
Diciembre es un mes que evoca muchas cosas: el calor del verano y el olor a cocina de la abuela. Regresan los ruido de los niños dando vueltas y jugando por la casa ahora que terminaron el año escolar. Los jóvenes de cuarto medio están rindiendo su PSU y sienten, que tras los 12 años de estudio, ahora se juegan todo su futuro.Es también tiempo de exámenes para los que son universitarios y de planear las vacaciones. Es también el tiempo en que vivimos fuertemente el ser familia, marcado en especial por la Navidad y el Año Nuevo. Es tiempo de regalar, de gozar, de compartir.
Como mujeres vivimos este mes con una mezcla de sentimientos en el corazón. Por un lado queremos estar con los nuestros, crear hogar para ellos; pero, por otra parte, el correr de una lado a otro nos agota. Quizás por esa presión que vivimos al cumplir varias labores al mismo tiempo (trabajar, ser dueñas de casa, esposas, amigas, hermanas, hijas, compañeras) es que se acentúa aún más nuestra verdadera maternidad, si la vivimos bien, o nuestro maternalismo, que evita que estas fiestas se puedan enriquecer con la originalidad de cada uno de los nuestros.
Por ser un período más exigente es que conviene reforzar los rasgos propios de la maternidad: el acoger al otro pero, al mismo tiempo, estimularlo a que contribuya al ambiente navideño con su sello personal; el ser alma de nuestros hogares ayudando a que sea un lugar de encuentro para toda la familia sin presiones ni demandas agobiantes, el estar abierta a dar el "sí" frente a los compromisos que nuestros hijos y esposos tienen en esta época para que sientan que la Navidad y el Año Nuevo más que correr de un lado para otro es la oportunidad de dejarse tiempo para compartir con los que queremos.
En este tiempo procuremos abrir espacios, busquemos soluciones ingeniosas y sencillas, que involucren a los demás en las fiestas sin presionarlos a que realicen las cosas como yo quiero, asumiendo la realidad de ellos, volviendo a darle un significado a nuestras tradiciones familiares. Pongamos al servicio de este tiempo nuestra maternidad de manera de ayudar al crecimiento de la vida de nuestro hogar y con el fin de que todos puedan gozar de unas fiestas entretenidas, quizás no tan llena de regalos, pero sí de paz, amor y tranquilidad
Bienvenido el verano. Año nuevo, vida nueva. Tenemos el regalo de poder empezar el año gozando de unas merecidas vacaciones junto a nuestras familias. Esta es una excelente oportunidad para conversar, de redescubrirnos mutuamente, de saber en que está cada uno de los nuestros, de hacerlos sentir que los queremos de verdad a través de los muchos gestos de cariño que les podamos regalar.
Y así podríamos seguir abultando el listado de atributos que son esperados de la mujer en nuestra sociedad actual. En medio de este torbellino de roles la mujer no puede dejar de detenerse cada cierto tiempo a preguntarse cuál es el sentido de su vida; cuáles son sus anhelos y aspiraciones más altas, para que desde ahí pueda orientar y organizar su vida de cada día. Es decir, deber ser o hacerse dueña de la vida que tiene en sus manos e ir dándole sentido, cuidando de no sólo vivirla a pasos apurados, sino de vivirla, en su grandeza, disfrutando de los momentos, de las alegrías, de los logros y desafíos y del intercambio con cada persona con quien interactúa.
Hemos sido testigos de cómo la mujer ha ido incorporándose al mundo laboral fuera de su casa y de su familia; tanto en el sector privado como en el público.
Comunidad es una palabra que expresa muy bien lo que todos queremos experimentar: una común unidad en torno a lo que toca lo más profundo de nuestro corazón. Comunidad es la familia cuando ella tiene una base sólida que permite que cada uno de sus miembros pueda desarrollarse en plenitud. Comunidad es el grupo de amigos que se junta para poner en común los tesoros que hay en sus corazones y que se ayudan mutuamente a multiplicarlos. Comunidad puede ser un colegio donde alumnos, padres y profesores miran hacia un mismo horizonte y trabajan por hacerlo realidad.