Jerry era director de un restaurante en una pequeña ciudad de Estados Unidos. Siempre estaba de buen humor y tenía algo positivo que decir. Era un motivador nato. Por dos veces, cuando cambió de trabajo, varios de sus empleados se empeñaron en seguirle a donde él fuera a trabajar. Si un trabajador tenía un día malo, Jerry siempre estaba allí, haciéndole ver el lado positivo de la situación.
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Un amigo mío decidió, tras dos años en un trabajo, cambiar de empresa ya que allí donde se encontraba no le habían preguntado nunca ni por sus hijos ni por su familia. La decisión la tomó luego de una larga enfermedad que sufrió uno de sus niños. Al ver el poco interés de sus colegas por él, decidió buscar pega en otra parte. "El trabajo es importante, pero no puedo estar con personas que se interesan apenas por saber mi nombre". No habrá sido la única razón, pero sin duda fue la gota que rebalsó el vaso. Me he topado con gente que ha cambiado de trabajo porque le resultaba intolerable la frialdad de su jefe o la de sus colegas; y a otros que, aún teniendo mejores posibilidades laborales, permanecen donde están por el ambiente grato y amable su oficina o empresa. "Prefiero llegar a la casa con el estomago distendido y el corazón contento y con menos plata antes que, tal vez con más, pero enredado como un moño".
Somos más dependientes de las emociones y sentimientos de lo que pensamos. A algunos les gusta jugar el papel de rudos, fríos y calculadores. Les gusta pasar por indiferentes, aparentando que los estados de ánimo, las condiciones laborales o el "ambiente" no influyen para nada en ellos. Pero he llegado a la conclusión de que ese tipo de personajes existen en las películas no más. La mayoría de la gente es de “carne y hueso”, más sensible de lo que parece y más susceptible e influenciable de lo que aparentan. Sí, gracias a Dios aún somos humanos.
No es fácil el cultivo de las relaciones humanas. Supone vencer un cierto pudor, romper una coraza de pseudo-formalidades y atreverse a comentar con los demás algo más que el partido de fútbol del domingo o la subida del dólar. Corremos el riesgo de mostrar debilidades, darnos a conocer tal cual somos, con nuestras alegrías y tristezas. Pero vale la pena el riesgo, si con ello logramos relaciones sólidas y francas. Y no se trata de ventear todo tipo de problemas familiares ni de pasarse en tertulias sobre avatares domésticos, sino de conocer a quien tengo a mi lado buena parte del día. Dos personas sólo conversan cuando se interpelan mutuamente, cuando le hablan al otro y se involucran algo en lo que es. Lo demás es intercambio de información, con lo que no lograremos mucho más que lo que obtendríamos consultando un periódico.
Pero me equivoco en algo. No es tan necesaria la conversación larga y distendida para lograr relaciones humanas de calidad. Ellas también se cultivan con detalles tan sencillos como el saludo matinal, compartiendo el café de mediodía o almorzando con aquellos que se encuentran solos. De paso le subimos el ánimo a quien se encuentra alicaído o pasando por una mala racha.
Subestimamos con facilidad los pequeños detalles de la vida cotidiana pensando que aportan poco a la vida laboral, que "no producen" ni "aportan beneficio alguno". Pero no es así. No soy economista, pero no me cabe la menor duda que un buen y positivo ambiente laboral reporta más beneficios de los que se cree. Los que pasan por la vida con cara de ajetreados, de muy ocupados y sin interesarse mayormente por los demás no son de los que más producen en una oficina. Sólo dan lata y una triste impresión. Y esto del buen ambiente laboral no depende sólo del jefe o "de los otros". Mi cuota de responsabilidad resulta tan importante como la del resto. Nubarrones grises tenemos suficiente con nuestro smog como para producir más en nuestros metros cuadrados de trabajo.
Padre Hugo Tagle-Moreno
Para: Todomujer.cl
(derechos reservados)
¿Quién no recuerda el juego del avioncito?
-Lanzas una ficha o una moneda y para recuperarla, tienes que brincar por cada cuadrito.
Ese niño que jugaba antes, hoy en vez de monedas, tira la confianza que deposita en Dios, y espera que el cuadrito, al que ha de brincar para alcanzar la meta, no le llene de oscuridad el corazón. – El vaivén de la vida, ese péndulo que no siempre para muchos es Dios, en nuestros 
días es el que siempre cada uno debe afrontar: un ritmo acelerado y no adecuado, rápido, estresante. Sales de casa, a duras penas te quedó tiempo para tomar un vaso con leche o probar el desayuno que te han preparado. Si tienes suerte verás a tus hijos antes de salir volado, si eres casado, o de ver a tus padres si eres aun soltero y vives con ellos. Llegas a la oficina y te topas con las innumerables decisiones que debes tomar, más cuando trabajas con personas que tienes a tu cargo, que respetas y sabes que dependen de ti. Darle la oportunidad para que ellos tomen su propio espacio, es una responsabilidad mayor aún - ¿Qué pasa cuando el trabajo te aleja de lo que te permite crecer a ti mismo y caes en la rutina de ser esclavo de los pensamientos de los demás?
