Estimular la autoestima

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¿Qué es la autoestima?

La autoestima es la opinión emocional profunda que las personas tienen de sí mismas, y que sobrepasa en sus causas la racionalización y la lógica de dicho individuo. Es un autoconcepto, una forma de percibirnos con ciertas características específicas. La autoestima es el cómo valoramos estas características es, la función de evaluarse a uno mismo. La autoestima positiva nos brindará afectos positivos como la confianza, el interés, el placer y la seguridad, mientras que una autoestima negativa nos traerá como afecto culpa, dolor, vergüenza e inseguridad.

Por esto se recomienda tanto que los menores, así como todas las personas, crezcan y se desarrollen en ambientes favorables que refuercen la autoestima positiva.

La autoestima se forma desde la temprana infancia y pasa por distintas etapas. En este sentido la autoestima de cada uno de los que rodea al niño o a la niña juegan un rol fundamental. Esto, porque todos en la medida que crecemos y podemos vernos en forma más realista y nos comprendemos mejor a nosotros mismos, es posible que fortalezcamos y desarrollemos una autoestima positiva, esencial para educar a nuestros hijos en un ambiente de cariño y aprobación. Por el contrario, si nuestra autoestima permanece frágil, o es definitivamente negativa, traspasaremos esta inseguridad a los más pequeños. La autoestima de los padres es un factor primordial en la formación de la autoestima de los hijos, así que debemos partir por ver nuestra propia estimación, aprendiendo que a veces depende del cristal con que se mire, no podemos cambiar las características básicas de nuestra personalidad, pero sí mirarlas en forma positiva o negativa. Es recomendable trabajar, especialmente las cosas positivas, para que lo negativo vaya opacándose frente al brillo de lo bueno y noble que hay en cada uno.

Por otra parte, para potenciar la autoestima de nuestros hijos e hijas, debemos tratar de conocer qué tipo de interacciones fotalecen, anulan o dañan la formación de su confianza.
Este es un proceso donde las madres y los padres son pieza clave, porque generalmente son ellos, los adultos, los más importantes en el crecimiento de los niños. Serán ellos los vigías de su confianza y los estimuladores de su autorrespeto. Ambas premisas harán posible una valoración personal que les llevará a quererse a sí mismos y, por extensión, a quienes les rodean.

No se trata de elogiar todo cuanto haga nuestro pequeño -las frustraciones también son parte del crecimiento-, sino de rescatar aquello que es positivo y distinguirlo de ciertas conductas o momentos que son negativos. Estimular al niño a desarrollar y fortalecer sus talentos y habilidades son aspectos básicos en la formación de la autoestima positiva.

Como dicen los expertos de la revista española Consumer, en su artículo sobre el tema: Incluso puede que las características del niño o la niña no sean las que deseábamos que fueran y que, además, no aprendan como les estamos enseñando a ser. Pero aceptarles es admitir, por mucho que nos cueste, que ese hijo o esa hija es otra persona independiente y diferente de nosotros, y muy valiosa.

En este sentido, si el niño o la niña experimentan aceptación en relación a sus pensamientos y sentimientos, percibirán el valor que se le da a su existencia, reafirmarán su personalidad y ciertamente, estimularán su autoestima.

Pero además, si esta relación opera en un contexto de límites bien definidos y firmes, el pequeño o pequeña percibirá que los adultos que le rodean sienten interés por él o ella. Se trata de poner límites de acción basados en los conceptos de justicia, que sean razonables para ambas partes, y que sean negociables (esto último en la medida de las posibilidades).

La libertad ilimitada, dicen los expertos, no sirve de nada, pues es una relación marcada por la indiferencia. Y la indeferencia es carencia de amor. Cuando los padres escuchan las necesidades y deseos de su hijo o hija y se muestran dispuestos a negociar con ellos las reglas familiares. El ejercer la autoridad implica servir la vida del otro (la de nuestros hijos), respetando su identidad y originalidad propia, para poder educarlos de manera fecunda y enaltecedora. El sancionar el incumplimiento de las normas establecidas es necesario, una vez, claro está que se haya "rayado la cancha", para que el niño o la niña puedan forjar su identidad y establecer su autoestima. El autoritarismo, por el contrario, es querer imponerse sobre vida del otro, sin respetar su originalidad y su forma de ser, queriendo dirigir sus vidas sin tomar en cuenta sus propias características. Educar es poder potenciar lo mejor que hay en cada ser humano e impulsarlo para que pueda desarrollarse al máximo, en cuanto sea posible.

Claramente, si el niño o la niña se siente respetado en su dignidad como ser humano, ganará en confianza. El respeto y el autorrespeto, son comportamientos aprendidos y como tal, hay que enseñarlos.

