Que el Presidente de la República haya recurrido a los términos populares “condoro” y “embarrada” para referirse a la confusión originada por las afirmaciones de uno de sus subalternos, dentro de la cartera de Salud, puede ser producto de la sintomatología política por encauzar los discursos hacia la ciudadanía de manera más informal. Sin embargo, el verdadero trasfondo del tema, más que las curiosas palabras utilizadas por nuestra máxima autoridad se refiere, más bien, a las consecuencias que se derivan de un programa de salud cuya influencia social es de la máxima importancia, ya que afecta la dignidad de la mujer, el derecho a la vida del que está por nacer y el mensaje social que se emite, entre líneas, sobre cómo proceder con respecto a la sexualidad.
Dentro del contexto popular nadie puede negar que existe actualmente una exaltación de la actividad sexual, prematrimonial e, incluso, informal. Sin embargo, la exacerbación de la sexualidad humana ya no sólo se encuentra presente bajo los parámetros de la publicidad o para cautivar a la audiencia televisiva. Hoy, a través de los medios de comunicación, somos informados sobre casos extremos de abuso sexual que incluyen la violación, redes de pedofilia, el incesto, estupro y violencia intra familiar que no sólo está desgarrando el cuerpo y la vida de mujeres sino que, ahora también, alarmantemente, el de niños.
Como conclusión, entonces, podríamos afirmar, producto de tantas noticias referentes a abusos sexuales, de que enfrentamos, como sociedad, la deshumanización de las relaciones entre hombres y mujeres.
Quienes patrocinan la amplia entrega del anticonceptivo píldora del día después argumentan su postura diciendo de que ésta se encuadra bajo los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, que es un servicio de salud sexual y reproductivo, que sin este tipo de medidas las mujeres estarían sujetas a la discriminación y que es un derecho amparado bajo el alero de los derechos humanos internacionales.
Sin embargo, no veo dónde se manifiesta el compromiso social, la solidaridad con el prójimo, ni la protección de algún derecho, por medio de la repartición de una píldora que, además de ser cuestionada por sus efectos micro abortivos, en vez de proteger, más bien desampara a la mujer.
La mujer queda abandonada a su suerte porque, a la sociedad se le entrega la equívoca señal de que la dignidad de la mujer no emana de su persona como un todo, ya que sólo se destaca su corporeidad y capacidad reproductiva.
La protección y derecho a la vida del que no ha nacido, resguardados bajo los artículos 19 No.1 de la Constitución, 75 del Código Civil y 119 del Código Sanitario, también quedan sujetos a cuestionamiento porque, si se desea repartir esta pastilla libremente, no se está venerando la autonomía e individualidad de ese ser en gestación que merece el mismo respeto y protección social de la madre que lo lleva dentro.
Por último, el recurrente término sexo seguro es una interpretación proveniente de tendencias que se auto proclaman como progresistas y democráticas, pero nada hay de progresista en una visión que da rienda suelta a la irresponsabilidad sexual y sólo destaca el acto sexual como si se tratase de algo meramente visceral, primitivo y carente de los componentes espirituales que sólo el ser humano es capaz de otorgarle.
Los temas valóricos se han posicionado dentro de la agenda política y la verdadera responsabilidad no se encuentra en tan sólo denunciar los problemas, sino en solucionarlos.
Dentro del debate social, aún abunda la confusión y rechazo ante medidas – como la píldora del día después- que no han logrado subsanar las graves consecuencias sociales que se desprenden por una desequilibrada actitud en torno a la sexualidad.
Como solución, no podemos aceptar una política que no busque encauzar la conducta de sus miembros hacia un comportamiento que engrandezca, valorice y admire uno de los complejos componentes humanos como es la sexualidad.
Los condoros y embarradas, cuando involucran la vida, respeto y dignidad de las personas, no debieran ocurrir. Más aún cuando el “condoro” pareciera referirse a un tema comunicacional y no de fondo.
Paula Schmidt M.*
*Periodista e Historiadora
fuente: La Segunda
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