(Por: Paula Schmidt M., La Segunda, Chile, 2004-12-10)
Durante los inicios de este Nuevo Milenio, se han insertado como vocablos comunes, pero no por eso sencillos de digerir, los conceptos de libertad individual, justicia social, verdad, tolerancia y democracia. Sin embargo, aún no hemos logrado sacudirnos de las flaquezas del Siglo XX, heredando así a una de sus más fuertes inclinaciones, el concepto de la relatividad, de la cual se ramifican profundos efectos sociales, sobre todo al cuestionar constantemente la identidad femenina y el rol que ejerce la mujer en la sociedad moderna.
Es indiscutible que, a lo largo de la historia, la mujer ha evolucionado positivamente desde que se adjudicó derechos legítimos, como lo son desde sufragar hasta su inserción en el mundo laboral. Sin embargo, pienso que producto de la influencia de movimientos feministas radicalizados, las mujeres han dejado de priorizar ámbitos que le corresponden, por el mero hecho de ser mujer, y se han volcado, incluso, hacia desafiar a su propia naturaleza.
Es así como, a mi juicio, las mujeres de hoy se han vuelto pasivas, impresionadas quizás por el potente discurso del feminismo de antaño, ese que cobró su mayor notoriedad en los años setenta y que nunca supo resaltar y, sobre todo, enaltecer las diferencias naturales entre la mujer y el hombre, además de la legítima reciprocidad que nace entre ambos y que aún no resuelve un conflicto cada vez más generalizado para la mujer actual: cómo conciliar su vida familiar con su vida profesional.
Tras leer en la prensa que Chile recibió lo que fue expresado en los medios como, un cuestionamiento por parte del comité de la ONU sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales, por aún no legalizar el aborto creo necesario reflexionar sobre cómo este tipo de presiones externas sólo logran mantener a la mujer bajo mucha presión ya que, entre líneas, se deja entrever el pensamiento de que la maternidad es una restricción que le impide su verdadero desarrollo y felicidad.
Como consecuencia y a través de este tipo de corrientes de pensamiento, se ha provocado que las mujeres comprometidas tanto en el ámbito político y profesional hayan terminado imitando fuertemente a los roles masculinos impidiendo así cualquier desarrollo de las aptitudes y contribuciones femeninas, así como la puesta en marcha de políticas públicas capaces de ayudar verdaderamente a las mujeres y que toda la sociedad reconozca la delicada labor que significa la formación de otra persona, como es un hijo.
Es cierto y respetable que no toda mujer sienta la vocación por ejercer la maternidad, pero sí es imperativo reconocer que ésta es y seguirá siendo una de las esencias femeninas más influyentes y decisivas para la conformación, evolución y desarrollo de una sociedad íntegra.
Es tiempo de canalizar los esfuerzos para que a las mujeres de hoy se les respete como madres y profesionales, se les ayude a combinar estas dos facetas de la vida y se logren modificar las condiciones laborales para obtener estos derechos. Sólo así se logrará que los resonantes principios de verdad, justicia social, tolerancia y democracia no sean tergiversados, sobre todo, cuando se busca armonizar las diversas necesidades que se le plantean a las mujeres de hoy.
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