Novedades en la categoría Dialogando con Dios

Para este ejercicio de meditación es necesario que estés en un lugar y en una posición cómoda. Haz algún pequeño ejercicio de relajación (respiración profunda y pausada, pensar en algo que te agrade, etc) y luego reza pidiéndole al Espíritu Santo que te ilumine a lo largo de este ejercicio.

A continuación lee el cuento El Patito Feo

Luego de leer el cuento haz el siguiente ejercicio:

• Visualiza a una pata, semioculta entre los juncos, empollando en su nidal. Contempla su espera paciente, su silencio expectante, su entrega ilimitada, mientras comunica el calor de su cuerpo a la puesta que oculta bajo sus plumas... Después de días con apenas breves pausas para saciar su apetito, el esfuerzo ha dado fruto. Ha percibido un movimiento leve bajo su cuerpo.

• Contémplala retirándose un poco para observar con ojos cargados de asombro el comienzo de la vida... Los pollos van rompiendo la cáscara y asomando su mirada curiosa al paisaje que los envuelve...

• Identifícate con uno de esos patitos y asómate a la vida. Contempla, con tus ojos recién estrenados, la naturaleza que te rodea. contempla el sol de verano... Déjate sorprender por su majestuosa presencia, iluminar por su luz, acariciar la piel por sus rayos. Persevera en la contemplación hasta que puedas confesar: "Señor, ya sé lo que quieres decirme"...

• Contempla, con tus ojos recién estrenados, el trigo amarillo, la avena verde, los haces de heno, los juncos, el bosque lejano... Déjate sorprender por los diversos tonos e intensidades de los verdes del campo. Persevera en la contemplación de la flora que te rodea hasta que puedas confesar: "Señor, ya sé lo que quieres decirme"...

• Contempla, con tus ojos recién estrenados, el lago cercano. Déjate impresionar por su serena belleza, por sus aguas profundas, por su clara transparencia, por el frescor que crea en su entorno, por la vida que engendra con su muda presencia... Persevera en la contemplación hasta que puedas confesar: "Señor, ya sé lo que quieres decirme"...

• Deja que la brisa de la mañana acaricie tu piel. Nota su frescor, aspira las aromas que te trae, admira la huella rizada que deja en la superficie del lago... Persevera en la contemplación hasta que puedas confesar: "Señor, ya sé lo que quieres decirme"...

• Contempla el cercano castillo. Observa sus piedras, sus murallas, sus almenas, sus torres. Escucha las pisadas de los soldados, las voces de los hombres, las risas de las mujeres, los gritos de los niños... Toma conciencia de la presencia, cercana e inquietante, de los seres humanos... Persevera en la contemplación hasta que puedas confesar: "Señor, ya sé lo que quieres decirme"...

• Contémplate a ti mismo. Sorpréndete de lo que eres, sueñas, anhelas, deseas... Toma conciencia de la vida que circula por tus venas. Persevera en la contemplación hasta que puedas confesar: "Señor, ya sé lo que quieres decirme"...

• Termina la oración rezando o canturreando este salmo:

"Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!
Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos;
la luna y las estrellas que has creado,

¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él?;
el ser humano, para darle poder?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo tus pies:
rebaños de ovejas y toros
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.
señor, Dios nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Fuente:
"El Patito Feo Una fábula para orar y meditar" Emanuela Ghini, Editorial PPC, Editorial y Distribuidora, S.A.; 2002. Página 116.
email:ppcedit@ppc-editorial.com

Carta a Dios

user-pic
Voto 0 Votos

carta_a_dios.jpg¡¡Hola Dios!! ¿Cómo estás? Te escribo para saludarte y porque ahora sí tengo que surtirme, pues la "canasta básica" con que me mandaste al mundo se me ha ido agotando a lo largo de estos años.

Por ejemplo, la paciencia se me acabó por completo, igual que la prudencia y la tolerancia. Ya me quedan poquitas esperanzas y el frasquito de fe, está también vacío.

La imaginación también está escaseando por estos rumbos. Debes saber que hay cosas de la canasta que ya no necesito como la dependencia y esa facilidad para hacer berrinches, que tantos sinsabores y problemas me han ocasionado. Así que quisiera pedirte nuevos productos para la canasta.

