La nueva película de Mel Gibson ha dado mucho de qué hablar. Hay distintas formas de analizarla, distintas opiniones, lo que indica que nadie queda indiferente. Para ilustrar esto les mostramos dos opiniones que demuestran la distintas manera de acercarse al tema:
¿MUCHA SANGRE Y POCO CRISTO?
Una mala interpretación de la pasión de Cristo ha podido causarnos bastante daño.
Hasta el año 1000 aproximadamente, predominó en la Iglesia la teología de los padres griegos que subrayaba la importancia del don de Dios mismo en Cristo crucificado. Para colaborar en su salvación, los hombres debían creer que, al entregarse Dios en la cruz por ellos, los amaba y salvaba libre y gratuitamente. Pero desde san Anselmo en adelante, la teología latina giró en contrario: la salvación Dios la otorga gracias a la satisfacción que Cristo crucificado le ofrece en representación de quienes no pueden, siendo pecadores, reparar la ofensa de su honor divino. En lo sucesivo se desarrollaron teologías que, llevando al extremo la importancia de la entrega del hombre Jesús, terminaron por menoscabar la gratuidad del sacrificio y de la salvación cristiana.
Estas teologías encajaron a Dios en el paradigma de la justicia penal. Enseñaron que Dios castigó a Cristo en lugar de la humanidad. De tanto subrayar el sacrificio de Jesús, redujeron los protagonistas de la cruz a dos, a Cristo que sustituye en ella a la humanidad y al Padre que la castiga en su Hijo. Esta tremenda aberración fue posible al olvidar a un tercer protagonista: fariseos y sacerdotes, los únicos que procuraron directamente su muerte. Así se traspapeló la razón por la cual estos lo mataron, a saber, la predicación del reino de Dios que Jesús ofreció incondicionalmente a los pobres y los pecadores, víctimas de una religiosidad de premios y castigos que los excluía sistemáticamente. Suprimida luego la razón histórica de la entrega de Jesús hasta el final y de la entrega del Hijo por su Padre, esta es, la gratuidad del reino y del amor de Dios, el significado de la pasión terminó por invertirse completamente, hasta hacer de la irracionalidad del sufrimiento en sí un objeto de fe.
Por ello, cabe preguntarse: ¿cuál es el sacrificio grato a Dios? Jesús no fue masoquista. Su Padre no fue sádico. Grato a Dios fue el sacrificio de Jesús a lo largo de toda su vida, no sólo en su pasión, particularmente desde que predicó la Buena Noticia del amor "injusto" del padre del hijo pródigo y de la paga desmesurada del patrón a trabajadores que merecían infinitamente menos. Ciertamente Dios no ha podido sino repudiar los azotes que infligieron a su Hijo los soldados romanos. Dios sólo ha podido querer que nunca más una criatura suya fuera flagelada y, para ello, quiso El mismo en Jesús solidarizar hasta la muerte con las víctimas del pecado. A Dios es grato el amor de aquellos que, como Cristo, alivian las penas ajenas aunque ello les cueste la vida. Pues Dios no necesita dañar para salvar. Dios no sabe castigar. Sólo sabe amar.
Pero no hemos podido zafarnos de las interpretaciones compensatorias del sacrificio de Cristo. Muchos no son cristianos porque les parece que, de alguna forma, la cruz justifica el sufrimiento inocente, la irracionalidad de la violencia y la perpetuación de la culpa. Entre los cristianos, aquí y allá, lamentamos las consecuencias de la inversión del sentido del sacrificio de Cristo cuando, para vivir nuestra fe, debemos participar activa o pasivamente de la dureza de un "dios" que no es el Dios exigente pero tierno de Jesús: dolorismo, victimismo, servilismo, autoflagelación, resignación, indulgencia con la tortura, miedo a equivocarse, anulación del valor de la libertad en el cumplimiento de la ley moral, expropiación de las conciencias e indiferencia ante los fracasados, son muestras que tiznan nuestra imitación de Cristo.
