P. Gustavo Ferraris, sdb
Esta vez me propongo un tema de fondo sobre la relación de pareja: como valorar y desarrollar la propia capacidad de "ternura". Descubrí esta faceta de la persona y me dediqué a profundizarlo con lectura y reflexiones. Me doy cuenta cada día más de su importancia y del grave descuido de esta cualidad, que todos tenemos, pero que, como toda capacidad, debe ser desarrollada.
¿Será posible desarrollarla, o se despierta sola, y si no aparece sola, no hay nada que hacer? ¡Sí, se puede cultivar! Es una faceta fundamental del amor, y como todo el problema del amor, es siempre fruto de nuestras decisiones. El atractivo hacia una persona, enamorarse de ella nace espontáneo, como nace espontáneo el sentimiento de ternura delante de una guagua que se entrega sin defensa, y uno recibe el impacto pasivamente, se abre sin esfuerzo. Es un don gratuito, un regalo que llega solo, y uno sólo puede sentirlo y gozarlo.
Hasta aquí estamos todos de acuerdo. Pero el paso siguiente es lo más importante: Transformar el enamoramiento en amor, la actitud pasiva - espontánea -, en activa, voluntaria, manejable, con una decisión: quiero amar, decido buscar el bien, hacer feliz, decido abrirme a la ternura. ¿Cómo?
1. Empezar con valorar como una riqueza la propia capacidad de sentir y expresar ternura. Si no la aprecio, la reprimo, como una debilidad.
2. Proponerse cuidar ese sentimiento, darle relieve, hacerlo subir a la conciencia, y alegrarse de sentirlo, porque siempre humaniza la persona.
3. Buscar ocasiones oportunas para expresarlo, con libertad interior y con convicción de que es un bien, un regalo, siempre gratificante, pero expresado con humildad, es decir, sin pretender la misma respuesta.
Aquí está el punto más importante, porque un gesto de ternura es donación, es pensar sólo en el otro, y "pretender" una respuesta esperada es pensar todavía en uno mismo - si me das o no me das - y falsifica el gesto.
Analicemos el gesto de la unión sexual, que debe y debería ser la cumbre de la mutua expresión de ternura. El gesto en sí dice oblación plena y total, y ¿"recíproca"? Pero, si no se despertó la ternura, surge la sensación de instrumentalización, de posesión egocéntrica, - tan dominante en nuestra cultura - que apunta sobre el placer individual, aunque físicamente compartido, pero distanciado en la comunión de sentimientos.
El orgasmo entonces, en lugar de exaltar la comunión - éxtasis - exalta la privatización del placer, del dominio de la situación, a favor de uno, y la unión sexual pasa a ser un bien de consumo: Me sirve lo tomo, no me sirve, lo dejo. La persona del otro desaparece. La ternura: si es que alcanzó a asomar, aparece sólo el interés personal, narcisista. Es romper la belleza divina del gesto: separar la unión de los cuerpos de la unión de las intimidades y es echar a perder todo, vaciando su contenido, el AMOR. El encuentro conyugal no puede separarse nunca de la ternura, que une a los dos y los transforma en un "NOSOTROS", más allá del tú y del yo.
El haber celebrado el "sacramento" del matrimonio en Cristo, refuerza esa visión: Cristo sólo amó a su esposa, la Humanidad redimida, y la amó dándose gratuitamente. Él comunica su gracia, con el sacramento, para ser capaces de amar así, como Él amó, con esa fuerza que busca el bien del otro. Y cuando una persona se siente amada tan desinteresadamente, se conmueve: brota la ternura y la gratitud; con la ternura, la "oblatividad" las ganas de entregarse y de realizar la comunión.
Comunión con Cristo, comunión con el cónyuge. La ternura hace del encuentro conyugal una intercomunicación plenamente personal, recíproco y "paritario" - no de poderoso a débil - compromiso de crecimiento mutuo en la perfección personal, en la admiración y el estupor de amar y sentirse amados, en la afectividad irradiante y esplendorosa, del amor "crístico" divinizado, digno de los hijos de Dios que es Amor - Comunión.
