No son los curas, somos los padres

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Por: Andrea Valdivieso A.

El aniversario número 10 de la encuesta UC Adimark, que nos ha permitido una interesante ventana al "alma de Chile", ha suscitado interesantes análisis por la velocidad de los cambios en que hemos estado envueltos la pasada década. El más comentado de todos, es la oscilación de un país optimista y pujante, a uno en que prevalece el pesimismo y la desconfianza, factores que se asocian al estancamiento.

Una de las áreas que ha monitoreado esta encuesta es la religión. Gracias a ésta sabemos que entre 2006 y 2012 la cifra de quienes se identifican como católicos bajó de 70% a 59%. Sabemos también que la pertenencia al mundo evangélico subió del 14 al 18% durante la década y que quienes se declaran no tener religión o ser ateos, actualmente llega al 22%, cifra alta en el contexto latinoamericano.

no son los curas son los padres.jpgEl secularismo, antes presente en la elite intelectual chilena, hoy es un fenómeno transversal en la juventud. Al punto de que 1 de cada 4 jóvenes declara no tener religión. Los expertos que analizan estos datos afirman que los recientes escándalos protagonizados por algunos miembros del clero, no tienen directa relación con este declive, tampoco las deficiencias en el manejo de estos casos de la jerarquía, o por el hecho de que los buenos sacerdotes que hay estén sobrepasados. Puesto que la fe, como la caridad, parten por casa y cuando es sólida no se desmorona por la mala conducta de algunos. Es decir, el referente es Cristo, no sus seguidores. De hecho, las curvas de declinación de la identificación católica por edad, son exactamente las mismas que se obtienen para la diferencia entre aquellos que se identifican con alguna religión, cualquiera sea. Es decir, la fe católica o cristiana (evangélica), no está siendo efectivamente traspasada a las nuevas generaciones, que se apartan de sus raíces, al ser éstas probablemente débiles, lo que algunos estudios identifican con una incongruencia religiosa de los padres.

Se trata del fenómeno de la "creencia pasiva", lo que comúnmente llamamos "católicos no observantes", en la cual no hay prácticas significativas que permitan que la fe se verifique en la vida cotidiana, lo que sumado a un contexto cada vez más secularizado, explica en parte esta pérdida de religiosidad de las nuevas generaciones.

Cuando examinamos otras cifras, tales como, que sólo un 15% de quienes se declaran católicos asisten semanalmente a Misa, 77% no cree ni practica el sacramento de la Reconciliación, 66% no comulga cuando va a Misa, 59% nunca lee la Biblia, entre otras, se entiende por qué las nuevas generaciones no perciben la religión como una prioridad, ni experimentan la contención de la vida comunitaria de la Iglesia, así como la esperanza del mensaje que transmite el Evangelio, que no es leído ni escuchado el domingo.

En contraste con lo anterior, se verifica una mayor radicalidad en la opción de fe de quienes permanecen como cristianos fieles, tanto católicos como evangélicos, y el 78% considera que los valores cristianos deben jugar un rol importante en la vida social.

no son los curas son los padres 2.jpgA la luz de todos estos datos es imposible de eludir la importancia que tiene la transmisión de la fe en los hogares, al interior de la familia. Quienes se confíen en delegar la educación religiosa a un colegio católico se equivocan, puesto que por un lado, la enseñanza religiosa en los colegios está cada vez está más disminuida por la alta exigencia académica a la que se somete a los alumnos, y por otro lado, lo que haga el colegio en cuanto a educación religiosa puede ser desecho fácilmente si los niños no ven una línea coherente en su casa.

Por ello, cuando presos por el incesante trajín cotidiano, los padres renunciamos a nuestro rol de transmisores de la fe, nos convertimos en el factor número 1 que explica el retroceso del que da cuenta la encuesta Bicentenario. Cuando renunciamos a leer la Biblia en familia y comentarla, a ir a Misa, participar de la vida sacramental, a apoyarnos en una comunidad que comparte la vida de fe, a practicar la solidaridad con los necesitados, a unirnos en oración por las necesidades propias y de los demás, estamos contribuyendo al desvanecimiento paulatino de la fe cristiana y de los positivos valores que ésta nos transmite. Valores tales como la humildad, el perdón y la reconciliación, la esperanza, la justicia y solidaridad, el amor sin prejuicios, la compasión, entre otros. Por supuesto que lo más importante es el testimonio de vida de los padres. Que estos valores mencionados sean practicados, es el ancla que permitirá que todo lo demás decante y que la fe sea recibida como un tesoro a custodiar y propagar para nuestros hijos y nietos.

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