La angustia ante el matrimonio

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Autora: Beatriz Zegers Prado
Fuente: Revista Vínculo

La modificación a la ley del Matrimonio Civil, ha puesto en el tapete de la discusión pública el tema de la institución matrimonial y la familia. Sin embargo, los intentos por presentar de modo desfigurado los principios de la moral cristiana matrimonial no son nuevos. Desde hace treinta años, se ha buscado presentar un modelo de pareja que se ha autoproclamado como progresista y moderno. Quienes no estamos de acuerdo hemos sido tildados de anticuados y más recientemente, de fundamentalistas. Es así como se han validado las relaciones con múltiples compañeros y ridiculizado la relación estable, aquella basada en la constitución de un consorcio para toda la vida -que surge del consentimiento mutuo- otorgado en el acto del matrimonio. Este cuestionamiento ha influido profundamente en la manera en como se forman las parejas hoy día y los modos que se adoptan para resolver los conflictos cuando surgen. Se han modificado las normas sociales que durante siglos han determinado el papel del hombre y de la mujer en el matrimonio y con ello, se han suprimido las ayudas orientadoras, haciendo creer que así se alcanza una libertad hipotética, haciendo aparecer como superflua la institución matrimonial.

Lo que no han advertido es que este modelo de ser humano, transforma a hombre y mujer de sujetos en objetos y reduce el contenido del amor a la mera satisfacción placentera, siendo esencialmente egoísta. Refleja además una nueva forma de angustia, la angustia ante el matrimonio.

El término pareja se usa para designar una relación particular entre un hombre y una mujer, donde se aísla el sentimiento amoroso de las influencias externas, del tiempo y de las normas sociales, sobrevalorando la subjetividad afectiva e ignorando la participación de la voluntad libre en los actos humanos. Decimos fulano y mengano son una pareja, cuando ellos no han formalizado su relación, no se han casado, no existiendo un reconocimiento social, ni tampoco un compromiso estable para toda la vida. Quienes son pareja lo juzgan innecesarios, les basta saber que se aman y por tanto, como amantes, son los dueños de su relación, pueden terminarla cuando lo deseen, no le deben cuentas a nadie, reforzándose el individualismo.

Como expresión o manifestación de esta realidad, se ha observado con mayor frecuencia, que lo jóvenes retardan la decisión de casarse o simplemente la postergan indefinidamente. Eligen el cohabitar o convivir como una forma de liberarse de la presión que significa tomar una decisión para toda la vida. El argumento esgrimido es que así se aseguran en la práctica, si son o no capaces de adaptarse mutuamente. Los conflictos entre las parejas se manifiestan de manera distinta; la norma ideal, a la que supuestamente muchos aspiran, es la imagen de una amistad libre, de compañeros emancipados que sólo tiene existencia y duración mientras permite a los interesados su propia realización personal, entretanto permanezca vivo el amor sin obligaciones. Es usual ver que entre ellos se eliminan con miedo y se ocultan con vergŸenza, los sentimientos cariñosos y tiernos, por temor a que el compañero se ría de ellos. Es así que estos pueden ser considerados expresiones de demandas infantiles de afecto, de debilidad, incluso de ingenuidad, pero por sobre todo, su descubrimiento ante el otro, los vuelve vulnerables y necesitados.

El miedo al compromiso les impide a muchos tomar la decisión de casarse o a establecer relaciones de pareja estables y es así como sostienen relaciones afectivas breves, que se interrumpen siempre en el momento en que surgen sentimientos de amor, necesidad de cariño y deseo de amistad duradera. Se tiene temor de caer en una unión tan íntima que los deje expuestos a sufrir a causa del otro. Frente a la angustia de no poder soportar semejante frustración, se anticipan y prefieren terminar la relación. La tendencia a destruir todas las emociones ligadas al amor, conduce finalmente al vacío interior, a la resignación y al sentimiento de falta de sentido de la propia vida.

