¡Qué profundos son los ojos de un inocente niño!
¡Qué transparente es su mirada serena y tranquila!
¡Qué maravilloso es contemplar a un niño intocado!
¡Cómo nos duele ver los ojos de los niños heridos, golpeados y profanados!
¿Por qué? Sin duda, porque en ellos palpamos un mundo todavía noble, bello, puro, intocado; un mundo en que cree en los demás; donde se admira lo bello; donde reina la verdad y la sinceridad.
María, al ser presentada en el templo de Jerusalén, se dispone a entregarse, a consagrarse, a colocarse a disposición de Dios para colaborar con Él en libertad y con alegría. Con esa misma actitud vivió la anunciación, la visita a su prima Santa Isabel, las dudas de San José cuando pensó en dejarla, el viaje con el niño en su vientre a censarse a Jerusalén y el nacimiento de su Hijo.
Por eso ella nos pide dos colaboraciones en este tiempo: ayudar a que muchos niños que tienen menos que nosotros puedan tener ojos alegres, agradecidos y esperanzados; al descubrir y percibir cuánta gente con generosidad hace que sus dolores cotidianos se transformen en vida y esperanza en esta navidad.
También Ella quiere despertar en cada uno de nosotros lo que todavía se agita de ojos de niños; a pesar de caídas y traiciones, a pesar de cansancios y desesperanzas, a pesar de no creer en nosotros ni en los demás.
Porque Cristo vive y habita en nosotros, levanta tus ojos, mira los ojos de María, para que reflejado en ellos descubras los ojos de niño que aún hay en ti.
P. Carlos Cox
pcacox@mariohiriart.cl
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