Es curioso como sin darnos cuenta, o lo que es peor dándonos cuentas de nuestros actos, nos vamos destruyendo como personas y como sociedad porque confundimos eficiencia con abuso y autoridad con represión. Me encontré hace un tiempo con un ex amigo, rico y exitoso empresario, que con mucho orgullo me contó que había hecho grandes arreglos a su casa por dos pesos cincuenta.
- Me imagino que lo hiciste con el sistema “hágalo usted mismo” –le comenté.
- No hombre, no me tuve ni que ensuciar las manos. Un domingo en la mañana me tocó el timbre un cesante, ex empleado de una compañía minera, casado y padre de cinco hijos que ofreció pintarme el techo por veinte lucas. Al verlo desesperado y hambriento, me iluminé y le pedí que por quince lucas me pintara el techo, el dormitorio de los niños, limpiara las canaletas, me hiciera el jardín y me hiciera unos arreglos de gasfitería. No le gustó mucho, pero tú sabes, el hambre mueve montañas. Al final del día le pague sus quince lucas y le regalé un buen sandwich de queso con una bebida.
Ese mismo día mi amigo dejó de ser mi amigo. La verdad es que no logro entender este tipo de pensamiento. El problema es que todos los días me encuentro con gente así. Que ve en la miseria del otro una oportunidad para sacar provecho personal o de su empresa.
He escuchado decir a más de algún destacado ejecutivo de alguna empresa, a raíz de la crisis argentina, frases como “hagámoslos en Buenos Aires, están tan ‘jodidos’ que si les ofrecemos unas pocas monedas nos van a besar los pies”.
O sea, ya que están botados pateémoslos en el suelo.
¿Qué es lo que pasa por nuestras cabezas? ¿Dónde quedó nuestra capacidad de asombro? ¿En que momento se nos olvidó el significado de la palabra solidaridad? Lenta y silenciosamente nos hemos hecho cómplices de una sociedad donde ayer es demasiado tarde y gratis es demasiado caro. Y con la complicidad de la inercia, la ambición y el apuro, nos estamos convirtiendo en seres fríos y egoístas dispuestos a cualquier cosa con tal de conseguir nuestros objetivos. Poco nos importa el daño que hacemos a terceros, y poco pensamos en que tarde o temprano esas mismas presiones y exigencias nos caerán a nosotros.
¿Quién dijo que la eficiencia se mide en cuánto daño le hiciste a tu sub-alterno o competencia?
¿Acaso no es ese el gran poder de las pequeñas personas? ¿Esas que pueden decidir cuánto y cuándo te pagan no por su propia capacidad sino por el poder del cargo y la empresa que tienen detrás?
Soy parte de esta sociedad. Tan culpable como aquellos profesionales y ejecutivos más inteligentes que yo, que miden su éxito sobre la base de a quiénes y a cuántos perjudicaron hoy en beneficio de sus intereses. Y que no se dan cuenta de que, de seguir así, muy pronto esa actividad que tanto les costó aprender, esa profesión que requiere de tanta experiencia y conocimiento, van a tener que ejercerla en una esquina cualquiera, así como hacen con su talento cada vez más malabaristas, artistas y actores, frente a un semáforo que poco tiempo deja para presentar su rutina y mucho menos tiempo, para cobrar unas pocas y oscuras monedas.
Jaime Atria
Revista Mensaje Julio 2003
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Enviado por amalia el 28 de Noviembre de 2006
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