Novedades en la categoría Santo Padre

papa6abril.jpgVATICANO, 06 Abr. 16 / 06:54 am (ACI/EWTN Noticias).- Este miércoles, durante la primera Audiencia General de abril, el Papa Francisco continuó con las catequesis sobre la misericordia de Dios para invitar a los fieles a reconocerse pecadores, porque "todos tenemos la posibilidad de recibir" el perdón del Padre; y a la vez para llamar a no juzgar a los demás porque todos tenemos "nuestras miserias".

"Cuántas veces nosotros decimos: 'Éste es un pecador, éste ha hecho esto, aquello...' y juzgamos a los demás. ¿Y tú? Cada uno de nosotros debería preguntarse: 'si éste es un pecador. ¿Y yo?'. Todos somos pecadores, pero todos somos perdonados: todos tenemos la posibilidad de recibir este perdón que es la misericordia de Dios", expresó el Pontífice ante los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro.

Francisco, que había culminado las catequesis sobre la misericordia de Dios en el Antiguo Testamento, inició este miércoles sus reflexiones sobre cómo Jesús la lleva a su "pleno cumplimiento" en el Nuevo Testamento, con su culmen en el sacrificio de la cruz

Respuesta a bordo del avión de regreso del Viaje a México

La corresponsal de la cadena COPE, de España, Paloma García Ovejero preguntó al Santo Padre sobre la actual preocupación que hay en el mundo por el virus del Zika, sobre todo por el riesgo que corren las mujeres embarazadas. Algunas autoridades han propuesto el aborto. La periodista pregunta "En este caso, ¿la Iglesia puede tomar en consideración el concepto de "mal menor"?

Papa Francisco:

FranciscoZika.jpgEl aborto no es un "mal menor". Es un crimen. Es eliminar a uno para salvar a otro. Es lo que hace la mafia, ¿eh? Es un crimen. Es un mal absoluto. Sobre "mal menor": evitar el embarazo es-hablamos en los términos de conflicto entre el quinto y el sexto Mandamiento. Pablo VI, ¡el Grande!, en una situación difícil, en África, permitió a las religiosas usar los anticonceptivos por casos de violencia. No confundir el mal de evitar el embarazo, con el aborto. El aborto no es un problema teológico: es un problema humano, es un problema médico. Se mata a una persona para salvar a otra - en el mejor de los casos. O para pasarla bien, ¿no? Está en contra del Juramento Hipocrático que los médicos deben hacer. Es un mal en sí mismo, pero no es un mal religioso, al inicio: no, es un mal humano. Luego, evidentemente, como es un mal humano -como cada asesinato- es condenado. En cambio, evitar el embarazo no es un mal absoluto: en ciertos casos, como es éste, como en aquel que he mencionado del Beato Pablo VI, estaba claro. También yo exhortaría a los médicos que hagan de todo por encontrar las vacunas contra estos dos mosquitos que traen este mal: sobre esto hay que trabajar.... Gracias

CIUDAD DE MÉXICO, 13 Feb. 16 / 07:45 pm (ACI).- El Papa Francisco llegó al Santuario de la Virgen de Guadalupe en el cerro del Tepeyac, conocido como "La Villa", y pronunció esta emotiva homilía ante las miles de personas que asistieron al lugar.

A continuación el texto completo de la homilía:

Escuchamos cómo María fue al encuentro de su prima Isabel. Sin demoras, sin dudas, sin lentitud va a acompañar a su pariente que estaba en los últimos meses de embarazo.

El encuentro con el ángel a María no la detuvo, porque no se sintió privilegiada, ni que tenía que apartarse de la vida de los suyos. Al contrario, reavivó y puso en movimiento una actitud por la que María es y será reconocida siempre como la mujer del «sí», un sí de entrega a Dios y, en el mismo momento, un sí de entrega a sus hermanos. Es el sí que la puso en movimiento para dar lo mejor de ella yendo en camino al encuentro con los demás.

benedicto-xvi-leyendo-web.jpg"El hombre no tiene sólo necesidad de nutrirse materialmente o ser ayudado a superar las dificultades, sino que también necesita saber quién es, y conocer la verdad sobre si mismo, sobre su dignidad". Así lo ha recordado hoy Benedicto XVI visitando un centro de Cáritas diocesana en la estación ferroviaria de Termini en Roma.

