El domingo 10 noviembre 2002 el Papa Juan Pablo II pidió una conversión ecológica que lleve del abuso a la salvaguarda de los recursos naturales, y alabó el «servicio primario» que ofrecen los agricultores a la sociedad. Solicitó a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro a la hora del Angelus “un cambio radical cultural”. “Del abuso indiscriminado de los recursos -dijo- es necesario "convertirse" a la administración responsable de los bienes que nos ofrece la creación”
Su llamamiento tenía lugar con motivo de la celebración en Italia de la Jornada de Acción de Gracias, promovida por la Confederación Nacional de Agricultores: “Es bello y un deber dar gracias a Dios por los dones recibidos en el curso del año y reconocer el trabajo de los hombres y mujeres que los producen en la tierra con su trabajo»
«Con frecuencia -denunció-, los agricultores no son tenidos en cuenta por las sociedades industriales, y sin embargo merecen el aprecio común por el servicio primario que rinden a toda la familia humana». «La custodia de la creación es un compromiso del que todos tienen que sentirse responsables», añadió, pues «no debemos olvidar nunca que la tierra es de Dios, si bien la ha puesto en las manos del hombre para que la gobierne”
El pontífice recordó por último que el año 2002 ha sido declarado por las Naciones Unidas «Año de la Montaña».: “Las montañas son capaces desde siempre de fascinar el espíritu humano, hasta el punto de ser consideradas en la Biblia como un lugar privilegiado para el encuentro con Dios -aseguró-. Se convierten de este modo en el símbolo de la elevación del hombre al Creador”
«Las montañas, sin embargo, no son sólo un lugar de descanso y de vacaciones: para muchas personas son el ambiente del cansancio diario, afrontado con frecuencia en la soledad y el aislamiento” “Las montañas constituyen un patrimonio de todos, y deben ser respetadas por todos, amadas y salvaguardadas con atención -concluyó-. Se trata, de hecho, de un bien común, cuya integridad es preciosa para toda la humanidad».
Es conocida la particular afección que el Papa Juan Pablo II ha tenido desde su juventud por las montañas, por lo que esta reflexión adquiere una fuerza vital aun mayor.
Fuente: ZENIT.ORG
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