Fuente: El Mercurio
María Luisa Brahm
Directora Ejecutiva Instituto Libertad
La moral y la política tienen en común con la música una estructura compuesta por tonos y semitonos. En aquellos ámbitos de la vida encontramos algunas certezas y convicciones, como resuena el do, claro y profundo en los principios. Pero en la ley de las octavas, cada ciertos intervalos surgen semitonos, momentos cruciales en que se nos ofrece un quiebre, donde la vibración se nos insinúa para transformar la energía, permitiéndonos ascender, primero hacia el sol y, luego, nuevamente en el do.
La historia también nos ofrece semitonos. Ellos inundan la vida, sobre todo, cuando enfrentamos fenómenos complejos, terreno donde las percepciones se confunden, llevando a muchos hacia las trincheras de los tonos iniciales, claros, pero también irreconciliables.
En esa evolución nuestra sociedad enfrenta el debate sobre la píldora del día después como una sinfonía donde los semitonos son desplazados por la confusa expresión de voces extremas. De hecho, han determinado el tono del debate variables políticas, legales, científicas y religiosas. Se atraviesan, también, la oportunidad electoral y los sucesivos errores de la autoridad, que no logra coherencia en la fundamentación cuantitativa de sus políticas públicas. Entonces, la decisión de ofrecer la entrega de la píldora en servicios de atención primaria de urgencia a mujeres víctimas de violación se ha transformado en un tema de campaña sobre el cual la ciudadanía - entre ella el pueblo católico- no cuenta con herramientas para distinguir entre certezas y debates aún abiertos.
Por el contrario, sabemos que el punto crítico del asunto está en si la píldora genera o no abortos. Si consultamos la opinión de científicos, encontraremos posiciones opuestas, aunque todas ellas coherentes con las convicciones previas de quien observa los efectos del medicamento. No contamos con una sola interpretación de las "certezas" científicas. Por lo tanto, si en este plano no existe acuerdo, ¿con qué herramientas contamos los católicos para discernir?
Juan Pablo II, en la "Carta a las mujeres", entregada antes de la Conferencia de Pekín, en 1995, nos dice: "Cuánto reconocimiento merecen... las mujeres que, con amor heroico por su criatura llevan a término un embarazo derivado de la injusticia de relaciones sexuales impuestas con la fuerza; y esto... en situaciones de bienestar y de paz, viciadas a menudo por una cultura de permisivismo hedonístico, en que prosperan también tan fácilmente tendencias de machismo agresivo. En semejantes condiciones, la opción del aborto, que es siempre un pecado grave, antes de ser responsabilidad de las mujeres, es un crimen imputable al hombre y a la complicidad del ambiente que lo rodea".
Si observamos el fondo del mensaje papal, se nos revela una conducta heroica, encarnada en aquellas mujeres que optan por su criatura. Ese coraje consiste en extremar el ejercicio de las virtudes. Comprende, entonces, un modelo a seguir.
Sin embargo, la prístina luz que arroja el "modelo" contrasta al verificar la influencia del entorno en los embarazos derivados "de la injusticia de relaciones sexuales impuestas con la fuerza". ¿Qué hemos hecho los católicos para revertir el ambiente de hedonismo que rebaja la dignidad del cuerpo femenino y, a la vez, prepara mentes enfermas para cometer tal bajeza? ¿Qué hacemos para contextualizar la sexualidad en el amor y no en el comercio? ¿En este entorno y en circunstancias límites, puede alguien atribuirse el derecho de tomar el lugar de los individuos, decidiendo por ellos si cabe o no tomar la píldora, y luego juzgarlos?
Los católicos podemos descubrir los semitonos ocultos en este debate y comprender que la sociedad es distinta a los tipos ideales diseñados en el Catecismo. Por ello, estamos llamados a persuadir más que a imponer nuestras convicciones a través de leyes, decretos o reglamentos. Debemos motivar hábitos distintos y transmitir mensajes adecuados, a través de los canales disponibles.
Con humildad, debemos asumir que es imposible eludir la responsabilidad de la autonomía individual, del libre albedrío, en la decisión de comprar o no este tipo de fármacos. Asimismo, será imposible determinar la voluntad de los alcaldes. Y es deseable que así sea. Los ciudadanos evaluarán a sus autoridades, también, por su posición frente a estos temas, porque, tal como el sacerdocio ministerial, la política, según palabras del Papa, "no es expresión de dominio, sino de servicio". Los católicos debemos encontrar unión en el servicio, no en la voluntad de dominio. Debemos trabajar más y controlar menos.
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