Autora: TATIANA MILSTEIN CHATEU
LICENCIADA EN HISTORIA
A lo largo de nuestras vidas nos topamos muchas veces con la palabra “Sí”, pero tal vez no hemos reflexionado en el significado de este monosílabo.
Estamos muy próximos a la celebración de la Anunciación de María y al recordatorio de ese “Sí” pronunciado ante el Arcángel San Gabriel que vino a cambiar el destino de la Humanidad. Un sí que pareciera ser tan sencillo y fácil de pronunciar o que muchas veces nos cuesta decirlo por lo que ello implica: “si acepto”, “si quiero”, “si deseo”, “si acepto tu voluntad”. A lo largo de nuestras vidas se presenta en muchas ocasiones el “si” de la fe. Cuando nacemos, nuestro primer si es pronunciado por nuestros padres cuando deciden bautizarnos, luego somos nosotros mismos quienes lo pronunciamos cuando decidimos hacer nuestra Primera Comunión, Promesa de Fe, Confirmación, casarnos por la Iglesia, y por último, cuando decidimos ingresar a la vida religiosa. Todos ellos vienen a recordar lo que la Virgen María pronunció aquel 25 de marzo. El sí que nosotros pronunciamos viene a renovar a cada momento la Alianza que hacemos con Dios Padre, en el cual nos comprometemos a seguir viviendo bajo los mandatos de Dios y cumpliendo su voluntad.
Hoy que me quiero referir al “Sí” de la vocación religiosa. Un sí que significó para una joven judía, no solo cambiar de religión, sino explorar todo un mundo nuevo, que estaba muy lejano a ella, dada su cultura y civilización. En esta oportunidad nos referiremos a Edith Stein, quien nació el 12 de octubre de 1891 en Breslau. Hija de padres judíos, fue la menor de 11 hermanos y la regalona de su madre, Auguste, porque su nacimiento coincidió con la celebración de Yom Kippur. Aun cuando no cumplía los 2 años, murió su padre, Sigfred. Auguste, una mujer muy religiosa, debió hacer frente tanto al cuidado de la familia como a la gestión de la gran hacienda familiar; pero no consiguió mantener en los hijos una fe viva. Desde los 10 años, en Edith se manifestó
una cierta inquietud que la haría dudar de su religión, y que a los 14 años la haría declararse atea. Esto tiene relación con la muerte de un tío muy querido, que se quitó la vida tras la quiebra de su negocio. Acudió al funeral. "El rabino inició la oración fúnebre. Yo ya había escuchado otras oraciones fúnebres. Eran un resumen de la vida del muerto, en que se realza todo lo bueno que había hecho durante la vida, removiendo el dolor de los familiares y sin que por ello se recibiese ningún consuelo. Por fin, con solemne y engolada voz, dijo el rabino: «si el cuerpo se convierte en polvo, el espíritu vuelve a Dios, que es quien se lo dio». Pero, detrás de todo esto, no había una fe en la pervivencia personal y en un volver a encontrarse tras la muerte”.
En 1911 comenzó a estudiar germanística e historia en la Universidad de Breslau, más para tener una base de sustento en el futuro que por auténtica pasión. Su verdadero interés era la filosofía. En 1913, se fue a Gottinga para asistir a las clases universitarias de Edmund Husserl, de quien llegó a ser discípula y asistente, consiguiendo con él el doctorado. Por aquellos tiempos, Husserl fascinaba al público con un nuevo concepto de verdad,la fenomenología, la cual condujo a varios discípulos suyos a la fe cristiana. En Gottinga, Edith se encontró también con el filósofo Max Scheler y este encuentro atrajo su atención sobre el catolicismo. Pero todo esto no la hizo olvidar el estudio con el que debía ganarse el pan en el futuro y, en 1915, superó con la máxima calificación el examen de Estado.
A partir de 1933 la tranquilidad que reinaba en Alemania comienza a desaparecer con la llegada de Hitler al poder, quien adopta severas medidas contra el pueblo judío. Una de ellas afectó particularmente a Edith Stein quien no pudo continuar con su actividad docente. Desde 1932, tenía una cátedra en la Universidad de Münster, pero debió dejarla por su antecedente judío. Una caritativa universidad de administración le sugirió que trabajase en sus proyectos hasta que la situación de Alemania mejorara, pero ella se negó. También recibió otra oferta de América del Sur, pero después de pensar bien la situación, Edith se convenció que había llegado el tiempo de entrar al convento.
LAS MUESTRAS DEL SÍ Y LA VOLUNTAD DEL PADRE
Revisando la vida de Edith Stein observamos que la mano del Padre Dios siempre estuvo presente, y fueron en un comienzo pequeñas muestras, las que la fueron acercando a Dios, como lo veremos a continuación:
- “Sí” Amor al Prójimo: Al estallar la Primera Guerra Mundial, Edith Stein decide interrumpir sus estudios y seguir un curso de enfermería, para prestar servicio en un hospital militar austriaco. Fueron tiempos difíciles. Atendía a los ingresados en la sección de enfermos de tifus y prestaba servicio en el quirófano, viendo morir a hombres en la flor de su juventud. Al cerrar el hospital militar en 1916, retomó sus estudios.
