Solo con sus discípulos, en la intimidad familiar de la Cena ritual de la Pascua. Les ha hablado del amor como fundamento de la comunidad futura de los creyentes.
Postrándose ante ellos –incluso ante Judas, el traidor-, les lavó los pies, haciéndose esclavo ante ellos, pobres hombres pescadores y pecadores de Galilea. Y en un silencio sepulcral les dejó el misterio de su cuerpo y de su sangre, futura Eucaristía de la comunidad de los creyentes. ¿Lo habrán entendido estos pobres hombres, cargados de miedo? ¡Si hasta el momento éste ha sido el misterio más grande que Jesús les ha revelado!
¡Cómo me siento orgullosa, con un gozo tan agridulce en estos momentos de suprema prueba! ¡Su cuerpo, que es también parte de mi cuerpo, junto a su alma y divinidad, que son de la inmensidad de Dios, hechos misterio eucarístico para la vida de todos los hombres!
Si no fuera porque el Señor me ha dado una percepción más allá de la humana racionalidad, no podría imaginar tanta maravilla de gozo, envuelta en dolor de muerte.
¡Dame, oh Dios, un último aliento para aceptar lo que se precipita ya en estos días de la Pascua!
Jesús Ginés Ortega