Acción de Gracias por S.S. El Papa Juan Pablo II
Mientras los apóstoles permanecían con las puertas cerradas, por miedo a los que habían dado muerte a su Maestro Y Señor, entró Jesús y se puso en medio de ellos, deseándoles la paz.
Así llegó el Santo Padre Juan Pablo II a nuestro país, trayéndonos la presencia de Cristo. También nuestras puertas estaban cerradas. Y cerradas estaban las puertas de la fraternidad en un mundo marcado por la guerra fría, como también cerradas las ventanas de la libertad y de la trascendencia en innumerables países oprimidos por ideologías ateas, como también las puertas de la esperanza en países olvidados, sumidos en la pobreza, la enfermedad y el hambre. Nosotros lo recibimos, con la alegría de acogerlo como “mensajero de la vida y peregrino de la paz”. Una canción de bienvenida que nunca olvidó, porque el acogimiento que le dio Chile, le recordaba el cariño con que lo recibía en cada visita su propia patria.
Mientras daba sus últimos pasos de peregrino, lleno de esperanza, hacia la patria de la vida y de la paz, todos nosotros lo acompañábamos con mucha gratitud e indecible dolor. Y día a día hemos estado junto a él. Sufríamos con él, pero nuestras lágrimas no eran sólo el desahogo de un profundo dolor; también eran expresión del recuerdo emocionado, ya que confluía su paso a la Patria eterna, con su paso por Chile. En efecto, día a día seguíamos también sus huellas por nuestra patria. No podíamos olvidar que hace 18 años,
precisamente un primero de abril, pisó nuestra tierra y también la besó, poniendo de manifiesto su aprecio por nuestra historia y por los anhelos de paz, de libertad y de vida que latían entre nosotros, conforme a nuestra dignidad de hijos de Dios.
Hace 18 años, a estas horas, todavía vibraban sus palabras a los jóvenes en el Estadio Nacional, que habían acogido su mensaje vigoroso que los invitaba a levantarse, a resucitar, y a mirar el rostro de Cristo. Y ese tres de abril, peregrinó al Santuario de la Virgen del Carmen en Maipú, tierra de encuentro y de misericordia, para alentar en las religiosas su vida contemplativa y de servicio, impulsada por el amor y la audacia del Evangelio. Después de coronar la imagen de la Sma. Virgen, reconociendo el poder de su bondad, junto al Señor Jesús, Rey de Universo, les habló a los campesinos de la zona central. Y desde allí acudió al Hogar de Cristo, a visitar a los enfermos. Junto con pedirles que fueran en su debilidad y con su oración una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad, le rogó a Dios que siguiera suscitando apóstoles de la talla del P. Alberto Hurtado. Poco después ingresaba a la Universidad Católica, para animar las aportaciones del mundo de la cultura y de los constructores de la sociedad. A ellos les pidió ensanchar y consolidar una cultura de solidaridad, como asimismo profundizar nuestra identidad cultural, proyectándola hacia el futuro. Y ese mismo día pronunció su célebre discurso en la Sede de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, urgiendo a los economistas a descubrir en las cifras del subdesarrollo el rostro viviente y doloroso de cada persona, porque es “el hombre, todo el hombre, cada hombre en su ser único e irrepetible, creado y redimido por Dios, el que se asoma … tras la generalidad de las estadísticas”. A ellos los urgía, diciéndoles: “¡los pobres no pueden esperar!”. Ese mismo día, entregó su mensaje a los diplomáticos, se reunió con la comunidad polaca, y invitó a un grupo de políticos, de muy variadas tendencias, a la colaboración y el diálogo en aras del bien común, rechazando toda violencia. Y como si lo anterior fuera poco ese mismo 3 de abril, que recordamos como una bendición de Dios para nuestra patria, celebró en el parque O´Higgins la Eucaristía de la Reconciliación, en la que experimentamos al mismo tiempo la cercanía del cielo, cuando Jesucristo actualizaba su alianza de paz, y el Papa beatificaba a nuestra primera santa, Teresita de los Andes, como también experimentamos la fuerza del mal. Pero esa misa y la convivencia entre nosotros no quedó marcada por la violencia, sino por su grito de esperanza en medio del desconcierto: ¡el amor es más fuerte!
