Una catequista joven me contó conmovida que, después de explicar los milagros de Jesús, los niños corrieron hasta la esquina de la plaza donde un ciego pedía limosna.
- ¿Qué quieres que pidamos para ti al Niño Dios? - le preguntaron.
Y el ciego dijo:
- Me gustaría ver... pero es imposible.
Entonces una niña, recordando la doctrina de la catequesis, y los grandes prodigios que había obrado Jesús, le dijo muy decidida:
- Voy a pedirte unos ojos de águila, porque así podrás ver lejos, muy lejos... hasta la presa de la Boca o más.
Y mientras el ciego sonreía, otro niño añadió:
- Pues yo pediré para ti los ojos de un puma para que puedas ver todo en la noche y sin anteojos.
- ¡O los de una abejita! - añadió entusiasmada la más pequeña- ¡así podrás ver todos los colores de las flores!
- No, no pidan nada de eso - replicó conmovido el ciego.
Y antes de que los pequeños salieran de su asombro añadió:
- Me bastan los ojos de un niño, porque con ellos veré tan lejos como llega la fe.
Que Dios te bendiga