Hay gente que arrastra ofensas casi de por vida. Y, miradas bien, no son mayores que las que han sufrido otros. La diferencia radica en lo que cada uno ha sabido hacer de ellas. "El que se nos haya agraviado no significa nada, a menos que insistamos en recordarlo", dice Confucio. La gravedad de una ofensa depende en buena parte del que la sufre, más que del ofensor. El punto entonces es qué se hace con esa cantinela de verdades, medias verdades o simplemente mentiras que nos tuvimos que tragar involuntariamente. Y que cargamos sin ánimo alguno. Los recuerdos de una conversación ingrata, salpicada tal vez de reproches mutuos o verdades confundidas con exageraciones, no son fáciles de borrar. Sobre todo si al ofensor lo tengo ahí al lado, en la familia, oficina o barrio.
"Frágil es el recuerdo de los beneficios, tenaz el de las injurias", dice un pensador romano. Difícil resulta deshacerse de una falta sufrida o una palabra hiriente. "Irritarse por una injuria es casi reconocer que se merece; al despreciarla queda sin valor", leo por ahí. Echamos mano del viejo truco de desentendernos del reproche sufrido y a veces resulta ser el método más apropiado para olvidar, si no se quiere vivir recordando eternamente ese mal rato.
Pero si somos honestos con nosotros mismos, debemos reconocer que la raíz de muchos agravios se encuentra no pocas veces en uno mismo. Detrás de más de una palabra hiriente se esconde una falta de atención, un desaire o ignorancia culposa de nuestra parte. Asumamos humildemente la cuota de responsabilidad en eso que nos hirió. Tal vez saquemos más de una lección de un momento de rabia.
A veces la insolencia u ofensa sufridas, sobre todo de alguien cercano y querido, tiene parte de su origen en ese descuidado o falta de sigilo en el cultivo de una relación. Pisamos callos sin darnos cuenta o desoímos en un momento en que se nos pidió especial atención. Y regalar oídos a otros es un arte que exige esmero, si no queremos terminar golpeándonos contra una pared.
"El grado de percepción que cada cual posee es una medida exacta de sí mismo", dice Carlyle, historiador escocés. Y en esto entra de lleno la empatía que logro con mi interlocutor, cuán cuidadoso soy en captar todo lo que me comunica. Y lo digo porque en el trato cotidiano se dan de esas desconexiones que dan lugar para más de una ofensa o resentimiento. La gente más inteligente que he conocido es la que es capaz de mascar chicle y andar en bicicleta a la vez; atender a una conversación y manejar el auto, clavar un clavo y hablar de fútbol. Son de esas personas que han sabido considerar al otro en su situación concreta y no buscan constantemente atraérla hacia la suya. Cosa que no todos hacen. "El verdadero entendimiento consiste en dar valor al de los demás", señala un escritor francés. Un secreto simple, cargado de inteligencia.
De las cosas que se queja constantemente el mundo juvenil es de la desatención que sufren. Tal vez parte de la arrogancia juvenil de la que se queja el mundo adulto radica en este saberse oídos, sí, pero no escuchados. Y menos entendidos. Otro tanto se produce en el diálogo matrimonial que en muchos asemeja más a un diálogo de sordos, un simple intercambio de información, antes que un diálogo de verdad. Otro tanto en ambientes laborales en que se cree que se conversa mucho, pero en el fondo se dicen poco y nada. Y de ahí a los reproches, las ofensas y los gritos, un paso. Aunque no siempre lo parezca, atender mejor y valorar al otro, van de la mano.
Padre Hugo Tagle-Moreno
Para: Todo Mujer
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