Sus palabras constituyeron un mensaje potente, lleno de verdad y de vida. Era un mensaje liberador, que despertaba nuestra esperanza. Ese día 3 de abril nos alentó a ser artesanos de la paz, de la democracia y de la reconciliación, y a trabajar por la solidaridad, a partir de los valores de nuestra cultura, que había acogido el mensaje del Evangelio. Nos propuso contemplar el rostro de Jesús, y servir a los
más pobres y marginados, que no pueden esperar. Nos invitó a hacer fructificar nuestra cultura ante los nuevos desafíos. Y puso ante nuestros ojos la fidelidad y la maternidad de la Virgen del Carmen, la alegría y la familiaridad con Cristo de Teresita, como también la figura del P. Hurtado, a quien llamó hijo preclaro de la Iglesia y de Chile.
Pero la emoción y la gratitud que late entre nosotros no se explica tan sólo por sus palabras, por sus mensajes. Había algo más profundo en él, que tocaba lo más hondo de nuestro ser, que nos llena de emoción y de gratitud, y que nos ha hecho orar y llorar por su partida.
Es cierto, era un gran comunicador. Pero no un vendedor de proyectos e ilusiones. Con mucha sinceridad y cercanía, nos hablaba al corazón, despertaba nuestra esperanza, nos hacía creer en Chile, y en nuestra propia vocación al amor y al servicio. Jesucristo, cuando nos habló en parábolas, nos dijo que el Buen Pastor llama a las suyas por su nombre. Las llama desde su vocación más profunda, que siempre es una vocación a la verdad, a la paz, a la bondad y al amor, que siempre es vocación a la amistad con Dios y con los hermanos, a la reconciliación y el perdón, a la plenitud y la felicidad, que es siempre vocación de cielo. Lo repetía Juan Pablo II incansablemente y así lo sentíamos en sus palabras y en el trato que nos daba: quería para nosotros una vida conforme a nuestra dignidad de hijos de Dios. Y por eso ponía todo de su parte para que saliéramos de la miseria, de la enemistad, de las guerras, de la opresión, de la esclavitud de poner nuestras aspiraciones sólo en los bienes materiales, olvidando los bienes de arriba, los que Cristo nos conquistó al amarnos hasta el extremo de dar su vida por nosotros, y de convertirnos en sus amigos, para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. En él, en su preocupación por todo lo nuestro, tuvimos una experiencia extraordinaria: el Evangelio es una vida llena de alegría – se nos relata que uno de los últimos mensajes suyos antes de morir, fue decir a sus colaboradores más cercanos: “soy feliz, sedlo también vosotros” -, el Evangelio es una vida llena de amor, de generosidad, de contemplación y de servicio a los hermanos, encontrando en todos ellos, particularmente en los niños, los pobres y los afligidos, el rostro de Jesús.
Pero hay también otra experiencia que nos conmovió. Fue él mismo. Pasó entre nosotros como un hombre de Dios. Nos cautivó la integridad de su vida, la alegría de su rostro, la profundidad de su oración, la cordialidad de sus gestos, la esperanza de sus palabras, la ternura de su cariño, la fuerza de su voz, cada vez que nos mostraba el camino y nos pedía dejar los caminos que no conducen ni a la vida ni al bien, también la convicción de su apoyo a los Obispos, como evangelizadores de esperanza y reconciliación. Admiramos su donación permanente, su respeto a todos, su amistad con Jesucristo, su admiración por los santos, su cercanía a innumerables líderes religiosos, buscando la unidad y la paz, su capacidad de diálogo con quienes disentía, su valentía ante los poderosos, su preocupación por los más débiles, por las vidas indefensas antes del nacimiento, por los encarcelados, por los condenados a muerte, para salvar sus vidas. Nos maravilló su amor a la verdad, la que salía de su mente y de su corazón como un agua refrescante, también cuando denunciaba males y proponía caminos de comunión y de santidad.
