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    Recuerdos de Pentecostés
    Subido por Claudia Concha el 2 de Mayo de 2004

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    Todos los días que precedieron a la gran fiesta, fueron días de recogimiento extraordinario. Una a una se iban desgranando, entre los presentes, las palabras y los recuerdos de Jesús. Pedro, Santiago, Juan, Tomás, Felipe, en fin, todos ellos recordaban, con anécdotas, recomponiendo frases, evocando los sentimientos de Jesús con los pobres, con los enfermos, con los niños, con las viudas, en fin, con todos, sin hacer otra distinción que la de los soberbios y prepotentes.

    ¡Cuántas veces rezamos con la oración que él mismo nos enseñó! Padre nuestros, que estás en el cielo... Danos el pan de cada día, perdona nuestras ofensas... No nos dejes caer en tentación... Todos la recordaban. Era impresionante escuchar el fervor con que aquellos, hasta ayer rudos pescadores galileos, juntaban sus manos y levantaban los ojos al cielo, sintiendo hondamente la felicidad de ser hijos de Dios, hermanos de Jesús y objetos del amor irresistible de su Espíritu Santo.

    Lo que ocurrió el día de Pentecostés fue algo nuevamente indescriptible. Exteriormente, un gran ruido, como de terremoto; en el aire, pequeñas y vibrantes lenguas de fuego y una transformación espectacular en el rostro de todos los presentes. ¡Todos habían sido transformados! ¡Todos se sentían tocados por la fuerza de lo alto, como por una vara mágica! ¡Todos sintieron el mismo impulso que nadie ya podría detener! ¡Salir a anunciar el Evangelio de Jesús, empezando en Jerusalén hasta llegar, pueblo a pueblo, región a región, provincia a provincia, hasta el último rincón del Imperio y a todos los pueblos desconocidos de la tierra!

    Al ver de esta manera a los apóstoles, repletos del Espíritu Santo, sentí que la Palabra de Dios se había cumplido; sentí que mi misión personal estaba terminando, que ya podía decir al Señor, como el viejo Simeón: Ahora, Señor, ya puedes hacer que tu sierva descance en paz, porque mis ojos han visto la salvación de mi pueblo. Desde hoy, Padre Santo, Hijo querido y Espíritu de mi alma, quiero volver al silencio de Nazaret, al de Belén. Quiero entonar para siempre el Magníficat definitivo de mi vida. Quiero ocupar el papel de Madre de Dios y de los hombres, con la misma actitud de servicio y amor de aquella tarde ya lejana de Nazaret... Señor, hágase en mí según tu palabra....



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