-Ya no es fácil tirar la ficha para ti o ¿tienes que empezar de nuevo? – cuando te das cuenta que en la casilla en vez de colocar un pie, caíste con los dos, el juego debes iniciarlo – Te has equivocado, ¡lo bueno es que tienes otra oportunidad!
En una situación, ya sea laboral, sentimental o de cualquier otra índole, puede ser de igual forma – lo importante es que no seas esclavo de las circunstancias que no te permiten llegar a la meta.
Cuando tus pensamientos y tus sentimientos aspiran a crear una atmósfera, donde cada uno tenga el lugar que le corresponde, así como los dos pies en el avioncito, o de cada órgano de un árbol, entonces debes luchar por alcanzar esa meta; pero si no caíste bien al brincar o saltar, prueba de nuevo y con otro impulso; quizá no es la fuerza a adecuada la que estás implementando, o quizá , tu ficha no cayó en el lugar apropiado – Lo importante es, ¡tomar de nuevo la moneda e intentar de lanzarse, a la conquista por la meta!
Autor: Juan Francisco Balmaceda Téllez
Querido papá: De pasarlo bien, ni te cuento; lo estoy pasando divinamente acá en Costa Rica, ya que me han acogido, como debe ser; con muchísimo cariño y con un corazón abierto que realmente conmueve, y para tu tranquilidad te paso a comentar mi crónica de un accidente no anunciado (con brazo y todo).

Y fue así: después de un viaje hacia Playa hermosa en Jacó, que duró de dos horas acompañada por un par de loritas, (acuérdate que en Costa Rica hay muchas; pero pocas como la que conoces); llegamos a la casa de Ceci y Marcelo en que nos esperaban para el almuerzo. Claro que me quedé con hambre pues estaba apurada por entrar en el mar, pero para mala suerte mía, cuando ya casi habíamos terminado de almorzar llegaron los Cubas. No sé ni para que llegaron, ya que no me dejaron hablar, se comieron todo y al final para hacer la siesta Willy ofrece meterse a la mare. Yo que no me podía perder esta oportunidad preciosa de probar el agua tibia de Centroamérica, me metí con Willy a nadar al mar. Claro, si en esta zona hay buenas jaco surfista.jpgolas, no tanto como las de Pichilemu, pero dan para surf y
Marcelo, el dueño de casa es surfista. Como quería llegar hasta el final de las olas, me fui nadando cada vez más hacia dentro y en una de esas tomé mal una de las olas grandes de al final, pero vez de agarrarla bien de abajo, no sé cómo me tomó más bien por arriba y me llevó con ella a medida que iba doblándose para quebrar (claro al final la quebrada fui yo) e inconscientemente traté de volver a ponerme en la posición de piquero, ya que el cuerpo me lo había girado hacia atrás y puesto de espaldas. Al hacerlo la fuerza de la ola me llevó el brazo hacia atrás y me sacó el hombro de su lugar. Lo sentí en el momento, pero pensé que no era para tanto ya que mis vacaciones estaban comenzando, así que capeé dos o tres olas más, pero como me dolía, me di cuenta que era más serio y que había ocurrido lo que había pensado; que el hombro se había zafado. Con tranquilidad y mucho dolor me fui dejando llevar por la corriente para poder alcanzar la orilla. Al salir traté de gritarle a Willy que me ayudara pero, él estaba en otra y ni se dio cuenta que yo casi había perecido ahogada en el intento de salir del agua. Era tanto el dolor que apenas podía gritar y opté por no seguir haciéndolo ya que ni siguiera me pescaba. Además que a medida que me salía del agua el brazo dolía más porque en el mar al no haber gravedad estaba más cómodo. Como si esto fuera poco Willy, que es medio doctor-brujo y yo, pensamos que sería posible arreglarlo y como quien dice jugamos a la cuerda con el brazo. El tiró hacia un lado y yo hacia el contrario tres veces, con lo que creo que me debo haber desgarrado un músculo por los dolores que tengo.
