El General de la Orden de la Madre de Dios, en el mundo Padre Francesco Petrillo, O.M.D, nos entrega una interesante reflexión acerca de la primera enclíclica de S.S. Benedicto XVI.
De visita el Chile, el destacado teólogo italiano nos orienta hacia una buena lectura y comprensión del documento Papal.
El Padre Petrillo, vivió por mas de 20 años en Chile, fue Delegado
Provincial de la Orden para Chile, además de profesor de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católia de Chile, de la Universidad Gabriela Mistral, del Seminario Pontificio de Santiago, de la Escuela del Diacónado Permamente del Arzobispado de Santiago y miembro del Consejo de Consultores y Colaboradores de la revista de Antropología y Cultura Humanitas de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
En forma extraordinaria la revista SERVICIO de la Conferencia Episcopal de Chile, acaba de publicar esta reflexión. La revista Servicio es el órgano oficial de la Conferencia Episcopal Chilena y se distribuye de norte a sur de nuestro pais y américa.
Presentación de la Encíclica del Papa Benedicto XVI
Amor: La palabra más usada y menos conocida del diccionario humano
Una característica de las persona ancianas es la de repetir a menudo pocas palabras, aquellas que verdaderamente importan, aquellas que sólo pueden sintetizar la vida y proyectarla más allá de la muerte. Ellos temen perder el tiempo en palabras inútiles y por eso usan más frecuentemente aquellas que son esenciales para definirlo todo rompiendo el silencio en el que se sumergen.
Refiere san Jerónimo, el gran padre de la Iglesia que el Apóstol Juan, siendo ya viejo, era conducido a las asambleas litúrgicas por sus discípulos que lo llevaban en sus hombros y en sus homilías se limitaba en repetir: “Dios es amor. Hijos míos amaos los unos a los otros”.
El Papa Benedicto XVI ha iniciado su ministerio pontificio habiendo alcanzado ya una venerable edad y, de manera muy significativa ha querido que su primera encíclica recordara a los cristianos lo esencial de la fe y lo ha hecho pronunciando la palabra primordial, la realidad originaria: el Amor.
Cuando este verano, en el hemisferio norte, corrían voces sobre el hecho que el Papa estuviera trabajando a su primera encíclica, se aventuraban conjeturas sobre el posible argumento y se pensaba que esta sería una ponderosa síntesis de toda su trayectoria teológica. En realidad en esta Encíclica se encuentra una feliz actuación de aquella forma de teología radicalmente cristológica y antropológica que Joseph Ratzinger, en el Comentario a los textos del Concilio Vaticano II publicado en 1968 en el Lexicon für Teologie und Kirche, ya había indicado como una preciosa indicación para el n. 22 de la Gaudium et Spes. Sin embargo ahora el Papa nos ha ofrecido una reflexión sin duda profunda, pero en un estilo simple y claro, animada por un tono positivo, ausente de toda polémica y ajeno a cualquier intento apologético, como es en general su atrayente magisterio, que lleva un siempre mayor número de peregrinos ya no “a ver el papa”, sino a “escuchar el papa”.
La mirada del Papa está alimentada de “macrothymia” – la grandeza de ánimo en ver y escuchar. Qué lejos de ciertos clichés de un papa institucional, preocupado de problemas organizativos de la Iglesia e inquisidor implacable de la doctrina.
En su encíclica el papa Benedicto XVI se ha encargado de hablarnos de uno de lo grandes dramas de la existencia humana como lo definió Juan Pablo II en uno de sus textos juveniles. Me refiero a la bodega del orfebre cuando escribía:
“No existe nada que, excepto el amor, ocupe más espacio sobre la superficie de la existencia humana, y no existe nada que, más que el amor, sea desconocido y misterioso. Divergencia entre aquello que se encuentra en la superficie y aquello que es el misterio del amor. He aquí la fuente del drama. Este es uno de los grandes dramas de la existencia”.
Sucede algo parecido cuando miramos nuestro planeta. Su superficie está cubierta por tres cuartas partes de agua. Es lo que más ocupa espacio, lo que más aparece y, sin embargo es los más profundo y misterioso. Abismos insondables, vida desconocida, movimientos terribles cuyos ecos pudimos percibir el en trágico tsumani de finales de 2004. Hemos partido por descubrir lejanos planetas y nos falta por conocer lo que tenemos a la vista.
La Encíclica que estamos presentando entra en “este gran drama de la existencia humana”, para que el hombre no viva ya en la “divergencia” entre “aquello que se encuentra en la superficie” y aquello que es “el misterio del amor”. En realidad esa divergencia existe y parte ya de un nivel semántico. ¿Qué decimos cuando decimos amor? La palabra amor y, quizás a esta podríamos añadir otra, la libertad, es la más desgastada y abusada. Lo que se encuentra en la superficie, para volver a las palabras de Karol Woitila, es inmenso y hasta contradictorio.
Hablando el Santo Padre en el encuentro del pontificio Consejo Cor unum el pasado 23 de enero dijo que la palabra amor es hoy día tan consumida y abusada que existe hasta el temor de que ella aflore sobre nuestros labios. Y en el texto de la misma encíclica afirma que a esta palabra le “damos acepciones totalmente distintas”. (Parte I, n. 2).
El nuevo Babel que parece distinguir la modernidad alcanza aquí cotas de confusión que no pueden ser minimizadas ya que se trata, come les decía el papa al Pontificio Consejo Cor unum,
“de una realidad primordial, expresión de la realidad primordial; nosotros no podemos simplemente abandonarla, sino que tenemos que recuperarla, purificarla y llevarla a su originario resplandor para que pueda iluminar nuestra vida y conducirla sobre el recto camino.”
Si todos dicen, desde la cancionetas de la radio, pasando por el cine y la literatura que non se puede vivir sin amor, nada más resulta más urgente que emprender este “itinerarium mentis in amorem” esta peregrinación de la inteligencia hacia el amor.
Me propongo aquí de indicar las mayores señalizaciones que hacen comprensible este itinerarium para que puedan entrar en una lectura personal y comunitaria muy enriquecedora.
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