Sólo la ternura hace experimentar la "alteridad" como un valor auténtico y divino, que debe ser acogido con encantamiento, por ser el don gratuito del otro, imagen del gran Otro, autor del "todo", y nunca como un simple instrumento para utilizar al propio servicio.
La “ternura” no se puede “exigir”. Sólo se puede “ofrecer” y a “acoger”, disponiéndose a abrirse al otro. Exigirla se traduce siempre en un “tú debes” y sabemos que “tú debes” mata el amor, y con mayor fuerza hiere su expresión más elevada: la ternura. Pero también es un gran secreto saber “acoger” la ternura del otro. Acoger es empatizar, es ponerse abiertos a la emoción íntima expresada por el otro, es darle importancia al otro en su auténtica realidad de ese momento.
En un momento difícil, en un disgusto, la tentación común es el rechazo, el cerrarse al otro, diciéndole, sin decirlo, “no te creo”, “es falsa tu actitud”, porque asoman enseguida las “heridas recibidas”, las incomprensiones y los sufrimientos causados por el otro.
Todo esto es cierto, y ciertas situaciones son, en momentos críticos, incontrolables, e inevitables. Aceptemos esta realidad. Pero la ternura puede actuar también en estas circunstancias, ¿cómo? Dominándose para no descalificar al otro y respetarlo en su rechazo. ¿Por qué?: porque está muy herido(a), y por lo tanto no puede en ese momento acoger un gesto de ternura. Lo rechaza porque está todavía con la herida abierta y en “carne viva” no se puede aceptar nada ¡menos una caricia! Duele siempre.
Es el momento de redoblar el gesto de ternura, aceptando con “comprensión” el rechazo del otro. Esta aceptación, esta permisividad es un verdadero gesto de ternura: la persona se abre a la otra en su realidad, sin exigir nada, para que se sienta amada como es - no como debería ser – y esta aceptación manifiesta la verdad y autenticidad del primer gesto: “yo quise, y quiero ahora, tu verdadero bien, que es ahora aceptar verte sufrir y acompañarte en tu sufrimiento, sin poder hacer nada”.
En este caso la persona rechazada puede reaccionar mal, sintiéndose acusada de culpable. Es cierto, pero si el gesto es de ternura auténtico, verdadero, sigue con la decisión de preocuparse por el otro, y no de su propia defensa. En esto consiste realmente la “ternura”: un amor siempre disponible, y disponible desde dentro, no en la superficie.
Rechaza por lo tanto el pensar: “¿me das?, te doy” ¿no me das?, entonces arréglate, “yo no te doy tampoco”. Es la treta, el autoengaño de una falsa ternura, un profundo egoísmo que estaba disfrazado de un gesto de ternura, y la otra persona lo capta y lo rechaza.
Aquí aparece una gran verdad: la ternura, fruto exquisito del amor auténtico, nace “espontánea” en las ocasiones “normales”, fáciles, - mirar una guagua siempre tierna e indefensa - pero crece “cultivada”, crece con decisiones conscientes de expresar ternura. Supone un “cultivo” de esta capacidad de expresar amor.
La persona nace con esta “capacidad” de expresar ternura, pero es “capacidad”, “posibilidad de”. No nace con la ternura ya desarrollada. Si recibe ternura, en su infancia, entregará ternura. Si recibe “dureza”, rigidez, mal trato, se cerrará a toda ternura para no sufrir y se volverá incapaz de expresar ternura.
La posibilidad de desarrollar las propias capacidades supone un proceso. La persona nunca está plenamente “hecha”, realizada. La persona humana es siempre “posibilidad, más posibilidad”. Su riqueza no está nunca sólo en lo que ya es, sino en lo que puede “llegar a ser”, a “realizar su mayor plenitud”, y esta posibilidad no está sólo en el niño, en donde todo lo vemos claro. Está siempre latente en los adultos y muchos la pierden de vista. Entonces se estancan, creen haber alcanzado la meta, pero sólo la hacen consistir en “años” vividos, y no se exigen en seguir “creciendo”. Empiezan a sentirse muertos en vida.