De ahí me agarraron y me llevaron hasta el pueblito más cercano. Sin embargo, me llamó la atención que en el camino llamara el padre Cox para averiguar de mi accidente. ¡Gentil el padrecito! Luego de un largo trayecto para mi gusto y dolor, llegamos buscando un quiropráctico entre el populorum que no estaba, pero por suerte su señora sí y me puso calor con una máquina en la zona para calentar la cápsula, ya que más encima nos vinimos con el aire acondicionado puesto y eso enfrío mas la zona a tratar, pero con la alegría de la llamada recibida me sentía mejor (al punto del desmayo). Felizmente Ileana y Anita me daban ánimos, mientras Marcelo buscaba otro veterinario, perdón digo Doctor, que encontramos por un dato que nos dieron de un doctor que quedaba cerca de la cruz roja. Este me inyectó un calmante, que a mí me supo más que nada a placebo y luego con tracción mecánica colocó el hueso en su lugar, mientras Willy se defendía a capa y espada de que no se lo llevaran unas mujeres que querían raptarlo, ya que se había quedado fuera del consultorio para defender mi privacidad; aventuras y desventuras en
y ya al salir todo el populorum volteó a saludarme al percatarse de mi presencia. Lástima que tenía el brazo malo y no pude firmar autógrafos. Al doctor lo único que se nos fue decirle era que habíamos jugado a la cuerda con mi brazo, sin embargo gracias a Dios me traje el eurogesic que me habían recomendado cuando me corté el otro brazo y como no me dolió tanto en esa oportunidad como el doctor había dicho tengo casi todas las pastillas para poder ocuparlas ahora. El brazo lo tengo hinchado, molesta, pero voy tratando que vaya haciendo distintas cosas para evitar una recuperación más lenta. Además lo más lindo de toda la vivencia fue como se portaron conmigo, no me dejaron pagar ni el doctor ni la salida a comer de la noche. Impresionante la solidaridad de este grupo compuesto en su mayoría por extranjeros ya que me amarraron el brazo derecho para que no lo moviera y me pusieron un cabestrillo.
En la noche salimos a comer. Parecíamos la ONU entre ticos, chilena, argentino, peruanos. Al final en castigo me comí todo el postre de Willy que se tuvo que ir a la cama sin siquiera haberlo probado.
Como verás fuera de eso todo ha sido una maravilla. Además me porté como una verdadera dama y no dije ni una mala palabra ni grité, solo unos pequeños gemidos de dolor, que atrajeron a las masas del pueblo, a pesar que era tanto que ya transpiraba por la frente y en un momento pensé que me iba a desvanecer. La calma la conservé hasta el día de hoy en que no sé como escribo ésta carta desde mi lecho de enferma.
Con todo, como puedes ver, ha sido una experiencia maravillosa y que me ha llevado al límite. Lo único extraño, es que Willy pasado el incidente se dio a la fuga y me abandonó en las manos de un doctor amigo de él de una clínica rarísima en Costa Rica cinco días después de pasado el incidente. Dicen que lo vieron en un retiro de profundización matrimonial en México, pero a mí me late que anda arrancado por Sudamérica en vista que su amigo, el doctor, cuando me vio me dijo que habíamos hecho todo lo posible para matar los nervios del brazo y haberlo dejado sin movilidad para siempre. Por lo cual me tuve que someter a una operación para que me fijaran el trozo del hombro que se había fisurado y desplazado y girado hacia arriba. Para esto había que fijarlo con un tornillo especial de titanio para que quedara bien y no produjera problemas en el futuro. Claro que con anestesia general y todo dice el doctor que yo pedía mi desayuno de café con huevos revueltos, pero nadie me lo quiso dar en ese lugar. A regañadientes me dieron tres vasos de distintos tamaños y formas con puras cosas líquidas que según ellos era comida y yo insistía en que me dieran un buen desayuno como los que a mi me gustan. Parece que allá no se acostumbra a tratar bien a los pacientes cuando salen de la operación y darle atención de buffet de hotel.
Lo último que me contaron de Willy es que todavía no se sabía si había vuelto a Costa Rica a atender sus asuntos, que incluyen la directiva de la Clínica donde me atendieron por miedo que el doctor lo acuse de practicar la profesión de médico sin serlo.
Y por ahora hago lo que dicen acá, déjate regalonear y eso es lo que estoy haciendo.
En todo caso ya aprendí como tenía que girar en la próxima oportunidad que me ocurriera. De hecho me volví a bañar tres veces más en el mar ya que decidí que si los mancos podían yo también, así que capeé olas y todo y me fui hasta detrás de ellas a gozar del mar. Veremos qué puedo llegar a hacer cuando me recupere de la operación.