A los discípulos de Cristo en Antioquia, porque lo reflejaban a él, comenzaron a llamarlos “cristianos”. Por eso se decían entre ellos: “viste al hermano, viste a Cristo”. Con mucha razón, gente de nuestro pueblo, al ser entrevistada en estos días, confidenciaba: “Al verlo a él, me encontré con Cristo, tuvo la experiencia de Cristo, recorriendo los caminos de nuestra patria. Pasaba entre nosotros, como se dice de Jesús, sólo haciendo el bien”.
“Hemos visto al Señor”. Con estas palabras, los apóstoles que estaban en la sala cuando Jesús entró estando las puertas cerradas, trataron de convencer a Tomás para que creyera. Pero era demasiado grande su pena y su desconfianza. No lograba creer en la resurrección de Cristo. No lograba resucitar su esperanza. Él necesitaba, personalmente, un encuentro con Jesús. El Señor, que es misericordioso, llegó hasta él, y entró en las puertas cerradas por su falta de fe, su nostalgia y su desconfianza. Entró, deseando la paz. Y le presentó a Tomás, personalmente, los signos de su pasión. Ahí estaban las huellas de los clavos en sus manos, y de la lanza en su costado. Pero las llagas ya no sangraban. Estaban transfiguradas. Y esta señal de la resurrección de Cristo se da también en nuestro dolor. Las llagas pueden estar traspasadas por el amor, por la confianza en el Padre y por el amor a los hermanos; pueden tener algo de la transparencia y la intimidad con Jesús. Fue su último mensaje. Quiso el Papa ser discípulo de Jesús, llevando su propia cruz hasta el final. Ni el domingo ni el miércoles pudo hablarnos con palabras, pero nos habló con la elocuencia de quien alienta con su testimonio, con su paso a la contemplación del rostro de Cristo, como familiar de Dios, llevando la cruz del Señor. Nos ha confiado la sabiduría de asumir la nuestra – el dolor de la enfermedad, la incomunicación y la ancianidad - como cruz que purifica y nos acerca a nuestro Señor. Su última palabra la pronunció con la elocuencia del amor, del sufrimiento y de la esperanza.
Concluyamos nuestra acción de gracias. Dios nos ha visitado en la persona de un padre, un pastor, un profeta, un sacerdote, un maestro, un hermano y un amigo; amigo nuestro y amigo de Jesús. Aprendió a amarlo, desde el corazón de la Sma. Virgen. Todo tuyo le decía cada vez que daba un nuevo paso en su vida; se lo decía cada día.
En este domingo, fiesta de la Misericordia de Dios, cuando nuestros cuasimodistas acompañan al Señor de la misericordia para que sea acogido por los enfermos, al término de su cabalgata hacia la gloria, así lo esperamos, el cielo espera y acoge con inmensa alegría a nuestro Papa Juan Pablo II.
Y nosotros, desde esta plaza, que nos recuerda la historia de nuestra república, y en la cual se cruzan los caminos de la patria, lo despedimos con inmensa gratitud. Nuestro corazón nos dice emocionado que ha partido, pero que no podremos olvidarlo. Ha escrito páginas decisivas de nuestra historia, porque su amor fue más fuerte. Páginas, que queremos seguir escribiendo con él y con su Señor y nuestro Señor, porque también en nuestra vida, en camino al Bicentenario, el amor quiere ser más fuerte.
Amén.
† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago
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Revise bien las consultas y respuestas dadas en el sitio ya que están muchas veces repetidas. Gracias.