- “Sí” al encuentro de Dios: En una oportunidad, le tocó observar cómo una aldeana entraba en la Catedral de Frankfurt con la cesta de la compra, quedándose un rato para rezar. "Esto fue para mí algo completamente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que he frecuentado los creyentes acuden a las funciones. Aquí, sin embargo, una persona entró en la iglesia desierta, como si fuera a conversar en la intimidad. No he podido olvidar lo ocurrido".
- “Sí” a la Esperanza: En 1917 se encontraba en Friburgo, como asistente de Husserl. Un día cualquiera le llegó la noticia de la muerte del filósofo Adolf Reinach, caído en el campo de batalla. Su esposa y otros amigos le pidieron que fuera a ordenar sus escritos. En un principio, Edith vacila. Teme que no será capaz de decir cosa que pueda consolar a la viuda, creyéndola desesperada por la pérdida de su compañero. Sin embargo, se encuentra con la viuda Reinach y al verla, queda impresionada de su comportamiento resignado, casi sereno, en el que inmediatamente intuye la fuerza de la fe cristiana. De repente se le abre la puerta de un reino hasta ahora desconocido: el reino de la esperanza cristiana.
- “Sí” quiero: En el verano de 1921, mientras está en la casa de unos amigos que se habían convertido al catolicismo, encuentra en la biblioteca la autobiografía de Teresa de Ávila. La leyó durante toda la noche. "Cuando cerré el libro, me dije: esta es la verdad". La Santa española empezó a ser para Edith el modelo de su nueva vida de fe, y quiso seguirla, con la intención de hacerse carmelita descalza.
- “Sí” acepto la voluntad de Dios Padre: En enero de 1922 se bautizó. Inmediatamente después de su conversión, Edith aspira a entrar en el Carmelo, pero sus consejeros espirituales, el Vicario general de Espira y el Padre Przywara, S.J., le impiden dar este paso. Acepta entonces un empleo de profesora de alemán e historia en el Instituto y seminario para maestros del Convento dominico de la Magdalena de Espira hasta Pascua de 1931. Después de su conversión, lo primero que hizo fue volver a Breslau para contarle a su mamá, para ella no fue nada fácil, porque Edith era su orgullo y se echó a llorar cuando su hija se reclinó en su regazo y le dijo: "Madre, soy católica". Edith la consoló como pudo, e incluso la acompaño a la sinagoga. Su madre no se repuso del golpe -lo consideraba una traición-, aunque no tuvo más remedio que admitir, viendo a su hija, que "todavía no he visto rezar a nadie como a Edith".
- “Sí” para siempre: El 14 de octubre de 1933, a la edad de 42 años Edith Stein entra en el monasterio de las Carmelitas de Colonia. Al año siguiente, el 14 de abril, tuvo lugar la ceremonia de toma de hábito. El Archiabad de Beuron celebró la misa. Desde aquel momento Edith Stein llevará el nombre de Sor Teresa Benedicta de la Cruz, reflejando su especial devoción a la pasión de Cristo y su gratitud a Teresa de Avila por su amparo espiritual. Son muchos quienes traducen su nombre como Teresa “bendecida por la cruz”.
El Calvario a la Cruz
Ante los persecuciones contra los judíos en Alemania, Edith fue llevada al convento de Echt en Holanda, en compañía de su hermana Rosa quien también se había convertido, allí gozaron por poco tiempo de tranquilidad, porque
Holanda fue ocupada por los nazis. Desde enero de 1942 se dio cuenta que su presencia en el Carmelo de Echt podía acarrear consecuencias desagradables para la comunidad. Holanda estaba ocupada por Alemania, y a través de una sutilísima red se multiplicaban los centros de las SS. Tanto Edith como Rosa fueron llamadas a Maastricht y tuvieron que dar informaciones por su propia cuenta. Se les exigió llevar en el vestido la estrella amarilla, señal de que eran judías. Sor Teresa Benedicta trató por todos los medios posibles de encontrar una visa para Suiza para poder refugiarse en el Carmelo de Le Paquier. La comunidad de Le Paquier informó a la Comunidad de Echt que podía aceptar a Edith pero no a Rosa. Para Edith fue inaceptable y por eso se rehusó ir a Suiza y prefirió quedarse con su hermana Rosa en Echt.
El 2 de agosto de 1942 llegó la Gestapo al convento de Echt. En ese momento, Edith se encontraba en la capilla con las otras Hermanas. En cinco minutos debió presentarse, junto con su hermana Rosa, quien también se había convertido. Sus últimas palabras que se oyen en Echt y que están dirigidas a su hermana son: “Ven, vayamos, por nuestro pueblo". Ambas hermanas son llevadas con otros judíos convertidos al cristianismo, al campo de concentración de Westerbork. Se trataba de una venganza contra el comunicado de protesta de los obispos católicos de los Países Bajos por los progromos y las deportaciones de los judíos. Hay muchos testigos que cuentan del comportamiento de Edith durante esos días de prisión en Amersfoort y Westerbork, el campamento central de detención en el norte de Holanda; cuentan de su silencio, su calma, su compostura, su autocontrol, su consuelo para otras mujeres, su cuidado para con los más pequeños, lavándolos y cepillando sus cabellos y cuidando de que estén alimentados.
Al amanecer del 7 de agosto, los prisioneros de Westerbork, incluyendo a Edith Stein, fueron llevados a los trenes y deportados a Auschwitz. El 9 de agosto Sor Teresa Benedicta de la Cruz, junto con su hermana Rosa y muchos otros de su pueblo, murió en las cámaras de gas de Auschwitz.
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