Jesús Ginés Ortega
Universidad Santo Tomás
Cuatrocientos niños de entre ocho y doce años de grupos medios de nuestra
sociedad chilena han respondido una encuesta sobre televisión y familia. El
resultado es interesante por algunas novedades posiblemente no esperadas. Me
refiero a la percepción de familia que tienen los pequeños encuestados: El
56% refiere familia a la madre, el 16% a los hermanos, 13% a los abuelos y
7% a la nana. Solo el 4% hace referencia al padre. Conclusión: la familia
chilena joven no percibe que tiene padre, lo que en buenas cuentas significa
que los padres son perceptivamente insignificantes en su papel de tales.
¿Podrá este hecho darnos alguna pista del deterioro de la familia en Chile?
Todo dependerá de alguna posible encuesta realizada con el mismo propósito
hace diez, veinte o treinta años atrás, para buscar algún parámetro
comparativo. Si reflexionamos sobre el hecho, podríamos resumirlo en una
sola frase: Faltan padres. Si nos ponemos un poco más rigurosos y
vislumbramos el horizonte inmediato de la institución familiar en Chile,
deberíamos concluir que el futuro no es muy promisorio en cuanto a la
naturaleza ordinaria del núcleo familiar. Y si a todo esto le añadimos la
ayuda que nuestros parlamentarios nos están proponiendo para "mejorar la
familia" con una nueva ley de matrimonio civil bastante tolerante en materia
de separaciones definitivas, o sea, divorcios, no es difícil adivinar hacia
dónde estamos apuntando.
Si hoy no hay percepción del padre como pieza fundante de la familia y
mañana tendremos más facilidades para disminuir su rol preponderante en el
hogar, corremos el riesgo de que esta figura quede en un recuerdo
arqueológico del que se hablará en los cuentos o en las aulas de historia.
Habrá que explicar a los futuros alumnos que el padre es un ente que antaño
era cabeza o conductor de la llamada familia tradicional. La del pasado. La
de una tradición que contemplaba padre y madre como orígen, acompañamiento y
destino de la prole.
No es un problema de estadística que comprueba un fenómeno cualquiera. Se
trata de una realidad percibida por los futuros creadores de familias que,
de partida, prácticamente la ignoran en su elemento constitutivo esencial.
No hay padre si no hay hijos; no hay hijos si no hay padres: Hombre y mujer,
no mujer sola o abuelos o hermanos o nana. Si perdemos al padre, nos
perdemos como hijos. ¿Qué seremos en el futuro?
Desde el punto de vista físico, psicológico y moral, la presencia activa del
padre en la familia es un bien del que no se puede prescindir, salvo que
estimemos que familia es cualquier cosa, cualquier reunión de gente que vive
bajo un mismo techo o que aporta dinero para gastarlo juntos. Físicamente el
hombre cabeza y conductor responsable del grupo es la figura que saca la
cara, defiende, provee, enseña y muestra el camino de la vida. Igualmente en
el desarrollo psicológico y moral de los hijos, la figura masculina imprime
un carácter que le es propio al varón y que necesita la prole para crecer
equilibradamente en su relación social. El padre es un sostenedor
psicológico de la virilidad de los hijos y de la feminidad de las mujeres.
Solo se es plenamente hombre o mujer, cuando nos mantenemos en una relación
equilibrada de ambos estilos de vida plenamente humanos.
Más aún, el rol que el padre ha cumplido y debiera siempre cumplir en la
familia tiene que ver con la responsabilidad social, con la vida cívica, con
la conquista del mundo. Mientras a la mujer corresponde por su propia
naturaleza el incorporar a los hijos a la vida de hogar, al desarrollo de
los sentimientos y a la convivencia solidaria, el padre subraya aquellos
aspectos que dicen relación con la vida exterior, con la aventura, con el
deporte, con la implicancia en la vida social más amplia.
Una familia sin figura paterna tenderá a la feminización de sus integrantes,
con todo lo bueno que este sexo implica para el desarrollo de la persona en
sus aspectos más sensibles. Sin padres no podremos formar hombres
enteramente hombres. Y eso, es sin duda una carencia peligrosa.
¿Qué significado le damos a la encuesta que comentamos? ¿La dejaremos pasar
una vez más hasta que el cuatro se vuelva cero, hasta que la figura del
padre desaparezca totalmente de la conciencia de los hijos? Hay tarea para
la familia, para la escuela, para la Iglesia, para el Estado. En lugar de
contribuir al derribo de lo que va quedando, ¿no será hora de fortalecer la
institución?
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