La cita, en coincidencia con el Año europeo de lucha contra la pobreza y la exclusión social, ha ofrecido al Papa la ocasión de rebatir que la fuerza de la caridad puede promover "un auténtico desarrollo" y "la creación de una sociedad más justa y fraterna". En un mundo donde parece "prevalecer la lógica del beneficio"y donde cada vez más se notan "las consecuencias de la crisis económica", el hombre tiene que redescubrir el Amor de Dios.

cuerpo_JPII.jpgVATICANO, 03 Abr. 05 (ACI).- La Santa Sede confirmó hoy que los restos del Papa Juan Pablo II llegarán el lunes a las 5 de la tarde a la Basílica de San Pedro para recibir el homenaje de miles o quizá millones de peregrinos de todo el mundo.

En un comunicado oficial, el Vaticano informó que están en desarrollo los procedimientos previstos por la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis escrita por Juan Pablo II.

Asimismo, se informó que esta mañana a las 9:30 horas, se realizó la “constatación de la muerte” a cargo del Cardenal Camarlengo, Eduardo Martínez Somalo, y que el Canciller Secretario de la Cámara Apostólica, Enrico Serafín, ha redactado el acta auténtica de muerte, que ha anexado al certificado médico del Dr. Renato Buzzonetti.

A las 12:30 horas comenzó la exposición del cuerpo en el Palacio Apostólico, con una celebración presidida por el Cardenal Camarlengo. Así comenzaron las visitas “al cuerpo de Juan Pablo II expuesto en la Sala Clementina para el obsequio y la oración de los miembros de la Curia Romana, de las autoridades y del Cuerpo Diplomático. Las visitas terminarán a las 16.00 horas de hoy”.

Finalmente, el Vaticano confirmó que el cuerpo llegará a la Basílica Vaticana mañana lunes. “La hora del traslado será decidida por la primera Congregación de los Cardenales, que se tendrá mañana 4 de abril, a las 10.30 horas en la Sala Bologna. Se prevé, como anticipado, que el traslado será hacia las 17.00”, informó el texto.

Mañana y el día de las exequias del Santo Padre, los Museos Vaticanos y las otras Oficinas del Gobernatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano permanecerán cerrados en señal de luto.

Más noticias en (ACI)

Acción de Gracias por S.S. El Papa Juan Pablo II

Misa_03_de_abril_por_JP_II_7.JPGMientras los apóstoles permanecían con las puertas cerradas, por miedo a los que habían dado muerte a su Maestro Y Señor, entró Jesús y se puso en medio de ellos, deseándoles la paz.

Así llegó el Santo Padre Juan Pablo II a nuestro país, trayéndonos la presencia de Cristo. También nuestras puertas estaban cerradas. Y cerradas estaban las puertas de la fraternidad en un mundo marcado por la guerra fría, como también cerradas las ventanas de la libertad y de la trascendencia en innumerables países oprimidos por ideologías ateas, como también las puertas de la esperanza en países olvidados, sumidos en la pobreza, la enfermedad y el hambre. Nosotros lo recibimos, con la alegría de acogerlo como “mensajero de la vida y peregrino de la paz”. Una canción de bienvenida que nunca olvidó, porque el acogimiento que le dio Chile, le recordaba el cariño con que lo recibía en cada visita su propia patria.

Mientras daba sus últimos pasos de peregrino, lleno de esperanza, hacia la patria de la vida y de la paz, todos nosotros lo acompañábamos con mucha gratitud e indecible dolor. Y día a día hemos estado junto a él. Sufríamos con él, pero nuestras lágrimas no eran sólo el desahogo de un profundo dolor; también eran expresión del recuerdo emocionado, ya que confluía su paso a la Patria eterna, con su paso por Chile. En efecto, día a día seguíamos también sus huellas por nuestra patria. No podíamos olvidar que hace 18 años, precisamente un primero de abril, pisó nuestra tierra y también la besó, poniendo de manifiesto su aprecio por nuestra historia y por los anhelos de paz, de libertad y de vida que latían entre nosotros, conforme a nuestra dignidad de hijos de Dios.

Hace 18 años, a estas horas, todavía vibraban sus palabras a los jóvenes en el Estadio Nacional, que habían acogido su mensaje vigoroso que los invitaba a levantarse, a resucitar, y a mirar el rostro de Cristo. Y ese tres de abril, peregrinó al Santuario de la Virgen del Carmen en Maipú, tierra de encuentro y de misericordia, para alentar en las religiosas su vida contemplativa y de servicio, impulsada por el amor y la audacia del Evangelio. Después de coronar la imagen de la Sma. Virgen, reconociendo el poder de su bondad, junto al Señor Jesús, Rey de Universo, les habló a los campesinos de la zona central. Y desde allí acudió al Hogar de Cristo, a visitar a los enfermos. Junto con pedirles que fueran en su debilidad y con su oración una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad, le rogó a Dios que siguiera suscitando apóstoles de la talla del P. Alberto Hurtado. Poco después ingresaba a la Universidad Católica, para animar las aportaciones del mundo de la cultura y de los constructores de la sociedad. A ellos les pidió ensanchar y consolidar una cultura de solidaridad, como asimismo profundizar nuestra identidad cultural, proyectándola hacia el futuro. Y ese mismo día pronunció su célebre discurso en la Sede de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, urgiendo a los economistas a descubrir en las cifras del subdesarrollo el rostro viviente y doloroso de cada persona, porque es “el hombre, todo el hombre, cada hombre en su ser único e irrepetible, creado y redimido por Dios, el que se asoma … tras la generalidad de las estadísticas”. A ellos los urgía, diciéndoles: “¡los pobres no pueden esperar!”. Ese mismo día, entregó su mensaje a los diplomáticos, se reunió con la comunidad polaca, y invitó a un grupo de políticos, de muy variadas tendencias, a la colaboración y el diálogo en aras del bien común, rechazando toda violencia. Y como si lo anterior fuera poco ese mismo 3 de abril, que recordamos como una bendición de Dios para nuestra patria, celebró en el parque O´Higgins la Eucaristía de la Reconciliación, en la que experimentamos al mismo tiempo la cercanía del cielo, cuando Jesucristo actualizaba su alianza de paz, y el Papa beatificaba a nuestra primera santa, Teresita de los Andes, como también experimentamos la fuerza del mal. Pero esa misa y la convivencia entre nosotros no quedó marcada por la violencia, sino por su grito de esperanza en medio del desconcierto: ¡el amor es más fuerte!

Sus palabras constituyeron un mensaje potente, lleno de verdad y de vida. Era un mensaje liberador, que despertaba nuestra esperanza. Ese día 3 de abril nos alentó a ser artesanos de la paz, de la democracia y de la reconciliación, y a trabajar por la solidaridad, a partir de los valores de nuestra cultura, que había acogido el mensaje del Evangelio. Nos propuso contemplar el rostro de Jesús, y servir a los más pobres y marginados, que no pueden esperar. Nos invitó a hacer fructificar nuestra cultura ante los nuevos desafíos. Y puso ante nuestros ojos la fidelidad y la maternidad de la Virgen del Carmen, la alegría y la familiaridad con Cristo de Teresita, como también la figura del P. Hurtado, a quien llamó hijo preclaro de la Iglesia y de Chile.

Pero la emoción y la gratitud que late entre nosotros no se explica tan sólo por sus palabras, por sus mensajes. Había algo más profundo en él, que tocaba lo más hondo de nuestro ser, que nos llena de emoción y de gratitud, y que nos ha hecho orar y llorar por su partida.

Es cierto, era un gran comunicador. Pero no un vendedor de proyectos e ilusiones. Con mucha sinceridad y cercanía, nos hablaba al corazón, despertaba nuestra esperanza, nos hacía creer en Chile, y en nuestra propia vocación al amor y al servicio. Jesucristo, cuando nos habló en parábolas, nos dijo que el Buen Pastor llama a las suyas por su nombre. Las llama desde su vocación más profunda, que siempre es una vocación a la verdad, a la paz, a la bondad y al amor, que siempre es vocación a la amistad con Dios y con los hermanos, a la reconciliación y el perdón, a la plenitud y la felicidad, que es siempre vocación de cielo. Lo repetía Juan Pablo II incansablemente y así lo sentíamos en sus palabras y en el trato que nos daba: quería para nosotros una vida conforme a nuestra dignidad de hijos de Dios. Y por eso ponía todo de su parte para que saliéramos de la miseria, de la enemistad, de las guerras, de la opresión, de la esclavitud de poner nuestras aspiraciones sólo en los bienes materiales, olvidando los bienes de arriba, los que Cristo nos conquistó al amarnos hasta el extremo de dar su vida por nosotros, y de convertirnos en sus amigos, para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. En él, en su preocupación por todo lo nuestro, tuvimos una experiencia extraordinaria: el Evangelio es una vida llena de alegría – se nos relata que uno de los últimos mensajes suyos antes de morir, fue decir a sus colaboradores más cercanos: “soy feliz, sedlo también vosotros” -, el Evangelio es una vida llena de amor, de generosidad, de contemplación y de servicio a los hermanos, encontrando en todos ellos, particularmente en los niños, los pobres y los afligidos, el rostro de Jesús.

Pero hay también otra experiencia que nos conmovió. Fue él mismo. Pasó entre nosotros como un hombre de Dios. Nos cautivó la integridad de su vida, la alegría de su rostro, la profundidad de su oración, la cordialidad de sus gestos, la esperanza de sus palabras, la ternura de su cariño, la fuerza de su voz, cada vez que nos mostraba el camino y nos pedía dejar los caminos que no conducen ni a la vida ni al bien, también la convicción de su apoyo a los Obispos, como evangelizadores de esperanza y reconciliación. Admiramos su donación permanente, su respeto a todos, su amistad con Jesucristo, su admiración por los santos, su cercanía a innumerables líderes religiosos, buscando la unidad y la paz, su capacidad de diálogo con quienes disentía, su valentía ante los poderosos, su preocupación por los más débiles, por las vidas indefensas antes del nacimiento, por los encarcelados, por los condenados a muerte, para salvar sus vidas. Nos maravilló su amor a la verdad, la que salía de su mente y de su corazón como un agua refrescante, también cuando denunciaba males y proponía caminos de comunión y de santidad.

A los discípulos de Cristo en Antioquia, porque lo reflejaban a él, comenzaron a llamarlos “cristianos”. Por eso se decían entre ellos: “viste al hermano, viste a Cristo”. Con mucha razón, gente de nuestro pueblo, al ser entrevistada en estos días, confidenciaba: “Al verlo a él, me encontré con Cristo, tuvo la experiencia de Cristo, recorriendo los caminos de nuestra patria. Pasaba entre nosotros, como se dice de Jesús, sólo haciendo el bien”.

“Hemos visto al Señor”. Con estas palabras, los apóstoles que estaban en la sala cuando Jesús entró estando las puertas cerradas, trataron de convencer a Tomás para que creyera. Pero era demasiado grande su pena y su desconfianza. No lograba creer en la resurrección de Cristo. No lograba resucitar su esperanza. Él necesitaba, personalmente, un encuentro con Jesús. El Señor, que es misericordioso, llegó hasta él, y entró en las puertas cerradas por su falta de fe, su nostalgia y su desconfianza. Entró, deseando la paz. Y le presentó a Tomás, personalmente, los signos de su pasión. Ahí estaban las huellas de los clavos en sus manos, y de la lanza en su costado. Pero las llagas ya no sangraban. Estaban transfiguradas. Y esta señal de la resurrección de Cristo se da también en nuestro dolor. Las llagas pueden estar traspasadas por el amor, por la confianza en el Padre y por el amor a los hermanos; pueden tener algo de la transparencia y la intimidad con Jesús. Fue su último mensaje. Quiso el Papa ser discípulo de Jesús, llevando su propia cruz hasta el final. Ni el domingo ni el miércoles pudo hablarnos con palabras, pero nos habló con la elocuencia de quien alienta con su testimonio, con su paso a la contemplación del rostro de Cristo, como familiar de Dios, llevando la cruz del Señor. Nos ha confiado la sabiduría de asumir la nuestra – el dolor de la enfermedad, la incomunicación y la ancianidad - como cruz que purifica y nos acerca a nuestro Señor. Su última palabra la pronunció con la elocuencia del amor, del sufrimiento y de la esperanza.

Concluyamos nuestra acción de gracias. Dios nos ha visitado en la persona de un padre, un pastor, un profeta, un sacerdote, un maestro, un hermano y un amigo; amigo nuestro y amigo de Jesús. Aprendió a amarlo, desde el corazón de la Sma. Virgen. Todo tuyo le decía cada vez que daba un nuevo paso en su vida; se lo decía cada día.

En este domingo, fiesta de la Misericordia de Dios, cuando nuestros cuasimodistas acompañan al Señor de la misericordia para que sea acogido por los enfermos, al término de su cabalgata hacia la gloria, así lo esperamos, el cielo espera y acoge con inmensa alegría a nuestro Papa Juan Pablo II.

Y nosotros, desde esta plaza, que nos recuerda la historia de nuestra república, y en la cual se cruzan los caminos de la patria, lo despedimos con inmensa gratitud. Nuestro corazón nos dice emocionado que ha partido, pero que no podremos olvidarlo. Ha escrito páginas decisivas de nuestra historia, porque su amor fue más fuerte. Páginas, que queremos seguir escribiendo con él y con su Señor y nuestro Señor, porque también en nuestra vida, en camino al Bicentenario, el amor quiere ser más fuerte.

Amén.

† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago

 

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