Para empezar me gustaría que rellenaras los frascos de paciencia y tolerancia (pero hasta el tope), y mándame por favor el curso intensivo: "Cómo ser más prudente", volúmenes 1, 2 y 3.

Envíame también varias bolsas grandes, pero "bolsones" de madurez que tanta falta me hace. Quisiera un costal grande lleno de sonrisas, de esas que alegran el día a cualquiera.

Te pido que me mandes dos piedras grandes y pesadas para atarlas a mis pies y tenerlos siempre sobre la tierra.

Si tienes por ahí guardada una brújula para orientarme y tomar el camino correcto, te lo agradecería mucho.

Regálame imaginación otra vez; pero no demasiada, porque debo confesar que en algunas ocasiones tomé grandes cantidades y me empachó. Nuevas ilusiones y una doble ración de fe y esperanza también me caería excelente.

Te pido también una paleta de colores para pintar mi vida cuando la vea gris y oscura. Me sería muy útil un bote de basura para tirar todo lo que me hace daño.

Te pido muchas zanahorias, para tener buena vista y no dejar pasar las oportunidades por no verlas.

Necesito también un reloj grande, muy grande, para que cada vez que lo vea me acuerde de que el tiempo corre y no debo desperdiciarlo.

¿Podrías mandarme muchísima fuerza y seguridad en mí misma? Sé que voy a necesitarlas para soportar los tiempos difíciles y para levantarme cuando caiga.

También quisiera un bote de pastillas de las que hacen que crezca la fuerza de voluntad y el empeño, para que me vaya bien en la vida y te pido unas tres o cuatro toneladas de "ganas de vivir", para cumplir mis sueños.

Necesito también una pluma con mucha tinta, para escribir todos mis logros y mis fracasos. Pero más que nada, te pido que me des mucha vida, para lograr todo lo que tengo en mente y para que el día que me vaya contigo, tenga algo que llevarte y veas que no desperdicié el tiempo aquí en la Tierra.

De antemano te agradezco lo que me puedas mandar y te agradezco el doble todo lo que me mandaste la primera vez.

Con mucho cariño....

Te adora, tu hija

Autor: Anónimo

El silencio de Jesús

user-pic
Voto 0 Votos

La oración es una conversación con Dios donde, partiendo de un suceso de nuestra vida le vamos preguntando a Él por dónde tenemos que ir, qué nos está pidiendo que hagamos, que actitud debemos conquistar. Esta parábola nos enseña que la mirada de Dios es distinta a la de la nuestra.

Cuenta una antigua leyenda noruega, acerca de un hombre llamado Haakon, quien cuidaba una ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una Cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.

Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor. Lo impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la Cruz y dijo: "Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la Cruz". Y se quedó con la mirada fija puesta en la efigie, como esperando la respuesta. El señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: "Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición".

"¿Cuál, señor?", preguntó con acento suplicante Haakon. "¿Es una condición difícil?. Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, señor" Respondió el viejo ermitaño.

"Escucha: Suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardar silencio siempre." le dijo el Señor.

Haakon contestó: "¡Os lo prometo, Señor!" Y se efectuó el cambio.

Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño colgado con clavos en la Cruz. El señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada, pero un día llegó un rico que, después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje.

Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo furioso: " ¡Dame la bolsa que me has robado!"

El joven sorprendido replicó: "¡No he robado ninguna bolsa!"

"¡No mientas, devuélvemela enseguida!" insistió el rico

"¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa!" volvió a decirle el joven

El rico arremetió furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte: "¡Detente!". El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, gritó defendiendo al joven, increpó al rico por la falsa acusación. Este quedó anonadado y salió de la ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje.

Cuando la ermita quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo: "Baja de la Cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio".

"Señor, ¿cómo iba a permitir esa injusticia?" le contestó Haakon

Y se cambiaron los oficios. Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la Cruz. El

Señor siguió hablando: "Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues lleva en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía una necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo; en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada. Yo sí sé. Por eso callo." Y el señor nuevamente guardó silencio.

