Maternidad: "soplo de vida"
Subido por Beatriz Letelier el Abril 9, 2003
En los últimos años se ha venido constatando un cambio en el comportamiento de los niños. Sin duda que hoy ellos son más informados de lo que nosotros lo éramos a su edad y tienen más conciencia de sus derechos. También existe una relación más horizontal con sus padres que la que anteriormente había entre las distintas generaciones.
No cabe duda que muchos padres se sienten desorientados frente a estos niños que manejan las situaciones según sus caprichos. La pregunta que todo padre y madre se hacen en este caso es “¿qué estoy haciendo mal qué no logro que me obedezca?” o “qué hago para qué me escuche?”
El problema está más en nosotros que en ellos. Muchos hemos dejado de creer en los pilares que sostienen la verdadera maternidad, los que son necesarios para construir un verdadero hogar. Como mujeres y madres es necesario que para poder educar a nuestros hijos bien primero hayamos tomado conciencia de lo qué es la maternidad y el cómo poder conquistarla interiormente
La maternidad, al igual que la paternidad, se caracteriza primero que todo porque engendra vida. Esto da origen a una relación básica: el de la maternidad y de la filialidad. Ser madre significa ejercer la autoridad, servir, proteger y cultivar la vida. La madre es colaboradora e instrumento de la paternidad divina y, por lo tanto, reflejo de la misma para sus hijos.
Sus características:
• La maternidad se caracteriza por tener un contacto vital con el hijo, con “su” vida, en la que respetamos su “originalidad”, el sello con que Dios lo marcó desde la eternidad o dicho de otra forma con su proyecto de vida originario.
• La madre cuida de todo y de todos sin angustiarse. Sabe hacer grandes y pequeños sacrificios por los suyos; sacrificios que son por amor y tomados en “libertad interior”, que tienen su origen en el “sí” de la concepción.
• Desarrolla la vida del que le ha sido confiado y que es independiente de ella. Reconoce al otro como algo ajeno a ella, como un ser humano que tiene derecho a buscar su propio camino y no a realizar los sueños de sus padres.
• Demuestra con hechos concretos el amor que se les tiene.
• Con cuidado y sabiduría va permitiendo que sus hijos se vayan independizando y que amplíen sus horizontes haciéndose cada vez más innecesaria a medida que ellos crecen.
• Se gana la autoridad sobre ellos más que por sus palabras, que son muy necesarias, por el ejemplo de vida que les da y por el amor que les En la medida que la madre cultive más y más una armonía entre lo que cree y lo que vive más probabilidades tiene de poder ser una persona a la que siempre recurrirán buscando cobijamiento.
• Confía en sus hijos y está siempre pendiente de cómo conducirlos para que ellos puedan realizarse plenamente en cada epata de sus vidas. Con sabiduría cuida y vela por afianzar todo lo noble y bueno que tienen, más allá de sus fracasos, errores y desengaños.
• Sabe poner límites. Exige y causa dolor, pero lo hace en el amor y por el amor, pues “quien no ama no tiene derecho a castigar”. Las palabras de don Bosco tienen en este contexto un profundo sentido: “Si quieres que se te obedezca, debes lograr ser amado (lo mismo vale en relación a todas las demás virtudes). Si queréis ser amados, entonces, debéis amar. Y esto sólo no basta. Debéis dar un paso más. Vuestros hijos no sólo han de ser amados por vosotros, sino que deben llegar a darse cuenta de ellos. ¿cómo se llega a dar esto? Debéis preguntárselo a vuestro corazón, él lo sabe.”
• Por esto es importante que los padres acuerden entre ellos los límites con anterioridad, que no se contradigan en frente de los hijos y que en caso necesario suspendan la respuesta que se le dará hasta poder conversarlo entre ambos.
• Su actitud sencilla y serena frente a la vida es la que hará que sus hijos quieran recurrir a ella.
• Cultiva la cercanía necesaria para poder acogerlos y recibirlos siempre; pero también la lejanía que marca la diferencia entre ser un igual –como lo son los hermanos- y entre ser madre e hijo.
Toda maternidad se apoya en la paternidad que regala el padre de familia. Por eso es importante ayudar a que nuestros esposos profundicen su paternidad que se reflejará en un cuidado personal y profundo por los suyos, que sabrá guiar, apoyar, apuntalar, exigir según lo vaya necesitando la vida de los hijos. Dejémonos complementar por nuestros maridos para que podamos cada uno ejercer sanamente tanto la maternidad como la paternidad.
Ser madre nos quita tiempo para poder realizar las actividades a las que nos gustaría abandonarnos si no les dedicáramos tanto tiempo a nuestros hijos. No se trata de estar todo el día encima de ellos, pero sí de ponerlos al centro de nuestro corazón tal como nos tiene Dios en el suyo.
Si queremos un mundo mejor y que nuestros hijos sean buenos padres, empresarios, ciudadanos, cuidemos primero de regalarles el poder experimentar una maternidad educada y encarnada a través de nuestras vidas.
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