Novedades en la categoría Dialogando con Dios


"Hoy, lunes de Resurrección, ¡tengo imperiosa necesidad de renovar y profundizar el contacto con mis hermanos! ¡Cristo ha resucitado! Contigo, Madrecita, quisiera cantar el Magníficat. Tú fuiste la única persona sobre la tierra que mantuvo la más inalterable esperanza en que aquel templo destruido sería verdaderamente reedificado en tres días, y por eso estuviste toda la Vigilia de Pascua en vela y en oración, aguardando el milagro supremo de tu Hijo. Seguramente él, antes que las mujeres fueran de madrugada al sepulcro, luego de su maravillosa resurrección, vino de inmediato a ti, para regresar resucitado al mundo junto a la misma persona que lo recibió en sus brazos al ser descendido de la cruz del sacrificio redentor... Quiero esperar como tú, en confianza y alegría el triunfo de tu Hijo y su resurrección en los otros y en mí."

Mario Hiriart
www.mariohiriart.cl

Autor : Francisco Fernández Carvajal

I. Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro con Cristo, acompañados por las buenas obras.

Quizá hayamos tenido la experiencia, de lo que es caminar en la noche y arrastrar los pies durante kilómetros, alargando ávidamente la vista hacia una luz en la lejanía que representa de alguna forma el hogar. ¡Qué difícil resulta apreciar en plena oscuridad las distancias¡ Lo mismo puede haber un par de kilómetros hasta el lugar de nuestro destino, que unos pocos cientos de metros! En esa situación se encontraban los profetas cuando miraban hacia adelante, en espera de la redención de su pueblo. No podían decir, con una aproximación de cien años ni de quinientos, cuándo habría de venir el Mesías. Sólo sabían que en algún momento la estirpe de David retornaría de nuevo, que la luz que sólo se divisaba entonces como un punto débil en el horizonte se ensancharía al fin, hasta ser un día perfecto. El pueblo de Dios debía estar a la espera.

Esta misma actitud de expectación desea la Iglesia que tengamos sus hijos en todos los momentos de nuestra vida. Nos alienta a que caminemos con los pastores, en plena noche, vigilantes, dirigiendo nuestra mirada hacia aquella luz que sale de la gruta de Belén.

Estad vigilantes, nos dice el Señor, porque nosotros podemos olvidarnos de lo más fundamental de nuestra existencia. La Iglesia nos alerta con cuatro semanas de antelación que nos preparemos a celebrar de nuevo la Navidad y, a la vez, para que, con el recuerdo de la primera venida de Dios hecho hombre al mundo, estemos atentos a esas otras venidas de Dios, al final de la vida de cada uno y al final de los tiempos. Por eso, el Adviento es tiempo de preparación y esperanza.

“Ven, Señor, y no tardes”. Preparemos el camino para el Señor que llegará pronto; y si advertimos que nuestra visión está nublada y no vemos con claridad esa luz que procede de Belén, de Jesús, es el momento de apartar los obstáculos. Es tiempo de hacer con especial finura el examen de conciencia y de mejorar en nuestra pureza interior para recibir a Dios. Es el momento de discernir qué cosas nos separan del Señor, y tirarlas lejos de nosotros. Para ello, este examen debe ir a las raíces mismas de nuestros actos, a los motivos que inspiran nuestras acciones

II. Como en este tiempo queremos de verdad acercarnos más a Dios, examinemos a fondo nuestra alma. Allí encontraremos los verdaderos enemigos que luchan constantemente para separarnos del Señor. Allí están los principales obstáculos para nuestra vida cristiana: La concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida.

La concupiscencia de la carne no es sólo la tenencia desordenada de los sentidos en general, no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aún a costa de ceder en la fidelidad a Dios.

La concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar.

Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que Nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses y, al llenarse de amor por si misma, vuelve la espalda al amor de Dios.

La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, la soberbia. No se trata sólo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque éste es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos.

Puesto que el Señor viene a nosotros, hemos de prepararnos. Cuando llegue la Navidad, el Señor debe encontrarnos atentos y con el alma dispuesta; así debe hallarnos también en nuestro encuentro definitivo con Él. Necesitamos enderezar los caminos de nuestra vida, volvernos hacia ese Dios que viene hacia nosotros. Toda la existencia del hombre es una constante preparación para ver al Señor, que cada vez está más cerca; pero en el Adviento la Iglesia nos ayuda A PEDIR DE UNA MANERA ESPECIAL; Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad: enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Preparemos este encuentro en el sacramento de la confesión.

Cercano a la Navidad de 1980, el Papa Juan Pablo II estuvo con más de 2.000 niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: ¿Cómo os preparáis para la Navidad? Con la oración, respondieron los niños. Bien con oración, les dice el Papa, pero también con la confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis? Y los niños, más fuerte todavía responden: ¡Lo haremos!. Sí, debéis hacerlo, les dice Juan Pablo II. Y en voz más baja: El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño Dios.

Así lo haremos también nosotros, con más amor, con más contrición. Porque siempre podemos recibir con mejores disposiciones este sacramento de la misericordia divina, como consecuencia de examinar más a fondo nuestra alma.


Fuente : “Hablar con Dios” de Francisco Fernández Carvajal

 

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