Finalmente cuando los jóvenes se deciden por el matrimonio, el temor al fracaso los hace precaverse, anticipándose por si acaso las cosas en el futuro no van bien. Pero un compromiso estable como exige el vínculo matrimonial supone superar las aprehensiones y ambivalencias y confiar en la voluntad para resolver los conflictos, cuando existe un amor maduro; para cultivar la gracia sacramental que recibimos cuando damos el sí, para siempre...

Es interesante conocer que la evidencia acumulada en Estados Unidos, sugiere claramente que comparado con el matrimonio, la cohabitación sin compromiso, es un arreglo social inferior. Las parejas que conviven sin planes definitivos para casarse realizan un acuerdo diferente a los matrimonios o parejas que cohabitan con un compromiso. Estos arreglos sólo comparten con el matrimonio la vida sexual activa y la casa o departamento en que se vive, aún cuando la probabilidad de que la relación sea monógama, disminuye, no obstante quienes conviven esperen que la relación sea con exclusividad sexual. Generalmente las mujeres que conviven ocupan una mayor cantidad de tiempo en tareas del hogar que las mujeres casadas y reciben menos compensaciones financieras de parte de su pareja por hacerlo. En el caso de los hombres, se ha visto que el compromiso con la relación es menor; mientras que las mujeres con hijos se sienten inseguras respecto del futuro; los niveles de violencia son más altos, especialmente en aquellas parejas que no tienen compromisos para el futuro y los hijos, nacidos de estas uniones, tienen más dificultades adaptativas. La cohabitación en sí misma parece causar actitudes que limitan el compromiso de largo plazo; dañan el bienestar emocional, de hecho quienes cohabitan reportan sentirse más deprimidos debido a las probabilidades de que su relación termine. Refieren estar menos satisfechos con la vida en general que lo que señalan quienes están casados. Finalmente, se ha visto que distancia a las personas de las instituciones religiosas y sus familias.

No ha de extrañarnos por tanto, el llamado que hace S.S. Juan Pablo II a los jóvenes: ¡No os dejéis arrebatar esta riqueza! No grabéis un contenido deformado, empobrecido y falseado en el proyecto de vuestra vida: el amor "se complace en la verdad". (...) No tengáis miedo del amor, que presenta exigencias precisas al hombre. Estas exigencias -tal como las encontráis en la enseñanza constante de la Iglesia- son capaces de convertir vuestro amor en un amor verdadero. (...) La Iglesia y la humanidad os confían el gran problema del amor sobre el que se basa el matrimonio, la familia; es decir, el futuro. Esperan que sabréis hacerlo renacer, esperan que sabréis hacerlo hermoso, humana y cristianamente. Un amor humana y cristianamente grande, maduro y responsable (Carta apostólica a los jóvenes y a las jóvenes del mundo, Roma, 31/3/1985, párr. Nro. 10).

El tema de esta reflexión nos llama a revisar algo que es muy nuestro: la pedagogía de las vinculaciones. Ella nos enseña que el hombre, para llegar a ser él mismo y para llegar hasta Dios, necesita la mediación del otro. No caben dudas que en nuestra sociedad las expresiones amorosas se encuentran enfermas, cada vez hay más parejas y menos matrimonios, muchos de los que se casan establecen también compromisos provisionales como la ley sobre Matrimonio Civil en discusión, quiere validar. Ante este estado de cosas es bueno preguntarnos ¿cómo estamos viviendo en nuestra vida, esta pedagogía?, ¿cómo han sido los vínculos que hemos establecido con nuestros cónyuges, con nuestros hijos, con Dios?, ¿qué imagen hemos transmitido del vínculo matrimonial a nuestros hijos? ¿cómo hemos incorporado y difundido esta verdad antropológica en nuestro ambiente laboral y en los segmentos de la sociedad en los que participamos? Los schoenstattianos tenemos una misión y quién tiene una misión ha de cumplirla.

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