Síndrome de la Supermujer: II parte: ¿hay algo que hacer frente al síndrome de la Supermujer?

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Tantas respuestas como aristas tiene el problemático síndrome de la supermujer. En Estados Unidos, la autora Peggy Downes Baskin entrevistó a varias mujeres ejecutivas de Silicon Valley, y concluyó que la mayoría había postergado su vida familiar para dedicarse completamente a su trabajo.

Esta sería la opción más extendida en Chile, según la opinión de la socióloga Andrea Bagnara: “las mujeres visibilizan que es muy difícil poder conciliar la familia y el trabajo, por lo que postergan la familia, para alcanzar primero logros en sus trayectorias laborales”. Esto se vería en el retraso de la edad de las chilenas para contraer matrimonio que se ha visto en la última década.

Sin embargo, la economista española Nuria Chinchilla tiene una propuesta completamente distinta, que asegura, ha sido probada en la práctica. Ella parte de la base que “la familia afecta a nuestro trabajo de modo distinto, dependiendo de si planteamos la vida familiar como un recurso o como un problema”.

Nuria Chinchilla está empeñada en probar que es posible y mucho más rentable enfocarla como un recurso, para ello hace referencia a encuestas que dicen que la vida familiar equilibra la vida del empleado.

En Chile, un estudio de la Escuela de Administración de la Universidad Católica demostró que las políticas de conciliación de familia y trabajo aplicadas en las empresas aumentan la productividad entre un 11 y un 16%.

Para lograrlo, Chinchilla propone el modelo de “empresa familiarmente responsable”, en el cual es la persona y su rendimiento, y no las horas de presencia, el valor central de la empresa. Es decir, los logros ya no tienen tanto sentido como la calidad del trabajo que puede aportar una persona.

Pero esto no pasa sólo por una política de la empresa, sino también el propio trabajador debe estar atento a los llamados “ladrones de tiempo”, estos son: “no saber delegar”, “no saber decir que no” y “saber abdicar temas importantes”.

También existen “leyes sobre el tiempo” que es bueno tomar en consideración y que son:

- El tiempo que requiere una tarea crece en proporción al número de veces que la hemos interrumpido y reanudado”.
- Programar y/o realizar una tarea larga supone dificultades muy superiores a las que plantea una corta. Esto nos obliga a cerrar tiempos de agenda razonables y realistas.
- No caer en el perfeccionismo. Poner tiempos límites para la realización de tareas susceptibles de mejoras.

Un ejemplo de que esta opción es posible es el que expone Lidia Heller, directora de la Red de Mujeres Latinoamericanas y del Caribe en Gestión de Organizaciones, analizando la situación de las mujeres ejecutivas en Argentina: “un número importante de mujeres que logran llegar al tope son casadas y han tenido hijos desde los inicios de sus carreras. No interrumpieron sus carreras y los problemas con sus parejas se negocian permanentemente, aunque ellas siguen siendo las principales responsables de la organización del hogar, delegando las tareas domésticas y de cuidado de los niños en personal altamente calificado. Una ejecutiva de una empresa petrolera afirmaba: “Yo creo que sin mi trabajo no me sentiría completa, pero sin mi marido y mis hijos no sería feliz; por eso creo que hay que ir equilibrando la balanza todo el tiempo”.

Entonces, ¿se puede tenerlo todo?”. Para Lidia Heller la respuesta es positiva, pero con reparos: “Sí, creo que se puede tenerlo todo, pero no al mismo tiempo y con el mismo grado de exigencia, y esto requiere cambios en las relaciones familiares y sociales. Hasta que no democraticemos los roles domésticos, será muy difícil encontrar el equilibrio”.

Es decir, más allá del esfuerzo propiamente femenino está el trabajo que debe hacerse con las costumbres arraigadas en los hombres. Lidia Heller dice: “Deben hacerse esfuerzos especiales por insistir en la parte de responsabilidad del hombre y promover la participación activa de los hombres en la paternidad responsable, la participación y la contribución al ingreso familiar; la educación de los hijos, la salud y la nutrición: y el reconocimiento y la promoción de que los hijos de ambos sexos tienen igual valor. Las responsabilidades del hombre en la vida familiar deben incluir la educación de los niños desde la más tierna infancia. Es importante considerar que estas cuestiones implican cambios profundos, que van más allá de decidir quién lleva los niños al colegio o se hace cargo de las compras en el supermercado, es averiguar de dónde procede la resistencia al cambio. El trabajo asistencial es costoso. Los hombres son reacios a asumir responsabilidades que reduzcan sus ingresos profesionales, igual que lo son a trabajar en ocupaciones que están peor pagadas que la mayoría de las típicamente masculinas”.

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