en como se forman las parejas hoy día y los modos que se adoptan para resolver los conflictos cuando surgen. Se han modificado las normas sociales que durante siglos han determinado el papel del hombre y de la mujer en el matrimonio y con ello, se han suprimido las ayudas orientadoras, haciendo creer que así se alcanza una libertad hipotética, haciendo aparecer como superflua la institución matrimonial.

Lo que no han advertido es que este modelo de ser humano, transforma a hombre y mujer de sujetos en objetos y reduce el contenido del amor a la mera satisfacción placentera, siendo esencialmente egoísta. Refleja además una nueva forma de angustia, la angustia ante el matrimonio.

El término pareja se usa para designar una relación particular entre un hombre y una mujer, donde se aísla el sentimiento amoroso de las influencias externas, del tiempo y de las normas sociales, sobrevalorando la subjetividad afectiva e ignorando la participación de la voluntad libre en los actos humanos. Decimos fulano y mengano son una pareja, cuando ellos no han formalizado su relación, no se han casado, no existiendo un reconocimiento social, ni tampoco un compromiso estable para toda la vida. Quienes son pareja lo juzgan innecesarios, les basta saber que se aman y por tanto, como amantes, son los dueños de su relación, pueden terminarla cuando lo deseen, no le deben cuentas a nadie, reforzándose el individualismo.

Como expresión o manifestación de esta realidad, se ha observado con mayor frecuencia, que lo jóvenes retardan la decisión de casarse o simplemente la postergan indefinidamente. Eligen el cohabitar o convivir como una forma de liberarse de la presión que significa tomar una decisión para toda la vida. El argumento esgrimido es que así se aseguran en la práctica, si son o no capaces de adaptarse mutuamente. Los conflictos entre las parejas se manifiestan de manera distinta; la norma ideal, a la que supuestamente muchos aspiran, es la imagen de una amistad libre, de compañeros emancipados que sólo tiene existencia y duración mientras permite a los interesados su propia realización personal, entretanto permanezca vivo el amor sin obligaciones. Es usual ver que entre ellos se eliminan con miedo y se ocultan con vergŸenza, los sentimientos cariñosos y tiernos, por temor a que el compañero se ría de ellos. Es así que estos pueden ser considerados expresiones de demandas infantiles de afecto, de debilidad, incluso de ingenuidad, pero por sobre todo, su descubrimiento ante el otro, los vuelve vulnerables y necesitados.

El miedo al compromiso les impide a muchos tomar la decisión de casarse o a establecer relaciones de pareja estables y es así como sostienen relaciones afectivas breves, que se interrumpen siempre en el momento en que surgen sentimientos de amor, necesidad de cariño y deseo de amistad duradera. Se tiene temor de caer en una unión tan íntima que los deje expuestos a sufrir a causa del otro. Frente a la angustia de no poder soportar semejante frustración, se anticipan y prefieren terminar la relación. La tendencia a destruir todas las emociones ligadas al amor, conduce finalmente al vacío interior, a la resignación y al sentimiento de falta de sentido de la propia vida.

Finalmente cuando los jóvenes se deciden por el matrimonio, el temor al fracaso los hace precaverse, anticipándose por si acaso las cosas en el futuro no van bien. Pero un compromiso estable como exige el vínculo matrimonial supone superar las aprehensiones y ambivalencias y confiar en la voluntad para resolver los conflictos, cuando existe un amor maduro; para cultivar la gracia sacramental que recibimos cuando damos el sí, para siempre...

Es interesante conocer que la evidencia acumulada en Estados Unidos, sugiere claramente que comparado con el matrimonio, la cohabitación sin compromiso, es un arreglo social inferior. Las parejas que conviven sin planes definitivos para casarse realizan un acuerdo diferente a los matrimonios o parejas que cohabitan con un compromiso. Estos arreglos sólo comparten con el matrimonio la vida sexual activa y la casa o departamento en que se vive, aún cuando la probabilidad de que la relación sea monógama, disminuye, no obstante quienes conviven esperen que la relación sea con exclusividad sexual. Generalmente las mujeres que conviven ocupan una mayor cantidad de tiempo en tareas del hogar que las mujeres casadas y reciben menos compensaciones financieras de parte de su pareja por hacerlo. En el caso de los hombres, se ha visto que el compromiso con la relación es menor; mientras que las mujeres con hijos se sienten inseguras respecto del futuro; los niveles de violencia son más altos, especialmente en aquellas parejas que no tienen compromisos para el futuro y los hijos, nacidos de estas uniones, tienen más dificultades adaptativas. La cohabitación en sí misma parece causar actitudes que limitan el compromiso de largo plazo; dañan el bienestar emocional, de hecho quienes cohabitan reportan sentirse más deprimidos debido a las probabilidades de que su relación termine. Refieren estar menos satisfechos con la vida en general que lo que señalan quienes están casados. Finalmente, se ha visto que distancia a las personas de las instituciones religiosas y sus familias.

