Autor: P. Hugo Tagle Moreno
Durante el tiempo cuaresmal acompañamos a Cristo en su camino a Jerusalén adentrándonos poco a poco en el misterio central de la fe, el de su pasión, muerte y resurrección. Aquí se rememoran tanto los cuarenta días en el desierto de Moisé, Elías y Jesús mismo al inicio de su predicación, como los cuarenta años del pueblo de Israel camino a la tierra prometida. En su profundo sentido de penitencia y renovación, la cuaresma busca abrir a los cristianos a la Pascua, punto de encuentro con la vida que se regala en Cristo resucitado.
La gracia de la fe es un don, un regalo, el cual ha de llevarnos a compartirla con otros, particularmente en este tiempo. Así lo señala Juan Pablo II en su carta cuaresmal del año pasado: "La cuaresma es como un retorno a las raíces de la fe, porque meditando sobre el don de gracia inconmensurable que es la Redención, nos damos cuenta de que todo ha sido dado por amorosa iniciativa divina. Así nos lo dice el Señor mismo: "Gratis lo recibisteis; dadlo gratis (Mt 10, 8)".
Cristo invita a "subir a Jerusalén" en la vía de la Cruz y a iniciar un proceso de conversión, propia del tiempo cuaresmal. Este camino, verdadero itinerario de vida, es ocasión propicia para realizar una profunda revisión de vida que lleve a compartirla, tal como se nos regaló a nosotros.
El haber recibido gratis la vida, señala el Papa, nos debe llevar a darla a los demás de manera gratuita. "Así lo pide Jesús a los discípulos, al enviarles como testigos suyos en el mundo: Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. Y el primer don que hemos de dar es el de una vida santa, que dé testimonio del amor gratuito de Dios. El itinerario cuaresmal es para todos los creyentes una llamada constante a profundizar en esta peculiar vocación. El creyente se ha de abrir a una existencia que se distinga por la gratuidad, entregándose a sí mismo, sin reservas, a Dios y al próximo".Los trágicos acontecimientos causados por la soberbia humana y que aún palpitan en el inconsciente colectivo, han hecho surgir profundos fosos de odio y de violencia entre algunos pueblos. Asistimos con impotencia al reflorecer de conflictos que creíamos definitivamente superados, dando la impresión que algunos viven atrapados en una espiral de imparable violencia sin una concreta perspectiva de solución. Los auspicios de paz resultan aparentemente ineficaces y la concordia deseada no logra afianzarse. Es allí cuando el hombre de fe apela a la certeza de que la unidad y la paz son sólo producto de una renovación interior conducida por y hacia Cristo.
La Iglesia, anunciando la reconciliación, presenta a la humanidad entera una nueva forma de relacionarse con los demás, una forma ciertamente fatigosa, pero rica en esperanza. Mediante el sacramento de la reconciliación, se nos concede en Cristo su perdón, lo que empuja a vivir en la caridad, a considerar al otro no como un enemigo, sino como un hermano.
Este cambio interior regala su sentido a otro aspecto propio de la cuaresma: la penitencia y el desprendimiento. La conciencia de saberse regalado por Dios lleva a tener un corazón generoso. Las renuncias propias de cuaresma han de ser reflejo de ese afecto de sentirse querido por El y por tanto llevan a abrirse generosamente a quienes sufren carencias y padecen hambre y pobreza.
Señala el Papa que "no se trata de dar lo que nos es superfluo para tranquilizar la propia conciencia, sino de hacerse cargo con solidaridad de la miseria presente en el mundo. Considerar el rostro doliente y las condiciones de sufrimiento de muchos hermanos impulsa a compartir, al menos parte de los propios bienes, con aquellos que se encuentran en dificultad". Sólo así adquieren pleno sentido las prácticas ascéticas de este tiempo, transformándose en vida para otros, posibilidad de encuentro con los hombres y con Dios. "Si alguno que posee bienes de la tierra y ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en el amor de Dios?" (1 Jn 3, 17), señala San Juan.
El seguimiento de Jesús supone no pocos sacrificios. Pero el creyente sabe que son infinitamente mayores los dones que se regalan en ella, renovada ahora en el camino de reconciliación y conversión cuaresmal. La vivencia de ese encuentro esperanzado con el Señor de la vida, es un sentido anhelo de una humanidad agobiada por el desencuentro, las tensiones y luchas. El fin del tiempo cuaresmal -la participación en la gracia pascual, verdadera y única fuente de vida- indica la certeza de ese encuentro.