PARA REFLEXIONAR

Una de las cosas que más nos intrigan es el constatar que ante algunas circunstancias difíciles de la vida, da la impresión de que para Jesús pasa desapercibido nuestro dolor, angustia y necesidad. En otras palabras, parecería que efectivamente guarda silencio. Lo que sucede es que nosotros no podemos ver más allá de la inmediatez del momento y no nos damos cuenta de que detrás de lo que nos sucede y del aparente silencio de Jesús se esconde un gran propósito. La próxima vez no te preguntes el por qué de lo que te sucede, pregunta el para qué, y qué es lo que el Señor quiere o tiene de mí en esta situación.

"Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy paciente y humilde de corazón". (MATEO 11, 29)


Me impresionó al ir a bendecir un departamento hace pocos días que estaba en un conjunto habitacional SERVIU. Tuve que cerrar 7 rejas y puertas para llegar. Parecía una cárcel de "alta seguridad" y, simplemente, era un departamento sencillo de clase media popular.

¿Por qué tanta reja Sin duda, pueden haber muchas situaciones que lo justifiquen pero encuentro que es terrible vivir así.

Si veo a mi vecino primero que todo como un enemigo que a un amigo. Si mi trato es sólo un fugaz saludo, en vez de acercarme a conocer su vida y situación; de tener un encuentro más personal con él.

Si mi vida es sólo con los míos y mi televisión y poco conozco de la realidad y necesidades de los que habitan a mi alrededor.

Si mi trabajo y preocupaciones no me permiten conocer, relacionarme y colaborar con los que viven cerca de mí y junto a mi; lo común, lo típico será qué me encierre para resguardarme; porque claro, el mundo lo percibiré como un lugar hostil

Me acuerdo que hace algunos días una hermana extranjera que hace años trabaja en sectores populares me decía: "hay gente que está vendiendo sus departamentos para volver a la población; porque aquí se sienten muy solos y quieren volver a tener amigos".

¿Curioso? ¿Extraño? - puede ser para muchos - pero otros prefieren vivir en forma más sencilla pero más acompañados.

Por eso cuando llegue un vecino, cuando llegue alguien nuevo a instalarse cerca tuyo, más que levantar una reja y colocar un candado, extiende la mano y tendrás la oportunidad de cultivar la mejor seguridad: la seguridad de los amigos.

Invitó a abrir las puertas de tu corazón de dejar caer las rejas que has levantado alrededor de él, para que otros entren en él y vivan la más hermosa experiencia que se puede tener: La de "habitar seguro" en el corazón del otro, el corazón de tu amigo.

P. Carlos Cox D.


"Hoy, lunes de Resurrección, ¡tengo imperiosa necesidad de renovar y profundizar el contacto con mis hermanos! ¡Cristo ha resucitado! Contigo, Madrecita, quisiera cantar el Magníficat. Tú fuiste la única persona sobre la tierra que mantuvo la más inalterable esperanza en que aquel templo destruido sería verdaderamente reedificado en tres días, y por eso estuviste toda la Vigilia de Pascua en vela y en oración, aguardando el milagro supremo de tu Hijo. Seguramente él, antes que las mujeres fueran de madrugada al sepulcro, luego de su maravillosa resurrección, vino de inmediato a ti, para regresar resucitado al mundo junto a la misma persona que lo recibió en sus brazos al ser descendido de la cruz del sacrificio redentor... Quiero esperar como tú, en confianza y alegría el triunfo de tu Hijo y su resurrección en los otros y en mí."

Mario Hiriart
www.mariohiriart.cl

Autor : Francisco Fernández Carvajal

I. Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro con Cristo, acompañados por las buenas obras.

Quizá hayamos tenido la experiencia, de lo que es caminar en la noche y arrastrar los pies durante kilómetros, alargando ávidamente la vista hacia una luz en la lejanía que representa de alguna forma el hogar. ¡Qué difícil resulta apreciar en plena oscuridad las distancias¡ Lo mismo puede haber un par de kilómetros hasta el lugar de nuestro destino, que unos pocos cientos de metros! En esa situación se encontraban los profetas cuando miraban hacia adelante, en espera de la redención de su pueblo. No podían decir, con una aproximación de cien años ni de quinientos, cuándo habría de venir el Mesías. Sólo sabían que en algún momento la estirpe de David retornaría de nuevo, que la luz que sólo se divisaba entonces como un punto débil en el horizonte se ensancharía al fin, hasta ser un día perfecto. El pueblo de Dios debía estar a la espera.