Enviado por M. Beatriz Letelier el 4 de Abril de 2005
Querida Ileana: muchas gracias por el comentario que nos enviaste. Adjunto te envío de información que nos solicitas. Saludos a todos en Costa Rica, Bea
Arzobispo de Santiago
Fecha Nacimiento: 1933-09-05 a
Fecha Ordenación Sacerdotal: 1961-07-16
Fecha Ordenación Episcopal: 1991-01-06
Lema Episcopal: Ut vitam habeant (Para que tengan vida)
Biografía:
Mons. Francisco Javier Errázuriz Ossa nació en Santiago de Chile el 5 de septiembre de 1933. Hijo de don Pedro Errázuriz Larraín y de la Sra. Marta Ossa Ruiz. Es el segundo de seis hermanos (María Angélica, Francisco Javier, Pedro Pablo, Margarita María, Carmen Gloria y Juan Eduardo). Su educación primaria y secundaria la realizó en el Liceo Alemán, donde se destacó por su aplicación en los estudios y en atletismo, en el cual obtuvo premios en campeonatos nacionales.
En 1951 entró a la Facultad de Ingeniería de la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde alcanzó el grado de Bachiller en Matemáticas Superiores. Durante esos años participó en el Centro de Alumnos y en la Federación de Estudiantes y se integró a los grupos universitarios del naciente movimiento de Schöenstatt. De esta manera se constituye en compañero del Siervo de Dios Mario Hiriart P. Con él y otros jóvenes forma parte de la generación fundadora de ese movimiento apostólico mariano en Chile.
Entre 1956 y 1958 estudia filosofía en la Universidad Estatal de Friburgo en Suiza. En esa misma universidad cursa teología, licenciándose en 1962.
Es ordenado sacerdote con otros 10 diáconos chilenos de la comunidad fundada por San Vicente Pallotti (palotinos) por Monseñor Manuel Larraín, primer Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam). La ordenación tiene lugar en Friburgo, el 16 de julio de 1961. En octubre de 1962 tiene semanas de decisivos encuentros con el Padre José Kentenich, fundador de Schönstatt, cuya paternidad espiritual siempre ha apreciado como un don de Dios.
Desde 1963 a 1965 asesora a comunidades juveniles y universitarias en diferentes ciudades de Chile. En 1965 es nombrado Superior Regional de Chile del Instituto Secular de los Padres de Schönstatt, el que entonces vivía su proceso de fundación. Este cargo lo ejerce hasta 1971. Desde Chile dirige las comunidades de la Península Ibérica y de Ecuador de su Instituto Secular. Siendo Superior Regional se integra a los trabajos de la Conferencia de Religiosos de Chile, la cual lo elige como Vicepresidente. En esos años, a Monseñor Errázuriz le corresponde trabajar en la cercanía del Cardenal Raúl Silva Henríquez, quien había acogido en su etapa fundacional al Instituto Secular de los Padres de Schönstatt en su Arquidiócesis. Entre ambos nació una fecunda amistad.
En 1971 fue llamado a Alemania para participar como miembro del Consejo General de su comunidad. En 1974 es elegido Superior General de su Instituto, con ello se le encomendaron las funciones de Presidente del Consejo Internacional de la Obra de Schöenstatt. En 1980 fue reelegido en el cargo de Superior General, continuando en el ejercicio de ambas funciones hasta diciembre de 1990. En el cumplimiento de éstas, realizó múltiples visitas pastorales que lo llevaron a recorrer Europa, América, Africa y Australia.
El 22 de diciembre de 1990 fue nombrado Arzobispo Secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Recibió la ordenación episcopal de manos del Santo Padre el 6 de enero de 1991, en la Basílica de San Pedro. Tomó por lema ""Nominatim proprias vocat"" - ""A los suyos los llama por su nombre"" (Jn 10,3), siendo nombrado Arzobispo Titular de Holar.
Durante el tiempo de sus labores en Roma, se desempeñó además como Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, miembro del Pontificio Consejo para los Laicos, miembro de la Pontificia Comisión para América Latina (CAL), miembro del Pontificio Consejo de la Pastoral para los Emigrantes e Itinerantes, miembro del Pontificio Consejo para los Operadores Sanitarios, y miembro de la Asamblea del Sínodo de Obispos sobre la Vida Consagrada.
El 24 de septiembre de 1996, en la fiesta de la Virgen de La Merced, Patrona de la Diócesis de Valparaíso, el Santo Padre lo nombró Obispo de esa Diócesis. Asumió el cargo el día 10 de noviembre del mismo año. Escoge como lema episcopal ""Ut vitam habeant"" - ""Para que tengan vida"" - (Jn 10,10), el que le acompaña hasta la fecha. En 1997 participó en Roma en el Sínodo de los Obispos de América.