¿Habría bastado una gota de sangre de Cristo para la salvación de la humanidad? Unos pensaron que sí. Hoy otros parecen convencidos de que ha sido necesaria mucha sangre. ¡Absurdo! No es la sangre de Cristo, la pura pasión, sino la entrega de toda una vida para hacer creíble que Dios abomina la violencia y sus víctimas, lo que ha sido establecido como principio del reino de vida plena que, a partir de la resurrección de su Hijo, Dios comparte gratuitamente con todas sus criaturas comenzando por los judíos. No es el dolor por sí, sino el dolor del amor sacrificado de Cristo para que no se pierda una sola gota derramada de sangre inocente, lo que merece fe y da esperanza a los que cargan con su cruz de cada día.
Jorge Costadoat S.J.
Obispo chileno: “La Pasión” es una obra de belleza y verdad
SANTIAGO, 19 Mar. 04 (ACI).-El Obispo Auxiliar de Santiago, Mons. Andrés Arteaga Manieu, publicó sus reflexiones sobre la película “La Pasión de Cristo” y aseguró que quien la vea con “ojos abiertos” no puede quedar indiferente a su belleza y la verdad que transmite.
Mons. Arteaga señaló que acudió a un preestreno con cierto temor por la controversia sobre sus “fuertes escenas”. Pero ahora está “muy feliz de ir a verla”, comprendió el favor del público y señaló su sorpresa por la “belleza y verdad” con que la cinta trata “un tema especialmente delicado y sensible para los creyentes, del núcleo de nuestra fe cristiana”.
Para el Obispo, la belleza del filme la podrá apreciar “quien la vea con ojos abiertos a descubrir profesionalismo en los actores, cuidado en los detalles. Se puede afirmar que hay devoción, incluso piedad y delicadeza en tratar un tema tan complejo y profundo, tan humano y divino”.
Además, indicó que “hay verdad, pues se atienen en sus líneas generales y en muchos detalles a las narraciones evangélicas. Y provoca reflexión, meditación, contemplación de la persona y del misterio de Cristo, de su entrega voluntaria, de su perdón redentor y salvador”.
“No me provocó ningún mal sentimiento, mas bien dolor por el pecado, por mis pecados, gratitud por la redención y sacrificio de Cristo, por el apoyo incondicional de Dios Padre a su Hijo, a todos sus hijos de la humanidad, frente al pecado del mundo”, agregó.
Para el Obispo la cinta “mueve a escrutar mejor las Escrituras, a conocer más interiormente los evangelios, a celebrar más auténticamente la Eucaristía. Recordando que es una película, ni más ni menos que una película, una forma de arte”.

“Uno no queda indiferente. También puede inquietar porque plantea preguntas tan graves y urgentes como el dolor extremo, el sentido de la vida, la traición, el sacrificio, el amor”, explicó.
Mons. Arteaga sostiene que lo impresionaron, “entre muchas cosas de la película, la mansedumbre de Jesús ante el sufrimiento, la actitud de la Santísima Virgen María de ternura, fidelidad y compañía del hijo, la traición de Judas, la negación de Pedro, la fidelidad de Juan y de María Magdalena, la sutil presencia del demonio que es definitivamente derrotado, las miradas de Jesús y la que podría ser una ‘lágrima del Padre’ ante la muerte de Jesús”.
“Se podrá discutir si era necesaria tanta carne desagarrada y tanta sangre derramada, pero los Evangelios están allí y Jesús habla precisamente de carne entregada y sangre derramada por nosotros, por todos y por nuestros pecados”, precisó.
Para el Obispo, este “moderno Via Crucis (camino de la cruz), que es también Via Lucis (camino hacia la luz), puede ayudar a conocer y amar mejor a Jesús, a celebrar más hondamente la Eucaristía, y espero a vivir como dignos discípulos suyos encarnando en la propia vida su mensaje de perdón y compromiso con todos los hoy flagelados y crucificados”.
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