Hace unos pocos días escuché el comentario de que generosa es la “fulana”, una mujer dispuesta a postergarse o sacrificarse, desde el punto de vista de quien lo comentaba, para poder tener más hijos. Que era increíble que toda su vida y sus decisiones estuvieran traspasadas por esta opción de vida. ¡Cuántas veces comentamos entre nosotros lo increíble que nos parece que un determinado matrimonio opte por tener varios niños! Y a veces lo llegamos a decir con un dejo de pena: “pobrecita, siempre que la veo está embarazada”, como si fuera algo semejante una enfermedad. O que decir del ambiente de las empresas donde, a veces, le hacen sentir a la mujer embarazada que es una irresponsable por haber queda esperando otro niño: ¡cómo no toma en cuenta las molestias que causa a raíz de eso!
Hoy vivimos en un mundo en el que hemos dejado a Dios fuera de nuestras vidas. Sólo cuando se experimenta a Dios como alguien cercano por haber ido construyendo voluntariamente una historia de la mano con El, y lo percibimos como alguien personal, cálido se puede uno a “arriesgar” a traer más niños a este mundo. Se hace porque se confía que Dios nos dará los medios a través de nuestro trabajo y opciones en nuestro estilo de vida matrimonial, para poder cuidarlos y educarlos, aún cuando hoy no sepamos si mañana podremos tener la misma situación económica.
Desde este punto de vista la maternidad es un acto arriesgado y, a su vez, generoso porque ponemos en primer lugar al “otro” que aún no ha llegado, pero que anhelamos que venga para que comparta con nosotros la alegría de formar una familia. Y generoso, además porque cuidar de cada vida exige muchas renuncias diarias: a horas de sueño, a planes que yo haya hecho para ese día, a cosas que me gustaría tener y que renuncio para darle a cada hijo una alegría en algo concreto que él quiera o necesite, sólo por citar algunos ejemplos. Tengo que forzarme a morir cada vez más para que esa vida que se nos ha confiado pueda crecer sana, alegre, querida y confiada. Ese es el mayor acto de generosidad: mi muerte por sus vidas.
En este mes de la madre queremos agradecer a todas aquellas mujeres que se han arriesgado a ser madres biológicas, madres adoptivas y madres espirituales. Gracias porque con su ejemplo y entrega de corazón hacen posible que nuestra patria vuelva a sus verdaderos valores, que recupere su alma. Ellas nos regalan la mejor riqueza que tenemos: nuestros hijos.
Atrevámonos y arriesguémonos en nuestra maternidad para que ella pueda realizarse en plenitud en nosotras tal como Dios la soñó.
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