Desde este punto de vista, los expertos enfatizan que no se trata de aplicar una permisividad a ultranza. "La permisividad es nefasta porque destruye el esfuerzo, la disciplina y el autocontrol, y con ello, la confianza en uno mismo", indican los especialistas de la publicación española.

Sin embargo, se hace hincapié en la necesidad de aceptar las decisiones de las chicas y chicos, escuchar sus deseos, atender sus necesidades y negociar con ellas y ellos las reglas establecidas en casa. "No puede haber autoestima sin el ejercicio de la responsabilidad", y para ello, hay que generar las condiciones para que puedan ejercerla.

Otro de los factores importantes en el aprendizaje del respeto y la autoestima de niñas y niños, tiene que ver con el "ejemplo", que inconscientemente las madres y padres muestran a su prole. Si el nivel de autoestima de los tutores es razonablemente alto, niñas y niños tendrán más probabilidades de tener estas percepciones de sí mismos, convirtiéndose en positivos modelos a seguir.

De padres y madres

Al margen del estado conyugal de los progenitores, en caso de que ambos estén presenten en la vida del pequeño, uno de los aspectos más importantes es la armonía que exista entre ambos.

Los especialistas explican que esto no quiere decir ausencia absoluta de discrepancias. Sería un absurdo, una utopía. Puede que el padre y la madre discrepen y no tengan igual opinión sobre alguna cuestión que afecte a la educación de su hija o hijo, pero esto no supone ningún inconveniente, e incluso esas discrepancias pueden ser conocidas. Por esto es recomendable que los padres conversen privadamente ciertos puntos a negociar, ya que eso les dará libertad para expresarse entre ellos y llegar a la decisión que le plantearán a sus hijos.

Lo que sí afectará la seguridad del niño o de la niña es que sus padres no estén de acuerdo en las decisiones finales. La importancia no está, por tanto, en la diferencia de opiniones, sino en la no unanimidad en las decisiones.

Además, no hay problema en que los padres y madres cambien de opinión ante un hecho o una norma, y en que se lo hagan saber a su prole explicándoles el motivo. Esto no supone merma de credibilidad y, en cambio, es un ejemplo de flexibilidad y de acomodo a las circunstancias. La rigidez y la inmovilidad no caben en un proceso educativo, donde asumir los riesgos de cambios es parte de la enseñanza.

Autoestima quebrada

Los especialistas indican que la falta de autoestima se manifiesta como un problema generalmente pasada la adolescencia. Sin embargo, está demostrado que la autoestima se puede recuperar y potenciar. Por ello, resulta importante conocer con qué medidas se propicia este desarrollo en el proceso educativo y formativo y, claramente, el entorno familiar o el más inmediato, será determinante para el crecimiento de las chicas y chicos.

Un entorno de seguridad que se sustente en tres pilares como el amor, la aceptación y el respeto, es fundamental. Parece obvio, pero hay que entenderlo bien y los expertos de la revista Consumer, entregan algunas claves:

Amarle por quien es, por su existencia y por su derecho a ser querida o querido, independientemente de que nos guste cómo piensa, siente o se comporta.

Aceptarle tal cual es, y no en la medida en que sigue nuestros preceptos y responde a nuestras expectativas.

Respetarle en sus decisiones de por dónde y cómo quiere llevar su vida. Hacerle ver, cuando esas decisiones nos parezcan equivocadas, por qué no se consideran correctas, pero no impedir que intente llevar a cabo lo que considere oportuno. Cometer errores es parte esencial de todo aprendizaje.

Tener presente que es otra persona, independiente y distinta de nosotros. Respetarle tal cual es.

Ofrecer una seguridad basada en la coherencia, es decir, en la coincidencia entre lo que se enseña y lo que se hace.

Hacerle sentirse que es una persona observada y comprendida. Transmitirle que es una persona única e irremplazable.

Amarle desde la expresión verbal, mostrándole el gozo que tenemos por su existencia. El tacto es el gesto esencial para que pueda sentirse querido o querida. Tocarle, besarle, acariciarle no sólo cuando es bebé, también cuando rechaza, por pudor, esa muestra.

Marcarle límites justos, razonables y negociables.

Ofrecerle normas y altas expectativas por lo que respecta a su comportamiento y rendimiento. No una actitud del "todo vale", pero tampoco un "no vales".

Ofrecerle elogios y críticas dirigidos a su conducta y comportamiento, nunca a su persona. Cuidar por tanto el lenguaje, que puede ser muy negativo, aunque parezca superficial y efímero.

Motivarle a tomar de decisiones, a experimentar, a asumir riesgos, a hacer y a responsabilizarse de los mismos. No privarle de cometer errores. No sobreprotegerle

Fuente:
www.educarchile.cl
www.mujereshoy.com

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