La progresiva secularización de la sociedad, ha depositado una sobredimensionada confianza en la capacidad racional del ser humano y ha situado al hombre como eje de dominio del mundo. La razón debe englobarlo, comprenderlo y revelarlo todo.
Sin embargo, la tendencia del hombre hacia lo sobrenatural y lo divino siempre ha encerrado un gran misterio para la humanidad y la religión ha llamado la atención no sólo de los teólogos, sino también de filósofos, escritores, artistas, arquitectos, historiadores y políticos quienes, por medio de las artes y la lengua, han llegado a extralimitar sus capacidades por alcanzar a representar, explicar y contestar lo que sigue permaneciendo como un misterio: la fuerza de lo divino y la compleja racionalidad humana.
Dentro del debate social, han surgido voces intelectuales de quienes se cuestionan si una sociedad de hombres sin Dios sería mejor o peor que una de hombres con Dios. A mi mente se vienen los ejemplos de sociedades como la que deseó instaurar el nacionalsocialismo de Hitler, o la que actualmente dirige el Presidente cubano, Fidel Castro, en donde la negación hacia la espiritualidad y los preceptos que la conforman, dictaminados sólo por la razón, han llegado a vulnerar todos los derechos fundamentales.
Según un estudio, sobre el estado actual de las religiones mundiales, realizado por la BBC de Londres, el segmento ateo (compuesto por alrededor de 850 millones de personas, a nivel mundial) declaró rescatar del sentido místico, en el hombre, ser no sólo fuente inspiradora en las artes y la música, en la realización de obras de caridad o servir como origen de sabiduría por medio de las enseñanzas de los textos sagrados, sino, también, un camino de estímulo hacia la solidaridad y unión en la sociedad.
La figura de su S.S. Juan Pablo II, ha logrado conmover tanto creyentes como a no creyentes de todo el mundo quienes, por medio de sus plegarias y buenos deseos, manifiestan el impacto de un hombre cuya trascendencia se afirma no sólo por ser el máximo representante de una religión, sino, además, por haber sido fuente inspiradora de valores y principios que enaltecen todas las potencialidades humanas. En su último libro, Memoria e Identidad, el Pontífice afirmó que, “para la cultura humana, no sólo es esencial el conocimiento que el hombre tiene del mundo externo, sino también el que tiene de sí mismo”.
La sociedad pos-moderna, a pesar de todos sus avances, no ha logrado moldear aquella esencia inalterada que caracteriza a la especie humana y la aparta de cualquier otro ser vivo: su indeleble búsqueda, por diversos trayectos, hacia la perfección, su realización, el alcance de la felicidad y el fin último por descifrar a la verdad; y las respuestas a estas constantes no emanarán, exclusivamente, por medio de vías que sólo acentúan la indiscutible capacidad del hombre como ser pensante y racional.
Paula Schmidt M.
Periodista e Historiadora
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