Autor: Carmen Eyzaguirre
Ven aquí mi niño hermoso,
te tomaré entre mis brazos
y te daré a beber dulce leche de la paz.
No hay experiencia de amor más linda
Y más plena en la historia de mi vida,
que el amamantarte a ti pequeño niño.
En verdad, tu succionas de alma,
la leche de la paz, y al hacerlo,
estimulas mi corazón producir mucha más.
Siento un dolor muy grande al dejar de amamantarte,
pero...esto no fue mas que un inicio...
De veras,¡jamás dejaré de hacerlo!
Porque al darte a beber mi alma,
por una vez y nada más me has encantado,
me has robado el corazón,
he gozado al contemplarte,
he aprendido a detenerme para amarte.
Y aunque el mundo me agobie y me apure en sus estreses,
aunque me exija un alto rendimiento,
yo he aprendido que en tal detenimiento,
soy enteramente feliz,
me doy entera a ti,
soy plenamente mujer, profundamente madre.
Hoy he venido a ti Señor,
a pedirte amar como Tú amas.
Ya no quiero aprender amar, sino, simplemente, hacerlo.
Y me he dado cuenta de que en este acto tan desconocido para muchos,
tan silencioso y de profunda intimidad, amo como jamás imaginé,
a tu hijo mas pequeño, al fruto de mis entrañas.
Sencillamente ¡Gracias Padre por haberme soñado mamá! Pues, aunque mis hijos han crecido y no envejecerán conmigo,
jamás olvidaré
ni dejaré de amamantarlos con tu dulce leche de la Paz.