Una piedra está caracterizada por su “definitividad”: no se espera ya nada de ella. Es lo que es. En cambio la cualidad más peculiar del ser humano es su capacidad de sorprender. Para los animales el mundo es lo que es. Se adaptan. No cambian. Para el ser humano el mundo, la realidad es “construcción”, es “creación continua de lo nuevo”.
Ser hombres significa estar siempre en camino, luchar, esperar, superarse, ir más allá. La vida es y sigue siendo una gran aventura, hasta el encuentro con Dios el “siempre Otro”, el siempre inalcanzable, el siempre más deseado.
Nosotros, por ser limitados, le ponemos límites arbitrarios a todo. La sabiduría divina nos enseña a no encerrarnos en los límites, a superarlos, por eso nos regaló la imaginación para soñar, la inteligencia para analizar y juzgar y la voluntad para realizar. Pero sin un gran sueño no hay una grande y valiosa creación.
Qué mejor sueño que el que nos presenta Jesús: “sed santos - perfectos, ¿en qué?, en etiqueta social, no, en amor - como es santo - perfecto en amar - vuestro Padre que está en los cielos”
Soñar con mejorar y ser más perfectos en expresar bien la ternura, es un sueño que estimula la voluntad a realizarlo ¡Dios y tu familia lo quiere!
Por consiguiente la capacidad de tu ternura está sometida al mismo dinamismo de todas nuestras capacidades.
No es una actitud ya realizada, desarrollada por el solo hecho de nacer a este mundo. Es un capullo en cierne. Debe abrirse, desarrollarse, crecer. Nacemos con la vocación fundamental al amor, a sentirnos amados y a amar, y así tenemos todos la capacidad de sentir y expresar ternura inscrita en nuestro código genético, en lo más profundo del “ser”. Y ella exige, como toda capacidad, ser estimulada y desarrollada, y para este fin requiere tomar decisiones: “yo quiero y decido acoger y expresar mi ternura, la aprecio y quiero manifestarla. Sólo con actos de ternura crece mi ternura, como sólo con actos de voluntad crece mi fuerza de voluntad”.
Mi inteligencia, iluminada por la verdad, “ve” que la ternura es un valor auténtico, clara expresión de amor, y mi voluntad decide ejercerla con gestos apropiados, en un aprendizaje consciente y paciente, aceptando de antemano éxitos y fracasos, heridas y sanaciones, como todo en la vida: siempre de sorpresa en sorpresa.
La ternura es una riqueza divina: Dios es infinita Ternura, nada más que amor tierno, inexplicable, hasta dar la vida por sus ofensores.
Nuestra ternura es una riqueza espiritual, es una semejanza de Dios: Más somos tiernos, más somos divinos. La gracia del sacramento del matrimonio aumenta y estimula esa cualidad divina. El perdón es una típica expresión de esa ternura: “Porque te quiero, no sólo no te cobro lo sucedido, sino que quiero pagar yo la deuda contraída por ti”. El amor supera todo vacío.
Todas estas verdades son una realidad estimulante, que nos impulsan a caminar hacia su realización.
¿Es difícil? ¡Por supuesto! ¿Y qué cosa fácil merece premio y satisfacción de haberla realizado? Proponérselo, desearlo, es ya un primer paso.
Cada cual tiene sus durezas, sus defensas, levantadas para no sufrir más, por tantas heridas recibidas en la infancia, siempre inevitables por debilidad humana, y que sin quererlo repetimos con nuestros hijos. Pero al reconocerlo, sentimos la fuerza para superarnos, empezando con superar el miedo de no ser acogidos si expresamos ternura en forma noble y desinteresada, por puro amor.
Decidir ser más perfectos en el amor, en amar siempre más desinteresadamente por el bien y alegría del otro – cónyuge, hijo, amigo – significa tomar en serio la propia vocación al amor, el propio matrimonio y sus compromisos de caminar y ayudar a caminar hacia la plenitud de cada persona.
Nos hemos constituido y nos reunimos en grupos de “crecimiento matrimonial”: si no es para crecer en amor y en su mejor expresión que es la ternura, ¿para qué nos casamos y para qué ahora seguimos reuniéndonos?…