El Papa Juan Pablo II lo nombró Arzobispo de Santiago el 24 de abril de 1998. Tomó posesión del cargo el domingo 17 de mayo de 1998, en la Catedral Metropolitana. El Santo Padre le otorgó el Palio Arzobispal, en la Festividad de San Pedro y San Pablo, el 29 de junio de 1998, en la Basílica de San Pedro, en Roma.
El 20 de noviembre de 1998 fue elegido Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, por un período de tres años, al término del cual fue reelecto hasta el año 2004. El 13 de mayo de 1999 es elegido Primer Vicepresidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), Bogotá, y el 15 de mayo de 2003 fue elegido Presidente del Consejo, durante la asamblea general ordinaria, efectuada en Tuparenda, Paraguay.
Como Arzobispo de Santiago y también como Presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, le ha cabido un papel central en las gestiones que la Iglesia ha realizado a favor de la reconciliación y el reencuentro entre los chilenos. Varias homilías en la Catedral de Santiago, especialmente en los Tedeum de Fiestas Patrias, han tenido honda repercusión en la clase política y en todo el país. Han constituído pasos importantes en el arduo proceso de reencuentro nacional. En el mundo intelectual, su discurso en el Ciclo de Conferencias organizado por la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, ""Chile, un país unido: Reflexiones sobre iniciativas de reconciliación y entendimiento nacional"", fue valorada como una señal muy poderosa hacia el futuro de la nación en el contexto del proceso de globalización.
Sus actividades como Pastor de la Arquidiócesis de Santiago se han orientado preferentemente a la proyección del IX Sínodo, que condujera el Cardenal Carlos Oviedo, verdadero legado espiritual del inmediato predecesor de Mons. Errázuriz. Con este fin recorre continuamente las parroquias y los barrios populares, estableciendo un contacto cálido y directo con las comunidades.
Impulsó la preparación del Encuentro Continental de Jóvenes que en octubre de 1998, tuvo su sede central en Santiago. Como Presidente de la Conferencia Episcopal, junto a todos los Obispos de Chile, se concentró en la realización de un Año Santo Jubilar muy intenso para el 2000, tanto por el trabajo pastoral en la base y por su repercusión social en esfuerzos por aliviar la dramática situación de los sin casa, como también por la movilización entusiasta de amplios sectores de la juventud. Algunos actos públicos del Jubileo marcaron a toda la sociedad chilena. Entre estas convocaciones, cabe destacar una celebración que ha sido considerada como uno de los acontecimientos más trascendentales en pro de la paz y la justicia. Se trató de la ceremonia litúrgica llamada ""Purificación de la Memoria"". Siguiendo el ejemplo de S.S. Juan Pablo II, en ella los Obispos de Chile pidieron perdón por los pecados de la Iglesia Católica en este país. El texto celebratorio de los Obispos incluía una notable interpretación de la historia de los últimos 40 años de Chile. Esta visión, aguda y equilibrada, ha pasado a ser una referencia pública reiterada para los principales actores políticos del Chile actual.
En los diferentes cargos que ha desempeñado al servicio de la Iglesia, el Cardenal Errázuriz ha denotado una particular sensibilidad por los temas de evangelización de la cultura, tanto en sus manifestaciones ilustradas como en las de la tradición popular. En sus funciones de Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica de Chile, ese interés lo ha expresado en las orientaciones generales que él ha señalado a diversas autoridades de dicha Universidad y de los organismos que la proyectan en el ámbito de la nación chilena.
Fuente: www.iglesia.cl/obispos/obispos_matriz.php?apellidos=Errázuriz Ossa
Enviado por Ileana Montero Zeledón el 4 de Abril de 2005
Maravillosa y profunda homilía.
Ayer la oimos desde Costra Rica por TV Chile.
Quisieramos conocer mucho más del Cardenal Errázuriz.