Esta misma actitud de expectación desea la Iglesia que tengamos sus hijos en todos los momentos de nuestra vida. Nos alienta a que caminemos con los pastores, en plena noche, vigilantes, dirigiendo nuestra mirada hacia aquella luz que sale de la gruta de Belén.

Estad vigilantes, nos dice el Señor, porque nosotros podemos olvidarnos de lo más fundamental de nuestra existencia. La Iglesia nos alerta con cuatro semanas de antelación que nos preparemos a celebrar de nuevo la Navidad y, a la vez, para que, con el recuerdo de la primera venida de Dios hecho hombre al mundo, estemos atentos a esas otras venidas de Dios, al final de la vida de cada uno y al final de los tiempos. Por eso, el Adviento es tiempo de preparación y esperanza.

“Ven, Señor, y no tardes”. Preparemos el camino para el Señor que llegará pronto; y si advertimos que nuestra visión está nublada y no vemos con claridad esa luz que procede de Belén, de Jesús, es el momento de apartar los obstáculos. Es tiempo de hacer con especial finura el examen de conciencia y de mejorar en nuestra pureza interior para recibir a Dios. Es el momento de discernir qué cosas nos separan del Señor, y tirarlas lejos de nosotros. Para ello, este examen debe ir a las raíces mismas de nuestros actos, a los motivos que inspiran nuestras acciones

II. Como en este tiempo queremos de verdad acercarnos más a Dios, examinemos a fondo nuestra alma. Allí encontraremos los verdaderos enemigos que luchan constantemente para separarnos del Señor. Allí están los principales obstáculos para nuestra vida cristiana: La concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida.

La concupiscencia de la carne no es sólo la tenencia desordenada de los sentidos en general, no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aún a costa de ceder en la fidelidad a Dios.

La concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar.

Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que Nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses y, al llenarse de amor por si misma, vuelve la espalda al amor de Dios.

La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, la soberbia. No se trata sólo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque éste es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos.

Puesto que el Señor viene a nosotros, hemos de prepararnos. Cuando llegue la Navidad, el Señor debe encontrarnos atentos y con el alma dispuesta; así debe hallarnos también en nuestro encuentro definitivo con Él. Necesitamos enderezar los caminos de nuestra vida, volvernos hacia ese Dios que viene hacia nosotros. Toda la existencia del hombre es una constante preparación para ver al Señor, que cada vez está más cerca; pero en el Adviento la Iglesia nos ayuda A PEDIR DE UNA MANERA ESPECIAL; Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad: enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Preparemos este encuentro en el sacramento de la confesión.

Cercano a la Navidad de 1980, el Papa Juan Pablo II estuvo con más de 2.000 niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: ¿Cómo os preparáis para la Navidad? Con la oración, respondieron los niños. Bien con oración, les dice el Papa, pero también con la confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis? Y los niños, más fuerte todavía responden: ¡Lo haremos!. Sí, debéis hacerlo, les dice Juan Pablo II. Y en voz más baja: El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios.

Así lo haremos también nosotros, con más amor, con más contrición. Porque siempre podemos recibir con mejores disposiciones este sacramento de la misericordia divina, como consecuencia de examinar más a fondo nuestra alma.


Fuente : “Hablar con Dios” de Francisco Fernández Carvajal

 

Sobre este archivo

Esta página es un archivo de las últimas entradas en la categoría Dialogando con Dios.

Cuentos es la categoría anterior.

Editorial es la siguiente categoría.

Encontrará los contenidos recientes en la página principal. Consulte los archivos para ver todos los contenidos.

¡Suscribirse

Si quiere suscribirse para recibir las últimas actualizaciones de Todo Mjer entre su email: