
La primera y más fundamental afirmación del dogma católico sobre María es la maternidad divina. Analizaremos seguidamente la historia y los diversos aspectos de esta verdad de nuestra fe.
Esta verdad está claramente contenida en las Sagradas Escrituras. La Anunciación es testimonio innegable. Isabel saluda a María llamándola “La Madre de mi Señor”. En repetida ocasiones se la nombra como “Madre de Jesús”, “su Madre”, la “Madre del Señor” . San Pablo afirma que, “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer...” Alude así a la preexistencia del Hijo y su envío al mundo por el Padre. “Nacido de Mujer” puede parecer un dato evidente, pero posee un profundo sentido teológico. Significa ser hombre, tener una historia. Pablo afirma así la humanidad real de Cristo. Su entrada en el mundo no es la de un fantasma o de un ser extraterrestre; el Hijo de Dios penetra en la historia naciendo de una mujer, lo mismo que todo ser humano. De entre las infinitas posibilidades para la realización de su designio de salvación, Dios envía a la segunda persona de la Trinidad para que asuma la condición humana y obre nuestra redención. Esto implica nacer de una mujer; y María es la elegida para esta misión excepcional. Este hecho histórico constituye “la plenitud de los tiempos”, la culminación de las obras divinas a favor de los hombres.
1. Historia del dogma
La maternidad de María fue sostenida permanentemente por la Tradición. Los símbolos de la fe, la doctrina de los Santos Padres, el sentido creyente del pueblo cristiano la afirman inequívoca y unánimemente . Pero esta verdad exige una fundamentación y clarificación cada vez mayor. La confrontación con las corrientes filosóficas y religiosas de la época y la propia necesidad de los cristianos de poseer y penetrar con creciente profundidad el dato revelado, impulsan esta reflexión. Y se produce el siguiente fenómeno: la paulatina comprensión del misterio de Cristo provoca provoca simultáneamente el esclarecimiento del misterio de María, y a la inversa: los avances en el conocimiento del designio de Dios sobre María redundan en mayor en claridad y mejor vivencia del mensaje y la persona del Señor. Es un proceso de protección y enriquecimiento recíprocos.
En el siglo V este proceso alcanza uno de sus puntos culminantes. La disputa entre dos escuelas teológicas sobre un problema cristológico conduce a la declaración dogmática de la maternidad divina. La escuela de Antioquía sostiene que en Cristo existen no sólo dos naturalezas, sino también dos personas: la humana y la divina. La escuela de Antioquía sostiene que en Cristo existen no sólo dos naturalezas, sino también dos personas: la humana y la divina. Afirma que Dios no nace verdaderamente como hombre, sino que se une a un hombre ya existente. María, por consiguiente, habría engendrado una persona humana, a la cual, posteriormente se habría unido el Verbo de Dios. Por eso no debería ser llamada "Madre de Dios" (Theotókos), sino solamente Madre del hombre-Cristo. Nestorio, desde el año 428 obispo de Constantinopla, es el principal exponente de esta escuela.
Tal posición tiene consecuencias considerables para nuestra fe. Significaba negar la realidad última de la Encarnación, ya que Cristo se habría unido a una persona humana ya existente. En tal caso habría una yuxtaposición de- lo humano y lo divino, pero no una verdadera unión. Además, se negaba la total gratuidad de la redención, porque se atribuía a Cristo-hombre un mérito especial para llegar a la unión con el Verbo.
La escuela de Alejandría -con san Cirilo a la cabeza- reacciona contra esta doctrina. Y el Concilio de Éfeso, tercer concilio ecuménico, realizado en el año 431, confirma su posición . La doctrina conciliar afirma que es uno y el mismo el que es engendrado por el Padre desde la eternidad y el nacido de María como hombre. Por ello se puede y se debe afirmar que María es Madre de Dios. Porque Cristo es verdadero Dios y es verdadero hombre en la realidad de un único sujeto personal: el del Verbo. Para comprender mejor esta afirmación es preciso considerar la distinción entre naturaleza y persona. La naturaleza es una realidad que está a disposición de la persona, sirviéndole como instrumento y medio. La persona es el sujeto de la operación, y lo hace usando libremente de la naturaleza y de sus virtualidades. Es así como la persona humana realiza la intelección y el amor a través de las potencias intelectiva y volitiva de la naturaleza humana. En Cristo existe un sólo centro personal: el divino. No está dividido en la coexistencia de una persona divina y otra humana. Pero tiene dos naturalezas, con todas sus virtualidades, y por eso es verdaderamente Dios hecho hombre y un hombre hecho Dios.
El Concilio de Éfeso declara: "Porque no nació primeramente un hombre vulgar, de la Santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo; sino que, unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne... De esta manera [los Santos Padres] no tuvieron inconveniente en llamar Madre de Dios a la Santa Virgen."
Pocos años más tarde, en el 451, el Concilio de Calcedonia reafirma la misma doctrina: "Todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ... engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios en cuanto a la humanidad. . .
2.2. Verdadera Madre de Dios
María, afirma la doctrina conciliar, es verdadera madre de la naturaleza humana de Cristo, pero como ésta subsiste en la persona divina del Verbo, es verdadera Madre de Dios.
El Hijo de Dios es el término personal de la acción generativa de María. El Hijo del Padre v el hijo de María no son dos hijos, sino un solo y único Hijo. María no es, ni puede ser, madre de la naturaleza divina. Pero por generación humana es realmente
madre de un Hijo que es Dios. No porque sea madre de un hombre que se une a Dios, sino porque su Hijo desde el instante de su concepción es personalmente Dios. Que María no entregue a su Hijo la naturaleza ni la personalidad divina no oscurece en nada la profundidad y realidad de su maternidad. Ninguna madre confiere a su hijo el alma y, sin embargo, es realmente madre, no sólo del cuerpo que genera, sino de toda la persona. De manera semejante, María no es madre únicamente del cuerpo de Jesús, sino que es Madre del Hijo de Dios. El Verbo, al nacer de María, entró en nuestra historia asumiendo una naturaleza de' hombre. Debía ser mediador perfecto, uniendo en sí las dos partes que habían de ser reconciliadas. "En naturaleza, pues, íntegra y perfecta de verdadero hombre, nació Dios verdadero, entero en lo suyo, entero en lo nuestro...
María es el lugar histórico en el que Dios se hace carne para habitar entre nosotros. María es su verdadera madre, tanto en el aspecto biológico como en el psicológico. Cristo es gestado en su seno, dado a luz, alimentado y cuidado. Como toda criatura, es total dependencia de su Madre. Crece por ella, de quien aprende los primeros pasos, las primeras palabras, los modos de relación con los demás, las oraciones de su pueblo. De la mano de María se incorpora cada vez más a la humanidad en un lento aprendizaje. "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.”
2.3. En la aceptación libre
La Encarnación es total iniciativa de Dios, pero María no es instrumento pasivo. Las Escrituras no insisten tanto en la dignidad de María por su maternidad -biológica, sino que ponen, énfasis en su entrega creyente. El centro está en el acontecimiento religioso-personal de María. Es madre en el Sí obediente y libre. Ella lleva a Cristo antes en su corazón que en su seno (san Agustín).
El Vaticano II afirma: "El Padre de las misericordias quiso que precediera a la Encarnación la aceptación de parte de la Madre predestinada, para que así como la mujer contribuyó a la muerte, así también contribuyera a la vida." María, por su consentimiento, se torna primer miembro del Cuerpo de Cristo y recibe una función única dentro de El: la función maternal. En forma de maternidad acogió al Redentor y aceptó la redención. En ella comienza la "nueva creación", se inicia el tiempo nuevo de la salvación. María aparece así como una figura central del plan salvífico. En el diálogo histórico entre Dios y la humanidad, su consentimiento es decisivo. De él dependió nuestra salvación. En ella comienza la acción definitiva de Dios en la historia: la nueva Alianza. La maternidad es pura gracia de Dios y, a la vez, acto personalísimo de María. Es un don y una tarea, le significa un inmenso despliegue de fe. "Mucho más feliz es por lo tanto María por haber recibido la fe en Cristo, que por haber concebido la carne de Cristo." Esto implica que María tiene conciencia de lo obrado por Dios en ella. No es una conciencia basada en conocimientos de categorías metafísicas, surgidas con el transcurso de los siglos. Ella es ciertamente iniciada en el conocimiento del misterio que está viviendo, y así corresponde a lo que Dios esperaba y solicitaba: una cooperación libre. Pero es un conocimiento creciente
Se mueve en el claroscuro de la fe.
María sabe que su hijo es Hijo de Dios, pero también sabe que ha de vivir en la esperanza de la fe hasta la plena manifestación de su misión sobrenatural. "Por eso, la vida religiosa de María no se desarrolló pasando de un estado de ignorancia o positivo no-conocer a un estado de saber y reconocimiento positivo. Sino, más bien, de una coincidencia implícita, pero real, a una conciencia explícita. Expresándonos de otra manera, la vida de la fe de María está marcada por una transición de la conciencia al saber, exactamente igual que, en la vida de la Iglesia, incluso después de haber quedado cerrada la revelación, una intuición de fe precede a la definición dogmática que, naturalmente, es su resultado último." Esta conciencia y conocimiento iniciales e inmediatos aumentarán a medida que Jesús revela su identidad y realiza su obra de salvación. María "avanzó en la peregrinación de la fe"
2.4. Madre de todos los hombres
Esta maternidad divina pertenece a la historia de la salvación como tal. María posee, por consiguiente, una vinculación real con nosotros, que vivimos en esa historia determinada por ella. Su maternidad no es un simple dato biográfico en la historia de Cristo. Tiene una dimensión universal que abarca todos los tiempos y la totalidad de los hombres. "Llevando a Jesús en su seno, María llevaba también a todos aquellos cuya vida estaba encerrada en la del Salvador."
La maternidad espiritual de todos los hombres es consecuencia y complemento de la maternidad divina. Está fundamentada en la realidad de su asociación permanente a la persona y obra del Salvador. María es "Madre del Cristo total", del Cristo histórico y del místico. Es Madre de la Cabeza y de los miembros (san Agustín). No se trata de una maternidad ficticia, sino real. Nos generó en la Encarnación, nos dio a luz a la vida de la gracia en el Calvario y ahora nos alimenta permanentemente en la Iglesia. “Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el Templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la cruz, cooperó en forma del todo singular por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia."
El Vaticano II afirma además que esta maternidad "perdura sin cesar en la economía de la gracia ya que María jamás abandono a sus hijos, "pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio de salud, sino que continúa alcanzándonos, por su múltiple intercesión, los dones de la eterna salvación. Por su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso la Bienaventurada Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador."
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Notas:
Ver Lc. 1, 26-38, 1, 43; Jn. 2, 1; 6, 42; Hch. 1, 14.
Gál. 4, 4. Sobre la interpretación de este texto, M. Schmaus, ob, cit., págs. 92-94
No es un hecho casual que en el arte mariano de todos los siglos domine la imagen de la Virgen con el Niño en su regazo maternal. Ya en la catacumba de Priscila (s. II) se encuentra tal testimonio creyente.
Sobre importancia y doctrina del concilio de Éfeso ver W. Kasper, Jesús, el Crísto (Salamanca, 1976), págs. 288 ss.
E. Derizinger, El Magisterio de la Iglesia (Barcelona, 1963, 3ª. ed.), 111 a.
lb. 148. En la misma declaración contra los monofisitas sostiene el concilio “que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin reparación, en modo alguno borrada la diferencia de naturaleza por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis. no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo..."
De la carta dogmática de son León Magno a Flaviono. Ver en Denzinger, 143.
Lc. 2,52
LG 56
San Agustín, Tratado sobre la virginidad, 1-6. En La Virgen María, colección Padres de la Iglesia, pág. 64.
E. Schillebeeckx, ob. cit., pág. 39.
LG 58. M.J. Nicolás culmina sus excelentes reflexiones sobre el aumento de la gracia en María con la siguiente afirmación: "No hay razón para sustraer a María de la ley del acaecer sucesivo ni del progreso propio de la criatura. El misterio de la encarnación de Dios, que determina el de la maternidad divina, no viene a destruir la naturaleza: la glorifica, pero respetándola." En ob. cit., pág. 161.
Pío X, Enc. Ad diem Illum, ob. cit. págs. 363 s.
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