Gonzalo Rojas Sánchez
En mil sobremesas santiaguinas se discute sobre marketing electoral. A pesar de los alegatos en contra de la actividad política, los tertuliantes no se privan del gusto de aprobar o denunciar las prácticas de los precandidatos. Sana costumbre, porque al calor de esas pasiones se elaboran buenos y malos argumentos:
-imprescindibles ambos para aclarar un punto- y, además, se manifiestan intenciones de voto, las que después suscitan adhesiones efectivas en campañas.
En varias de estas oportunidades se ve el mismo peloteo. Con el saque, alguien afirma que electoralmente es conveniente hablar claro sobre las propias convicciones. De inmediato, le llega un revés profundo: "no, esos temas no hay que ni tocarlos en la publicidad, porque pierdes votos", a lo que se suele responder: "pero entonces, ¿estás en política sólo para ganar eleccionesŠ o para algo más?" La réplica vuelve en smash: "si no ganas elecciones, ¿cómo pretendes hacer el bien del que hablas?", a lo que se suele contestar el golpe cerrando el punto con un globito: "pero si ganas con malas artes, ¿cómo lograrás cambiar tu estilo una vez en el poder y hacer justo lo contrario de lo que prometiste? y además, ¿crees que la gente es tonta y no se va a dar cuenta de que la engañaste?"
Cuarenta quince, treinta iguales, quince cuarenta, la cuenta da casi lo mismo, porque ninguna de esas discusiones cierra bien el juego ni menos el set. La sobremesa no está para sutilezas conceptuales.
El problema es que los candidatos en campaña, tampoco lo están; ni sus equipos de asesores, ni sus comisiones de redacción de programa, ni siquiera los más influyentes de sus intelectuales, parecen querer gastarse con un enérgico: ¡oiganme todos, que esto es importante! No, lo que se afirma continuamente en esas instancias es que hay que oír a la gente, que hay que poner atención a las demandas de las personas, que hay que encuestar para proponer. Yo candidato te pregunto a ti votante, qué quieres, lo digo y lo escribo para que lo reconozcas, tú votas por mí, yo trato de que no se me olvide, y cuando tú me lo recuerdes, yo te digo que ya está en marcha.
En materias de alcantarillado, jardines, venta de alcohol, horarios de consultorios, locomoción, limpieza de las playas, trámites de oficina y 1.352 asuntos más, bienvenida esa información. Pero sabemos que ningún candidato le pregunta a sus electores por la tasa de interés, ni por los bonos soberanos, ni consulta posturas para el Consejo de Seguridad o el contenido de futuras protestas diplomáticas a países vecinos. Y no es que a la gente eso no le interese o no la afecte; es que prima un cierto sentido común de trasfondo que susurra: de esto, ellos no entienden y yo, sí. O, como se preguntaba Julián Marías, ¿es que vamos a vender todo nuestro patrimonio artístico porque una mayoría así lo aprueba para pagar las deudas del Estado?
¿Qué razón tan poderosa habría entonces para basar las opiniones de los candidatos sobre temas humanos y morales en lo que pida la gente? ¿A qué adulto en sus cabales le podría parecer sensato preguntar en Tocopilla, Rengo y Victoria sobre la fecha límite para autorizar un aborto y proponer entonces la respuesta mayoritaria en el programa? No hay ninguna razón para proceder así que no merezca el calificativo de crasa demagogia.
Ante esta categórica afirmación, se oye entonces un "dime de qué manera se puede ganar sin parecer fundamentalista, sin pisar los palitos morales que te ponen, sin convertirte en talibán; dímelo ya."
Bueno, bien. Se hace así.
Primero: Jamás debe aceptarse que se califique esos temas como "problemas religiosos", jamás. Siempre se debe insistir en que son temas, problemas, completamente humanos, que en ellos la pregunta no es qué quieren Dios o las religiones, sino qué es mejor para la persona humana. Y ahí se centra la discusión.
Segundo: Siempre debe dejarse en claro que lo que parece ayudar a una persona o grupo de personas, puede en realidad dañarlos a ellos mismo o a otros; hay que mostrar los intereses contradicitorios en juego y tener la valentía de hacer ver que no necesariamente los mayoritarios son los correctos.
Cuántas claridades sobre homosexualidad, vida, familia, libertad, honra, niñez, etc. se podrían obtener si se razonara a partir de esos dos presupuestos, especificándolos caso a caso, y no desde la lectura que unos mal iluminados hacen de los números de las encuestas.
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