“... Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Y creo Dios, pues, al ser humano a imagen suya. A imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó.”
Así, desde el inicio mismo de la vida humana sobre el planeta, la imagen de Dios queda plasmada en el ser humano como una dualidad: como varón y como mujer, iguales en dignidad, pero distintos en su modalidad y, por lo tanto, complementarios.
Ninguno de ellos encarna por sí mismo la plenitud del ser humano, sino los dos en conjunto y en partes iguales. De este modo el ser humano, no sólo es imagen de Dios “a secas”, sino imagen del Dios Trinitario: “tres personas distintas y un solo Dios, no más”. Dios también es comunidad, no es un absoluto solitario. Por eso, en el momento de la creación dice: “Hagamos... ” y no “Yo voy a hacer...”.
Volviendo a la antropología que nos presenta el Génesis y parodiando el misterio trinitario, podemos decir: “Dos personas distintas –mujer y varón- y un solo ser humano, no más”.
En el pensar de la Iglesia, siempre se ha asociado a la mujer con el Espíritu Santo, así como al varón a Cristo. Es como si, para hacerse más comprensible al hombre, Dios quisiera manifestársenos en ambas versiones: masculina y femenina, expresa en términos humanos.
Cuando Dios “piensa” a la mujer, la concibe como una “compañía” semejante, para que el hombre no esté “solo”. Nuevamente un alcance al relato bíblico de la creación: allí dice “primero, segundo, tercero, etc.”. Nosotros sabemos que Dios es “potencia y acto” a la vez. Es decir, concibe en su mente divina y crea a la vez. Nos que haya creado primero al varón “y que después de pensarlo un poco, haya dicho “no es bueno que esté solo, hagámosle una secretaria para que lo ayude”... No.
Desde el primer instante Dios piensa en el ser humano como una unidad-dual, una unidad de a dos, a imagen y semejanza de El y complementarios entre sí. En el relato del Génesis, que viene inmediatamente después de la creación del ser humano (Gén. 1,28) dice Dios: “Procread, multiplicaos y llenad la tierra; sometedla y dominad...” etc. A ambos les dice esto.
Así, el varón participa en la tarea más “ordenadora” por así decir (da nombre a los animales, etc.) y la mujer “lo acompaña”... No sentada en una silla, sino animándolo –dándole “alma” -¿qué es un cuerpo sin alma? ¡un cadáver! Ella está junto a él impidiendo la soledad y el individualismo que empobrece y estrecha, “poniéndole alma”, espiritualizando la obra; vinculando lo meramente material con su trascendencia, llevándola a su perfección y plenitud. La mujer es la que pone “el toque femenino” a la obra creadora de Dios, la humaniza.
(Propuesta para la mujer del siglo XXI, Hna. M. Pilar del Campo, año 1995)
"El hombre y la mujer son iguales en su valor y dignidad fundamentales porque ambos son personas; ambos están llamados a ser hijos en el Hijo y pueden desde ahora pertenecer exclusivamente al Señor. En cambio, son diferentes en sus estructuras y funciones, de tal manera que cada uno posee una parte de los valores humanos. Están mutuamente ordenados a la complementación, no pudiendo llegar ninguno de los dos a su plenitud humana si no se deja complementar con la riqueza del otro sexo.
Cualquier menosprecio del otro sexo es infundado y abusivo. Además entraña el peligro de cerrar un sexo a los valores del otro impidiéndole así llegar a su pleno desarrollo y maduración, a través de la complementación. Cuando ese menosprecio adquiere una dimensión cultural, tarde o temprano se transforma en crisis social."
(Mujer ¿quién eres?, P. Jaime Fernández, año 1995)