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    Imaginación enferma
    Subido por Beatriz Letelier el 12 de Noviembre de 2004

    Jesús Ginés Ortega
    Universidad Santo Tomás

    Tanto en imágenes como en imaginación, el hombre actual tipo medio sólo se conmueve con emociones fuertes. Así podríamos desprenderlo de la catarata constante de ofertas de entretenimiento que le vienen ofrecidas en los kioskos, en las librerías, en las salas de cine o en las pantallas de una televisión escorada hacia la vulgaridad.

    Es difícil llevar la cuenta estadística de cómo afectan estas ofertas omnipresentes en las grandes masas anónimas que hormiguean por nuestras ciudades contaminadas con tal cantidad de ruido, vulgaridad y feísmo. Pero, a juzgar por la amplia oferta, podemos presumir que corresponde a una gran demanda. Así lo sugieren las reglas globales del libre mercado al que estamos sometidos sin descanso, día y noche, ciudad a ciudad, pueblo a pueblo.

    Lejos de relajarnos con los suaves tonos pastel y con palabras dulces y armoniosamente moduladas, pareciera que necesitáramos con urgencia, cada vez mayor, una dosis de sexo, de violencia y de irreverencia ante lo sagrado. Nosotros, los esclavos consumidores, como hoy somos catalogados los hombres y mujeres comunes por parte de los líderes de opinión y por los distintos tipos de tribunos que dicen representarnos, nos vemos expuestos, mal que nos pese, a devorar el menú que aquellos disponen para nosotros cada día, a cada hora, en todas partes. Sólo recibimos imágenes cada vez más fuertes, más violentas, más escandalizantes. Después de un tiempo de emborracharnos de violencia y sexo, pareciera que ya no queda otra posibilidad que arremeter con todo contra lo más hondo, lo más respetado y respetable, contra lo sagrado, contra lo santo, contra el Altísimo. Es el sino de nuestra era que, a falta de una conflagración mundial, se autoinmola virtualmente ante escaramuzas cargadas de suciedad y estridencia.

    Esta es una reflexión a la que me llevan hechos tan poco tranquilizadores como el éxito clamoroso de novelas explosivas en violencia terrorista, en sexo superlativo o en inflamantes documentales cargados de odio contra movimientos religiosos como el superventas "código da Vinci", del que los más cuerdos saben que es una grotesca invención anti Opus Dei, pero del que hacen su deleite ingentes tropas de consumidores insensatos que abundan en todas partes. ¡Qué no decir de aquellas obras teatrales que tratan de captar clientes poniendo en su titular una blasfemia, propia de seres de subcultura y submentalidad efectivas. ¡Hay que ser muy cercano a la esquizofrenia para blasfemar ante el mundo y colocar en cartelera un título que solamente les ofende a quienes participan de él, ya que al Altísimo no creo que le afecten tan soeces expresiones de impotencia.

    Recorriendo las carteleras de las salas llamadas de arte dramático o las librerías bien adobadas por legiones de auto referentes intelectuales, una persona con sentimientos de una cierta nobleza, no tiene otra instancia que pasar de largo o dejar escapar un suspiro de indignación e impotencia. ¿Por qué -tiene uno derecho a preguntarse- tienden a prevalecer las peores manifestaciones del peor de los sentimientos humanos, como lo son la ira, la envidia, la soberbia o la fealdad metafísica? Porque todos esos pecados capitales se encuentran en el origen y destino de tan aberrantes conductas mal llamadas intelectuales, a no ser que se haga la suprema distinción entre intelectualidad e inteligencia, siendo la primera solamente una caricatura de la segunda.

    ¿Qué tipo de inteligencia puede encontrarse en la mentira rebuscada que trata de ensuciar a cualquier costo a personas e instituciones que son esencialmente buenas, inofensivas, purificadoras con sus conductas del ambiente, dignas objetivamente de un mejor tratamiento? ¿A quien puede ofenderle el acto de fe de millones de creyentes, el acto de hidalguía de millares de hombres y mujeres que declaran sin ambages que buscan en la vida ser un poco mejores cada día, con el propósito puesto en la posibilidad cierta de hacerse santos?

    Frente a la incuria de unos y al derrotismo de otros, las imágenes e imaginaciones basura prosperan en el ancho mundo, cubriendo un campo que otrora perteneció al espíritu de los más selectos, de los más nobles y que hoy, a no dudarlo, ha sido ocupado desmesuradamente por una legión de mediocres irracionales, de aburridos apasionados, que, esperemos, como todo lo que es simple paja, se llevará el viento.


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