Jorge Reyes Zapata
Abogado
En los últimos días he tenido ocasión de conocer unos trabajos realizados por la Fundación Norteamericana de estudios públicos, Heritage. En un esfuerzo notable se ha confeccionado por ellos lo que denominaron el “Mapa de la Familia Americana”, que ilustra con tablas y gráficos las tendencias y la dinámica, en los últimos cincuenta años, de pertenecer o ser rechazado en los Estados Unidos. Estas tablas han sido obtenidas, en su mayoría, de estudios del gobierno federal y dan una imagen de lo que está sucediendo a las familias norteamericanas.
Las consecuencias de pertenecer, de ser rechazado y de la indiferencia están ilustrados en estos gráficos. Datos exhiben, en forma repetida y consistente, que los niveles más altos de resultados favorables, positivos de vidas plenas y felices son de aquellas familias en las que los padres se pertenecen el uno al otro y a sus hijos: de la llamada familia natural.
Queda como evidencia palmaria que en estas familias tanto los adultos como los niños tienen menos probabilidades de vivir en la pobreza, menos probabilidades de depender de la beneficencia. Aun más, los niños de esas familias tienen mayor probabilidad de tener éxitos académicos y menos probabilidad de caer en depresiones.
Aunque estos gráficos son de correlación – lo son deliberadamente, para dar mejor una imagen de lo que está sucediendo con los niños americanos–, los estudios de regresión y de exploración causal realizados por los mejores sociólogos del país del norte y especialistas en familia encuentran, en forma repetida, que la familia natural es el mejor lugar para el desarrollo de los niños.
Cuando los padres se rechazan el uno al otro por el divorcio u ocurren los nacimientos marginados del matrimonio, queda demostrado que en un número muy elevado las potencias de los niños no se desarrollan como debieran, y se presentan en un modo reiterado resultados importantes en delincuencia, adicciones, abuso y fracaso. Cuando los padres y madres se pertenecen en matrimonio, sus hijos exhiben niveles superiores de prosperidad.
El estudio muestra que en 1950 de cada cien niños que nacieron ese año, 12 se encontraron en una familia quebrada, cuatro nacieron fuera del matrimonio y ocho sufrieron el divorcio de sus padres. Al llegar al año 2000, el número había subido cinco veces y de cada cien niños nacidos, 60 entraron a una familia rota, 33 nacidos a padres solteros y 27 sufrieron el divorcio de sus padres. Este, de un modo elocuente, es el triste legado de la ley del divorcio.
Tenemos que concluir, entonces, que en los últimos cincuenta años Norteamérica ha cambiado; de ser en forma preponderante una “cultura de la pertenencia” ha pasado a ser ahora una “cultura del rechazo”.
No hay área alguna de preocupación gubernamental, no hay un solo presupuesto de un programa importante que no aumente cuando se rompen los matrimonios, o cuando los padres se rechazan mutuamente. Recoger los platos rotos no es sólo la obligación de la familia rota, sino de todos los contribuyentes y de toda la sociedad. Dados estos resultados, podemos decir que este cambio cultural --este último experimento de América con la libertad– ha sido un fracaso enorme.
Norteamérica ha comenzado a restaurar las condiciones en las que pueda crecer nuevamente una cultura de la pertenencia, con todos los ingredientes de ella. El experimento Americano de la verdadera libertad, y que ha ayudado a dar forma a los ideales de esa nación, está llamado, nuevamente, a desarrollar un rol de avanzada en esta materia.