Hace unas semanas visité una escuela en las afueras de Santiago. Bonitas instalaciones, debo reconocerlo. Pero me preguntaba por lo que iban aprendiendo los alumnos, lo que brotaba de esas aulas; lo que, tras horas de sudor, esfuerzos y más de una rabia, quedaría finalmente en su alma. La breve conversación con ellos, todos niños pequeños, no bastaba para formarse una opinión. Y sin embargo ya sabía, casi como una fatalidad, que las herramientas de que iban a disponer para afrontar su futuro eran más que precarias. Educar no es tarea fácil, lo sabemos. Es mucho más que embutir conocimientos y fórmulas que corren el peligro de olvidarse a las pocas semanas. Educar es un proceso de vida que toma toda la existencia del alumno, todo el día y horas de la semana. No se limita a un espacio de tiempo que, por más generoso que sea, será siempre reducido si lo limitamos a las clases. Comienza en su núcleo más íntimo que es el familiar.
Leo por ahí que "el don mas grande que podemos hacer a otros no es compartir con ellos nuestra riqueza, sino hacerles descubrir la propia". Y eso es educar. Será un excelente maestro aquel que, enseñando poco, hace brotar en el alumno el deseo de aprender, de salir de sí, de hurgar en el mar de conocimientos que se le presentan por delante. Y esto como tarea propia, como misión de vida y no como imposición pesada y agobiante. Y esta misión, despertar ese apetito, es toda una odisea. "Si sólo se enseña a un hombre, éste jamás aprenderá", decía G.B.Shaw, dramaturgo irlandés. Lo que entra forzoso en el alma, sale igual de rápido, si no se logra hacer de eso propiedad y conquista propia; termina viviendo en uno de prestado y como simple parásito, por muy noble que sea ese conocimiento. En el fondo, aprender tiene mucho de autoaprender, de darse el trabajo de buscar por sí mismo las fuentes de conocimiento.
Si somos honestos con nosotros mismos, debemos reconocer que lo que más cala hondo en el alma es lo que hemos aprendido por nuestra parte y asumido como propio. Pero será otro el que encienda la mecha.
Un proverbio chino dice que si haces planes para un año, siembra arroz. Si los haces por dos lustros, planta árboles. Si los haces para toda la vida, educa a una persona. Teniendo a la persona en lo sustancial, dandole las herramientas básicas para su desarrollo como persona, lo demás viene por añadidura. La gran meta de la educación es, en ese sentido, no el conocimiento, sino la acción que supone y se desprende de ella. Y no en el sentido de hacer cosas, sino de gestar mejores personas que se desenvuelvan plenamente en todos los ámbitos de la vida.
Pero lo primero sigue siendo ese apetito no inexistente pero sí adormecido, ese hambre por conocimientos y sana ambición en la que se esconde el afán de progreso y desarrollo. Enseñar a quien no tiene curiosidad por aprender, es sembrar un campo sin ararlo, dice Richard Whately, arzobispo inglés. Y no deja de tener razón. Se goza la comida cuando existe el apetito. Y en esto tiene gran responsabilidad la sociedad en su conjunto. De poco sirve la tarea educativa de colegios, liceos y universidades si no se despierta primero un hambre por saber en el seno familiar, primera escuela. Si allí existe apatía, desinterés y desidia, de poco sirven otros esfuerzos en esta área. La tarea educativa tiene que ver con un ethos del empeño asumido, de una opción radical y un tomarse en serio una labor que compete a todos. Recién ahí podremos hablar de progresos educacionales.
Padre Hugo Tagle-Moreno
Para: Todo Mujer
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