Un cuerpo sin alma
es un cadáver que hiede
o es un monigote que gesticula.
Las vitrinas, los periódicos
son un cementerio
de cuerpos de mujer,
sexos sin amor,
hieráticos, detenidos,
sin alma y sin Espíritu Santo.
Si la mujer se hace cadáver
pronto mueren los pueblos.
Ella tiene vocación de alma,
vocación de María
que dio alma a la carne de Eva.
Si la mujer pierde su alma,
toda la carne del mundo se pudre.
Si la mujer
no anima los cuerpos,
la ley de gravedad
los lleva como un meteoro
a la tumba.
Hay cadáveres que deambulan,
que bailan y sonríen como pájaros.
En el mundo hay una fila de cadáveres
sin almas.
No hay que escandalizarse y rebelarse
sólo por Auschwitz, Dachau,
Gulag, el Tibet,
Biafra y Vietnam
y todos los crematorios
de Hitler, Stalin, Amin o Mao.
Tenemos torres de cadáveres
en todas las esquinas y cines,
los cadáveres viajan cómodamente
en aviones,
se bañan en las playas templadas,
los cadáveres usan desodorante
y se amortajan con pieles.
Los cadáveres saludan cortésmente
a los ministros...
Sin la mujer mujer,
la industria de armamentos
será la manía del mundo,
sin ella
se organiza el ajedrez trágico de la guerrilla
y la represión oscura de las policías sin moral.
Sin la mujer mujer,
el mundo es una guarida
de locos desalmados.
María dio alma a la fiesta
en la boda de Caná
porque miró la necesidad de alegría
en el corazón de los novios.
María fue alma inmaculada
de su cuerpo,
alma llena del Espíritu Santo.
María imploró en el Cenáculo
ese Espíritu Santo que es el Alma
del Cuerpo de Cristo,
Alma Increada que vivifica la Iglesia
y la hace respirar y latir
y caminar hacia el Padre.
P. Joaquín Alliende L.
1980
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