No ha de extrañarnos por tanto, el llamado que hace S.S. Juan Pablo II a los jóvenes: ¡No os dejéis arrebatar esta riqueza! No grabéis un contenido deformado, empobrecido y falseado en el proyecto de vuestra vida: el amor "se complace en la verdad". (...) No tengáis miedo del amor, que presenta exigencias precisas al hombre. Estas exigencias -tal como las encontráis en la enseñanza constante de la Iglesia- son capaces de convertir vuestro amor en un amor verdadero. (...) La Iglesia y la humanidad os confían el gran problema del amor sobre el que se basa el matrimonio, la familia; es decir, el futuro. Esperan que sabréis hacerlo renacer, esperan que sabréis hacerlo hermoso, humana y cristianamente. Un amor humana y cristianamente grande, maduro y responsable (Carta apostólica a los jóvenes y a las jóvenes del mundo, Roma, 31/3/1985, párr. Nro. 10).

El tema de esta reflexión nos llama a revisar algo que es muy nuestro: la pedagogía de las vinculaciones. Ella nos enseña que el hombre, para llegar a ser él mismo y para llegar hasta Dios, necesita la mediación del otro. No caben dudas que en nuestra sociedad las expresiones amorosas se encuentran enfermas, cada vez hay más parejas y menos matrimonios, muchos de los que se casan establecen también compromisos provisionales como la ley sobre Matrimonio Civil en discusión, quiere validar. Ante este estado de cosas es bueno preguntarnos ¿cómo estamos viviendo en nuestra vida, esta pedagogía?, ¿cómo han sido los vínculos que hemos establecido con nuestros cónyuges, con nuestros hijos, con Dios?, ¿qué imagen hemos transmitido del vínculo matrimonial a nuestros hijos? ¿cómo hemos incorporado y difundido esta verdad antropológica en nuestro ambiente laboral y en los segmentos de la sociedad en los que participamos? Los schoenstattianos tenemos una misión y quién tiene una misión ha de cumplirla.

(Notimex, 2008-01-03)

depresion.jpgLa depresión es la primera causa de ausencia laboral en el mundo y acompaña a otras enfermedades como cáncer, diabetes, males cardiovasculares, alcoholismo y drogadicción, afirmó Gonzalo Vázquez Palacios, investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

El especialista añadió según un comunicado que 90% de los suicidios en el mundo se asocia a una depresión que nunca se diagnosticó.

Indicó que de acuerdo con estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para 2020 el mal será la primera causa de discapacidad en el mundo, cuando actualmente ocupa el cuarto lugar.

El experto señaló que este padecimiento no es una "situación pasajera que se puede resolver echándole ganas" , sino que requiere de un tratamiento farmacológico que ayude a la persona a recobrar el equilibrio en su funcionamiento cerebral.

Expuso que en la actualidad se buscan nuevos tratamientos con resultados más inmediatos, pues los procedimientos existentes toman entre cuatro y seis semanas, lo que, junto con la intolerancia a los antidepresivos y los ansiolíticos (que padece 40% de los pacientes) , ocasiona el abandono de los tratamientos.

Vázquez Palacios mencionó que la situación se agrava si se considera que el costo de la atención de los enfermos depresivos es más barato que la diabetes o el Sida pero, paradójicamente, sólo la mitad de los pacientes depresivos acude con un especialista, y de ellos sólo 10% recibe tratamiento.

Comentó que de acuerdo con estadísticas de la Secretaría de Salud (SSA) , entre 12 y 20% de la población de entre 18 a 65 años está deprimida o lo estará, por lo que se considera un problema de salud pública.

El especialista de la UAM reconoció que, lamentablemente, muchas personas que padecen depresión no la reconocen como una enfermedad sino como un estado pasajero en el que la persona se siente triste.

Explicó que la depresión mayor o endógena no tiene una causa externa evidente que la origine, pero conlleva cambios en el sistema nervioso, por lo cual es clasificada como enfermedad mental.

Los síntomas más comunes de esa enfermedad, y que perduran cuando menos dos semanas, precisó, son la tristeza, falta de interés por aquellas actividades que antes generaban placer, pensamientos de minusvalía, culpabilidad, muerte, fatiga, dificultad para concentrarse e insomnio.

Fuente: MujerNueva.org

 

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